Campaña de Cuaresma 2025
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Muchos de nosotros tenemos un cierto número de personas a las que decimos que "detestamos". Estas personas nos molestan a varios niveles e incluso pueden ser responsables de algunos pecados horribles.
Cada vez que oímos su nombre o vemos su rostro, podemos sentir la tentación de esperar y rezar por su desaparición. Entonces, un día, ocurre algo que los derriba, empañando su legado o humillándolos delante de todo el mundo.
¿Es bueno alegrarse cuando vemos que eso ocurre?
¿Cuál es la respuesta cristiana a la caída repentina de nuestros enemigos?
Que la caridad gobierne el día
San Francisco de Sales nos anima en su Introducción a la Vida Devota a resistir cualquier tentación de regocijo, y a dejar que la caridad gobierne nuestros pensamientos y acciones:
"Siempre y cuando prevalezca un espíritu de caridad y compasión, y que no hables de ellos con arrogancia o presunción, o como si te complacieras en la caída de otros. Hacer esto es señal segura de una mente mezquina y poco generosa.
Aunque nos alegremos de la caída de alguien, no debemos desear que siga en esa situación".
De hecho, deberíamos rezar por nuestros enemigos y hacer el bien a quienes nos hacen daño.
Debemos tratar de ser compasivos con ellos, esperando y rezando para que se vuelvan a Dios de todo corazón.
La gracia de Dios nos sostiene
San Francisco de Sales nos recuerda que solo nos mantenemos rectos por la gracia de Dios:
"Cuando oigas hablar mal de alguien, arroja cualquier duda que puedas sobre la acusación; o si eso es imposible, inventa cualquier excusa disponible para el culpable; y cuando ni siquiera eso sea posible, sé compasivo y compasiva, y recuerda a aquellos con los que hablas que aquellos que se mantienen rectos lo hacen únicamente a través de la Gracia de Dios".
Es posible que un día caigamos y que nuestro nombre sea arrastrado por el fango. Cuando eso ocurra, ¿cómo queremos que nos traten los demás?
La caridad debe reinar siempre en nuestros pensamientos y acciones, pues debemos desear que todos estén unidos a nosotros por toda la eternidad en los brazos amorosos de Dios.


