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Vuelta al cole

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Empieza la fiesta. Mis hijas comenzaron el curso ayer, mi «adolescente favorito» lo hará el lunes y no sé quién está más emocionado, si ellos o una servidora.

A pesar de que compartir más tiempo siempre implica más discusiones, el verano me encanta porque podemos estar los cinco juntos sin urgencias. Durante el curso a menudo tengo la sensación de que me faltan espacios y momentos para las cosas verdaderamente importantes. Por eso me da un perezón enorme volver a integrar las prisas en mi día a día.

Sin embargo, el curso siempre viene acompañado de retos que nos ponen a prueba, que nos hacen crecer, que evidencian carencias pero también talentos y eso siempre es interesante. Así que vamos a ir a tope con él.

A nivel familiar nos proponemos simplificar al máximo los días y no cargarnos de actividades o planes que suponen que papá y mamá se conviertan en taxistas. Queremos estar todos un poco más relajados. Esto supondrá a la fuerza, un cambio de chip en los niños que querrían quedar a diario con amigos, pero ya adelanto que rechazaremos más de una invitación en pro de la paz y la supervivencia familiar.

Junto al deseo de un poco más de calma, también nos proponemos retomar los momentos de oración familiares a última hora de la tarde. Algo que echamos mucho de menos cuando no logramos hacer el encaje de bolillos. En casa no siempre funcionamos todos al mismo ritmo y eso es una dificultad para cenar juntos o para mantener costumbres como ese momento tan especial en el que pedimos por personas que lo están pasando mal o damos gracias por todo lo bueno que tenemos. El propósito es cosa de los cinco y surgió durante una sentada en la que revisábamos dinámicas familiares y comentábamos qué queríamos cambiar. Así que quiero pensar que aunque supondrá sacrificio por parte de todos lograremos hacer ese necesario parón diario.

Y hablando en primera persona, mi principal intención pensando en la «vuelta al cole» es lograr ese punto de equilibrio para que lo académico no repercuta negativamente en la relación con mis hijos.

Me explico.

A partir de cierta edad, y cuando además llevas tatuado en la sangre que lo más importante es la educación de los hijos, puedes correr el riesgo de pensar que educación es igual a resultados en el colegio. Y no solo.

Creo que es importante mantener esa tensión entre «lo que va saliendo» y «lo que podría salir», entre lo que hacemos y lo que seríamos capaces de hacer si nos esforzáramos más. Y en este sentido los padres debemos descubrir el modo de motivar a los hijos para que den todo lo que son capaces de dar.

A pesar de mi empeño no siempre doy con la fórmula personalizada para una niña de 5, una preadolescente de 11 y un adolescente de 14, cada uno con su particular manera de ser. Entonces corro el riesgo de convertirme en una madre machacona y en más de una ocasión lo que sucede es que mis hijos sienten que no valoro su esfuerzo o que nunca cubren las expectativas. Y entrar en esta dinámica en el seno de la familia, me parece horrible.

Cuando se cumplen unos mínimos, y aunque lo deseable sería que todos diéramos permanentemente el do de pecho, creo que no podemos perder la perspectiva, porque lo que nunca deberíamos perder es la conexión con nuestros hijos.

Comienza el curso, que traerá nuevas experiencias; momentos ricos y otros que querremos olvidar. Por el camino nos encontraremos a quien tienda la mano y a quien mire para otro lado cuando necesitemos ayuda. Como madre intentaré estar siempre ahí, acompañando las idas y venidas, las caídas y las remontadas de los míos y de cualquiera que se acerque a compartir un poco de vida. ¡Empieza la fiesta! @amparolatre

 

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