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¿Qué es un buen día?

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«¡Hoy soy jefa, mamá!» Esos eran los buenos días de Sara. El jueves es su día favorito porque tiene un cometido especial en su clase. La jornada empezaba bien para ella.

Y así ha continuado, contagiándonos a todos de su optimismo: «¡Mamáaaa hoy no me he puesto los pantalones torcidos. Están perfectos!»
«Qué distintas son nuestras batallas», he pensado, mientras la observaba mirarse orgullosa en el espejo.

Pero hoy los demás también estábamos en racha. La coleta de mi hija mediana me ha salido perfecta. A la altura que a ella le gusta exactamente, ni un milímetro por arriba, ni uno por debajo. Y sin ningún fleco que se nos escape. Qué suerte hemos tenido, oye.

Más allá de estas pequeñas alegrías, mi primera gran satisfacción ha sido que a las 8:30 de la mañana, cuando salía por la puerta, todavía nadie me había llamado «pesada». Algo que últimamente es deporte nacional en casa y que yo estoy aprendiendo a aceptar con deportividad y a corregir en la medida de lo posible. Sin dejar de cumplir con lo que entiendo que es mi obligación, claro.
¿Hay alguna madre que no sea pesada? Por favor que me diga cómo lo hace.
Después de dejar a mis hijos en el colegio, mientras recordaba las pequeñas escenas de la mañana me preguntaba por qué hay noches que nos acostamos pensando que se acaba un buen día y otras llegamos a una conclusión diferente, cuando nos han sucedido cosas parecidas.
Pensando en todo ello no me he dado cuenta de que llegaba mi autobús y casi lo pierdo. Pero el conductor ha vuelto a abrir la puerta y me ha dado los buenos días. Nueve de la mañana y otro ejemplo más para mi «lista de un buen día».
Os parecerá una tontería pero la rutina de escribir estos posts me obliga a educar mi mirada para fijarme en lo positivo de cada día, que es mucho.
La relación fácil y de mucha colaboración con los compañeros de trabajo, una conversación con una amiga que siempre está dispuesta a escuchar «mis penas», un amigo que me pide disculpas por un comentario hiriente fuera de tono, mi hija que me dice «gracias por todo lo que haces por mí» o mi adolescente favorito, que a pesar de todas nuestras discusiones no se acuesta sin darme un beso cada noche. Todas éstas son cosas que pasan, que me han pasado hoy, pero que podrían no pasar.
Como dice Carlos Marzal, «De tanto ver la luz hemos perdido la recta proporción de ese milagro». Yo no quiero dejar nunca de ver la luz. No sé si es pedir demasiado, si es cuestión de voluntad y entrenamiento o también de Gracia. Sea como fuere, no quiero dejar nunca de ver la luz. @amparolatre
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