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¡Socorro, mamá va a explotar!

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fizkes | Shutterstock
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“Descansar no es un lujo, sino una necesidad para el equilibrio de la madre y también de la familia”

Sentirse estresada, desbordada e irritada no es bueno ni para una misma ni para su entorno. Por eso, en el esprint cotidiano, una madre necesita tiempo para hacer un descanso.

Aquí tenéis algunos consejos prácticos que aplicar para recuperar energías, incluso con una agenda sobrecargada.

Es difícil estar relajada cuando la jornada está programada al minuto, cuando nunca se dispone de un instante para una misma. Sin embargo, si no hacemos una pausa, la fatiga física y psicológica se acumula poco a poco.

El riesgo: que el cansancio se transforme en agotamiento y se acabe con un burn-out maternal. “Descansar no es un lujo, sino una necesidad para el equilibrio de la madre y también de la familia”, señala Claudie Arsenaults, que asesora a mujeres desbordadas.

“Si Mamá está relajada, ¡su tranquilidad se contagia a toda la familia!”. Detenerse unos minutos en la jornada, respirar, mirar alrededor, es una buena forma de recuperar el centro, de reconquistar la calma y poder continuar luego con la tarea. La rutina parece menos pesada cuando se incluye una pizca de fantasía y de placer.

Uno o dos pequeños placeres al día

Disponer de una perspectiva distanciada sobre los acontecimientos permite encontrar ideas para simplificar la vida, para ocuparse con más serenidad de la familia. Estas citas con una misma permiten a las madres de familia evadirse, airearse y también tener más cosas que contar a su marido al volver. “¡No tengo tiempo!”, es lo que se escucha responder a menudo cuando se aconseja a una mujer que se tome un tiempo para ella misma. Pero es un círculo vicioso: cuanto más estrés hay, más difícil es parar. Y cuando vence el agotamiento, se corre el riesgo de caer en una depresión, cosa que no es rara entre jóvenes madres de familia.

Uno o dos pequeños placeres al día tienen unos beneficios enormes. En el día a día, esto puede traducirse en media hora o una hora en el dormitorio con las puertas cerradas para encontrar la paz interior rezando, leyendo o simplemente descansando.

“Necesito mi hora diaria de tranquilidad. Los niños lo saben, es un momento para mí y ellos lo respetan”, explica Joséphine. “En cuanto llegaron los niños, dejé el coro”, confiesa Emmanuelle, que tiene gemelos de tres años y un bebé. “Dejé de lado la música. Por supuesto, mis prioridades han cambiado, pero a veces me sentaría bien retomar el canto. Canto en la ducha, mientras cocino, pero sobre todo con mis hijos y mi marido”.

Hay “truquitos” que pueden tener también un efecto positivo en el ánimo (baño, siesta, café o té a solas) y pueden convertirse en hábitos. Lo más importante es apagar el teléfono cuando nos sumerjamos en el momento de relajación. Además, es posible programar una actividad agradable a la semana. Este espacio semanal más o menos largo permite entregarse a una actividad reconstituyente. Hay numerosas ideas y cada una tiene su ritual y su fórmula. Una preferirá coger sus pinceles y su pintura, otra se desahogará en el gimnasio. Rozenn dedica ratitos a cuidarse, Agathe encuentra la mayor de las felicidades en una hora de lectura con un buen libro, Guillemette se prepara una vez a la semana una bandeja de picoteo y ve “una peli de chicas”.

¿Y por qué no una pausa espiritual?

Por supuesto, todas las madres no tienen las mismas necesidades ni tampoco a la misma edad. “Cuando los niños eran pequeños”, explica Brigitte, cuyos tres mayores están casados, “un momento regular de tranquilidad total me resultaba indispensable. Ahora, necesito menos esos momentos de silencio y soledad”.

Lo esencial es aceptar los límites personales. La pausa puede entrar en el ámbito de lo social, lo artístico, lo deportivo, pero también lo espiritual. “En cualquier caso hay que buscar un tiempo para la oración”, explica Katia. “Cuando rezo, veo todos los aspectos positivos de ese hijo que me preocupa, y lo mismo para mi marido. Salgo de la oración con una paz inmensa”.

A veces, la velocidad del día es tal que esos momentos de oración se ven también comprimidos, cuando no caen en el olvido. “Durante años, he estado muy agitada por la mañana y agotada por la tarde. En la actualidad, he decidido retomar los momentos de oración personal. Son cortos, pero diarios, y me permiten conservar la confianza que necesito”, explica Annick.

Es muy valioso el apoyo de grupos de oración como los que ofrece el movimiento francés Prière des mères. “Sé que ahí puedo compartir las cosas que más me pesan”, prosigue Annick. “No juzgamos; todo lo contrario, entre nuestras reuniones continuamos rezando las unas por las otras”.

Una falsa culpabilidad

“No puedo evitar sentirme culpable si me dedico tiempo a mí misma”, confiesa Agnès. “Tengo la impresión de que falto a mi deber”.

En efecto, este sentimiento de egoísmo afecta a más de una, porque el equilibrio se sitúa en una finísima línea. Según Marion: “Hay que escucharse de verdad, en función de las prioridades que tengamos instaladas en la vida, y revisarlas a menudo».

Cuidado también para quienes se creen indispensables. Según constata Katia: “Las madres tienen tendencia a creer que sus hijos no pueden ser felices sin ellas. Sin embargo, puede ser bueno que una noche se coman una pizza solos con su padre. ¿Es imposible responder a todas sus peticiones? No es malo que, desde pequeños, aprendan tranquilamente el sentimiento de frustración que experimentarán a lo largo de toda su vida: la fusión no es la solución a largo plazo”.

Según Brigitte, una madre de familia debe tomar aliento un buen rato cada día. ¡Es una urgencia! “Solo podemos dar aquello que hemos recibido”, afirma. “Si estoy agotada, no soy capaz de aportar nada a los demás, la fuente está seca. Para entregarse bien, primero hay que cosechar lo que se recibe de Dios y de nuestro marido. Con ellos, verás lo lejos que puedes llegar”.

Florence Brière-Loth

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