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Cómo me cansa esto de Halloween

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Todos los años lo mismo, es verdad. Halloween para arriba, Halloween para abajo. A algunos se les va la vida intentando luchar contra esta manera de afrontar el 1 de noviembre. Para mi gusto, demasiada energía. Ojalá la pusiéramos en otras cosas.

Yo no celebro Halloween. En mi familia, sencillamente no le damos la menor importancia. En el cole los niños tampoco lo celebran ni hacen ningún tipo de evento especial. Pero está ahí, claro que está ahí. Y sí, mis hijos viven en este mundo y les hace gracia. Y ahí se terminó la historia. A veces me da la sensación de que sobredimensionamos realidades y que sólo conseguimos reafirmarlas más. Nadie habla de apoyar, ni de secundar, ni siquiera de mirar con simpatía. Simplemente hablo de vivir lo que yo considero que hay que vivir sin la necesidad de volver a generar estos dualismos de “paganos-creyentes”, “carne-espíritu”, “mundo-Dios”. Entre otras cosas porque lo que creo que hay que hacer, como creyente y seguidor de Jesús, es dialogar con la sociedad que nos ha tocado vivir, acercarnos a ella, anunciarle la Buena Noticia; más que juzgarla, condenarla, perseguirla y desmontarla. No le veo la utilidad. No creo que la misión de la Iglesia sea agrandar la frontera con los de fuera sino estar a su servicio, amarlos y ofrecerles el mensaje del Reino que Jesús trajo para todos.

Lo que sí hizo Jesús fue mirar con más dureza a aquellos que se ufanaban de ver, que a los ciegos. Así que tengamos cuidado. No vaya a ser que su Palabra sea más dura con nosotros, con los que nos reconocemos como garantes de la Verdad. Ojalá tanta energía se dedicara a acompañar a las víctimas de los abusos, de las injusticias, de las ambiciones de todos, de nuestro estilo de vida, acomodado y falto de compromiso.

Halloween no es más que un mirar de reojo a una realidad que nos aterra a aquellos que vivimos en el opulento Occidente. La muerte nos da miedo. Nos sitúa ante un hecho que el estado del bienestar, que nuestras democracias, que nuestras economías liberales y nuestros mercados no han podido solucionar. Es el precipicio de un final que querríamos que no llegara nunca, porque nos hace conscientes de nuestra finitud, de nuestra fragilidad, de nuestro falso poder. Por eso nos reímos de ella, por eso la caricaturizamos. Porque somos incapaces de mirarla de frente. Porque vivimos sin esperanza, sin la convicción de que Alguien nos espera tras ese paso, sin la seguridad de que seguiremos viviendo de otra manera, de una manera mucho mejor que la actual. Sobrevaloramos la vida que nos ha tocado vivir, sencillamente porque vivimos infinitamente mejor que la mayoría. Y todo lo que nos huele a muerte, lo perfumamos, lo disfrazamos, lo alejamos, lo silenciamos.

Lo mejor que puedo hacer como creyente es vivir con sentido e intensidad, agradecido por todo lo recibido, esperanzado y relajado porque sé que Dios me acompaña a cada momento. Lo mejor que puedo hacer es contagiar mi alegría, sostener al débil, amar mucho… Tal vez así, daré mejor testimonio de la Vida que haciendo peripecias contra otros.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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