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Viaje al centro de uno mismo

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Ayer me encontré en twitter con la foto que acompaña esta entrada. Es una foto de Gabriel Tizón, fotógrafo ferrolano, gallego, cuya obra no deja indiferente a nadie. Me asomé a su web tras descubrir la foto y me encontré una mirada precisa a un mundo del que, muchas veces, reniego y pretendo olvidar y al que, otras tantas, me gustaría abrazar y permanecer unido en silencio.

La foto que os traigo me dio mucho que pensar. Es la realidad misma de un caminante que, sin alforja y sin sandalias, se lanzó a un trayecto que le condujera a su propia libertad y dignidad. Es, sin duda, un bofetón a nuestra convicción de que se puede llegar a todas partes sin apenas despeinarse.

El camino hacia uno mismo, creo, es uno de los caminos más largos y duros que una persona puede afrontar. Un camino que comenzamos, tantas veces, con buen calzado y con la necesidad de que el trayecto sea corto y que la meta aparezca más pronto que tarde tras un paseo por las veredas más hermosas del ser. La experiencia, sin embargo, me ha demostrado que esas pretensiones saltan en pedazos al poco tiempo de haber comenzado. Lo compruebo cada vez que voy de retiro espiritual con jóvenes, lo comprobé conmigo mismo cuando hice ejercicios espirituales, saboreé su amargura cuando acudí a terapeutas o acompañantes o, simplemente, cuando, en comunidad, nos planteamos bucear un poquito en nuestras propias emociones y lugares interiores.

Pocos actos de valentía hay mayores que decidirse a caminar hacia adentro. En cuanto uno se sale de las autovías conocidas por las que se suele transitar en la cotidianeidad, pierde las seguridades y el lustroso calzado o las cómodas deportivas dejan de servirle para algo. El terreno se enfanga y el paisaje, conocido por momentos y desconocido  en otros, se torna una amenaza. Los pies empiezan a llenarse de heridas al contacto con la verdad y la mirada se molesta con el resplandor que da la luz al iluminar los oscuros rincones.

Algunos deciden darse la vuelta a tiempo, antes de quedarse a la intemperie de sí mismos. Otros, como el hombre de la foto, deciden ir hasta el final. Un final al que se llega con trabajo, con dolor y con marcas. Pero ese trabajo, ese dolor y esas marcas pronto son curados y tratados por el ungüento perfumado y sanador del amor. Sólo los que llegan ahí conocen el aroma de la salvación, de la curación, de la resurrección. Sólo esos pueden decir que algo nuevo ha nacido y que lo viejo se ha quedado en la cuneta.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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