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Los últimos secretos del archivero vaticano

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Antoine Mekary | ALETEIA

Camille Dalmas - publicado el 08/03/24

A punto de jubilarse, Monseñor Sergio Pagano, Prefecto del Archivo Vaticano, confiesa en el libro "Secretum" su misión y levanta una esquina del velo sobre los misterios que aún rodean a los archivos apostólicos vaticanos

En 2019, el Papa Francisco cambió el nombre de los archivos vaticanos de archivos “secretos” a archivos “apostólicos”. El objetivo: evitar cualquier confusión sobre su misión, que es preservar y difundir el pasado de los papas, no ocultarlo. Pero los archivos siguen teniendo secretos, como revela un libro titulado apropiadamente Secretum (Solferino, 2024), en el que habla por primera vez el prefecto de los archivos, el arzobispo Sergio Pagano. Monseñor Pagano ingresó en los archivos en 1978 y es su indomable prefecto desde 1997. A punto de jubilarse, el prelado italiano aceptó hablar del “purgatorio de papel” que es, según su entrevistado, el periodista Massimo Franco, la institución del Archivo Apostólico Vaticano.

Al desenterrar documentos relativos al proceso de Galileo o al divorcio de Enrique VIII, y al arrojar una valiosa luz documental sobre la red de espías de Pío X y los “silencios” de Pío XII, el “prefecto de los secretos” da vida a la gran historia desde el interior del “búnker”, apodo de los archivos vaticanos. Pero también hace un trabajo maravilloso al contar la pequeña historia, las anécdotas, los descubrimientos sorprendentes y las leyendas que rodean los 86 kilómetros de estanterías de los archivos de los Papas.

¿Un archivo no tan secreto?

VATICAN SECRET ARCHIVES

Fundados en el siglo XII, los archivos vaticanos se hicieron accesibles a unos pocos privilegiados en el siglo XVI. Sin embargo, no se abrieron oficialmente hasta 1881, bajo el pontificado de León XIII.

Según el archivero, León XIII actuó bajo presión en aquella época. El joven Estado italiano acababa de crear un archivo estatal en Roma, pero la colección existente era demasiado exigua. Italia, junto con la Alemania de Bismarck, había presionado para acceder a los archivos papales. El dilema para León XIII era sencillo: “O se abrían al exterior los archivos vaticanos, o se integraban en los archivos estatales de Roma”. Desde entonces, cualquier académico que lo solicite puede acceder a los archivos papales. Durante mucho tiempo, la palabra “secreto” se ha utilizado en su sentido original, que significa “privado”.

Los archivos de París

Además de los italianos tras la unificación de su país, muchas otras personas intentaron hacerse con los archivos. Durante el saqueo de Roma, los lansquenetes de Carlos V entraron por la fuerza y dejaron pintadas en las paredes que aún hoy pueden verse. Pero no dañaron nada. El golpe más duro a los archivos papales lo asestó Napoleón, que hizo que los trasladaran a París, donde había planeado, durante un tiempo, instalar a Pío VII y el papado.

Una vez en Roma, los secuaces del emperador, ayudados por un “traidor” de los Archivos, consiguieron trasladar una inmensa masa de documentos papales a París, en el Hôtel de Soubise. Los documentos empezaron a ser devueltos a partir de 1815, pero con dificultad porque los franceses intentaban “retener todo lo que podían”. Sin embargo, el Papa pudo contar con la determinación de sus enviados a París, en particular del gran escultor Antonio Canova, para recuperar sus documentos… aunque muchos objetos se hayan perdido o dispersado en la actualidad. Es el caso, en particular, de la bula de excomunión de Napoleón de 1809, hoy conservada en los archivos de Viena.

Los “verdaderos” archivos secretos

En el “búnker”, el arzobispo Pagano confiesa que hay una pequeña colección de documentos que nadie puede consultar y que se mantienen cuidadosamente en secreto. Se trata ante todo de todos los documentos relativos a los cónclaves, en particular los resultados de las votaciones anteriores -las papeletas han sido quemadas, pero quedan los “resúmenes” de los votos-. Tampoco se pueden consultar ciertos documentos privados del Papa y de los cardenales, los informes de los procesos episcopales y las decisiones relativas al personal de la Santa Sede. Por último, el secreto protege todos los asuntos matrimoniales y ciertos documentos que la Secretaría de Estado no desea revelar.

Lo que no está en los archivos

El libro enumera una serie de hechos históricos, pero también algunas de las leyendas más inverosímiles -y persistentes- sobre lo que se oculta en los archivos de los Papas. Una de las historias más recurrentes es la de la presencia de oro nazi en el sótano del Vaticano, que no tiene ningún fundamento. O que la Menorah -un candelabro de siete brazos- del primer Templo de Jerusalén había sido robada por el emperador Vespasiano y recuperada por los Papas.

Los archivos, asegura el prefecto, no poseen estos tesoros. Tampoco poseen el “Titulus crucis”, el cartel con la inscripción “INRI” que se fijó encima de la Cruz, ni ninguna reliquia “secreta” de Cristo para preservar su ADN, como han pretendido algunas mentes imaginativas. El arzobispo Pagano también señala que no hay estanterías que contengan “cráneos de marcianos grises”. Más en serio, el archivero asegura que no hay “ni una sola línea” sobre lo ocurrido a Emanuela Orlandi, la hija de un empleado del Vaticano que desapareció misteriosamente en 1983.

¿De dónde vienen todas estas leyendas? El viejo archivero señala con el dedo las numerosas novelas publicadas a lo largo de los siglos y ambientadas en los archivos vaticanos. Estas obras, que juegan al despiste con la verdad histórica -como El vicario, de Hochhuth, o El código Da Vinci, de Dan Brown- han tenido un gran éxito y han desinformado a generaciones de lectores, afirma.

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