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«Prisionero por AMOR». No se pierda esta increíble historia.

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A veces cuando estoy frente a Jesús me llega un sentimiento inexplicable. Lo veo y sé que me mira, que es Él y está vivo. De pronto me inunda un amor tan grande y profundo que se desborda. En ocasiones he tenido que decirle en broma: “Ey, que no puedo con tanto amor”.

Sientes por momentos tanto amor que eres capaz de abrazar y amar al que te ha hecho daño, al que nunca antes pudiste perdonar.

Puedes salir y ver a todos los que te rodean como tus hermanos. Las diferencias dejan de existir.  Tan sencillo como eso. Somos hermanos. Hijos de un mismo Dios.

En esos instantes eres capaz de comprender un poco. Te das cuenta que el amor lo llevó a la cruz. Que por amor está con nosotros. Por eso suelen llamarlo “prisionero de amor”. Su historia está en la santa Biblia. Sus palabras, miradas, gestos, sacrificios y sufrimientos.

¿Cómo es posible que se deje encerrar por amor? Preso en el sagrario por mí y por ti. Me doy cuenta que no suelo ser agradecido.

“Perdóname Señor”.

Yo sé que me equivoco con frecuencia y que no soy el mejor amigo.  Sólo quisiera amarlo más, tenerlo contento, que se alegre cada vez que me vea llegar.

“Buen Jesús yo sólo quiero estar contigo, caminar a tu lado, tener tu amor. No necesito más. Un día te visité para quejarme. Miré a mi alrededor. Sólo estábamos Tú y yo. Me animé a gritar: “¡Ayúdame!” Y me respondiste adolorido: “¡Ayúdame!” Volví a repetir mis palabras y volviste a responder igual. Entonces una mano se posó sobre mi hombro. Me volteé y encontré este pobre hombre, tullido, que me decía. “¡Por amor a Dios, ayúdame!”

Recordé en ese instante las palabras de san Alberto Hurtado: “El Pobre es Cristo”. Le abracé y lo ayudé en lo que pude. ¿Cómo llegó? ¿Cómo se marchó? Nunca lo supe. Mi mirada estaba en ti Señor. Y sigue posada en ti, en ese sagrario, desde cual me pides que ame y perdone y sea un signo de contradicción”.

«¿Qué haces prisionero en ese sagrario?» Suelo preguntarle a Jesús.

Yo salgo, doy un paseo, y regreso, pero Él está allí indefenso. Se deja llevar, ofender y amar.

«¿Qué haces allí?»

Invariablemente la respuesta es la misma: “AMAR”.

 

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