En el Evangelio de hoy, reflexionamos sobre el poder de la fe y cómo nuestros propios prejuicios y falta de apertura pueden limitarnos para experimentar lo que Dios quiere hacer en nuestras vidas.
A través de la experiencia de Jesús en Nazaret, donde es rechazado por aquellos que lo conocían desde niño, se pone en evidencia cómo la incredulidad puede bloquear la acción divina.
En la reflexión que el padre Giovanni hace del Evangelio de hoy, nos comparte más a detalle este pasaje:
¿Alguna vez te han rechazado por tu fe?
Jesús vuelve a su tierra, a Nazaret, y comienza a enseñar en la sinagoga. La gente lo escucha y se asombra de su sabiduría, pero en lugar de creer en Él, comienzan a cuestionarlo:
"¿De dónde saca todo esto? ¿No es este el carpintero, el hijo de María?"
No pueden aceptar que alguien a quien conocen desde niño sea el enviado de Dios. Su orgullo y prejuicios les impiden ver la verdad.
Jesús responde con una frase que resuena hasta hoy:
"Un profeta solo es despreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa."
El rechazo de su propia gente es tan fuerte que Jesús no puede hacer allí muchos milagros, porque no creen en Él.
Aquí está la gran lección: la falta de fe bloquea la acción de Dios en nuestras vidas.
No porque Dios sea débil, sino porque Él respeta nuestra libertad. Si cerramos el corazón, si nos aferramos a nuestros prejuicios, si nos negamos a creer, nos privamos de ver su poder.
¿Cuántas veces Dios ha querido obrar en tu vida y tú lo has limitado con tu incredulidad?
¿Cuántas veces has juzgado a alguien por su pasado, sin creer en lo que Dios puede hacer con él?
Hoy Jesús nos reta a superar nuestros prejuicios y abrir los ojos de la fe. Él sigue obrando, pero necesita corazones dispuestos a creer.
Si Nazaret lo rechazó, ¿qué harás tú? ¿Lo vas a ignorar o lo vas a recibir?