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San Sotero y san Cayo

Cuando no puedo ir a ver a Jesús, le pido a mi Ángel de la Guarda que vaya por mí (Un testimonio bellísimo)

Claudio de Castro - publicado el 17/03/18 - actualizado el 20/03/18

Salí con mi esposa Vida en busca de Jesús en diferentes sagrarios. Nos hablaron en las Provincias Centrales de Panamá,  de un lugar maravilloso y nos dirigimos hacia allá, en auto. Como sabes me encanta sorprenderlo. Y ustedes siempre me ayudan.

En este momento le están saludando en los lugares que menos imaginas: África, Tierra Santa, un pueblito de Ecuador al que se llega por un camino estrecho, Italia, Costa Rica.

Quería salir en su búsqueda.

Cuando por fin llegamos los portones de la iglesia estaban cerrados. Era un pueblito hermoso, pequeño, con poco habitantes. La iglesia la construyeron a un costado del parque, donde los residentes se reúnen por las tardes, luego del trabajo.

Me indicaron una puerta lateral y entramos.

Me sorprendí. Estaba tan solo.  Le dije a mi esposa: “Voy a grabar un pequeño vídeo”.

Me tocó un momento en que sólo estábamos nosotros. Mi esposa, Jesús y yo.

Le ofrecí mi vida, mi alma, mis manos, mis ojos, mis pensamientos, mis pies, mis palabras.

“Oh Jesús cuánto te ofendemos”.

Últimamente no sé por qué, he sentido un dolor tan hondo al pensar en mis pecados y todo lo que le he ofendido.

En estos días me ha telefoneado una señora mayor. Va a misa cada mañana y luego acompaña a Jesús Sacramentado, al menos una hora, en un pequeño oratorio, donde guardan el sagrario.

“Soy tan indigna”, me ha dicho. “Estoy ante el Rey de la Creación. Y yo cargada de tantos pecados. Le ofendí tanto en mi juventud. No sé si Él podrá perdonarme. Pensar estas cosas me hace comprender, lo poco que hacemos por Él y lo poco que le amamos. Por eso voy a verlo, para consolar su amable corazón”.

“Cuánta fe”, pensé. “No duda. Sabe que Él está allí, frente a ella, cada mañana”.

“Él corresponde su amor”, le respondí, “y la ama mucho”.

Hace poco me contó se había confesado.

“Le aseguro que Jesús no recuerda esas ofensas. Sólo piensa en cuánto usted lo ama”.

Hizo un breve silencio.

“Sabe señor Castro. Cuando amanezco enferma, imagine usted a mi edad… Y no tengo fuerzas para ir a verlo y adorarlo y estar en su presencia, envío a mi ángel de la guarda. Le pido que vaya en mi nombre, le adore y me disculpe por no poder ir”.

Me dejó de una pieza.

¡Cuánto amor a Jesús Sacramentado!

«Señor», le dije, «Que yo te ame así, con ese gran amor».

……………

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