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¿Y si resulta que Pepe no viene de San José?

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Vidal Arranz - publicado el 03/04/22

El origen de Pepe y de otros dichos de inspiración bíblica se encuentran en el libro ‘La vida secreta de las palabras’

Las palabras están llenas de misterios, vinculados a su etimología y a su historia, y desvelarlos ayuda a conocer las relaciones inesperadas, y los porqués, de muchos elementos de nuestra cultura.

Ese es el cometido de un ensayo como ‘La vida secreta de las palabras’ (Esfera), de Shayma Filali, Israel Villalba y Peru Amorrortu, miembros del equipo @EtimosDirectos, una de las cuentas sobre el castellano más seguida en las redes sociales.

Por su libro desfilan términos de todos los campos semánticos -nombres personales y botánicos, animales o política, pero también los insultos o la vida sexual- entre los que también se encuentran muchas referencias al hecho religioso, así como al léxico, las expresiones y las confusiones relacionadas con él.

Seguramente pocos lectores conozcan el significado de la palabra hipocorísticos, pero se harán una idea rápida si les hablamos de ‘Pepe’. Los hipocorísticos son los nombres cariñosos con los que nos dirigimos a las personas cercanas. En muchas ocasiones la nueva palabra surge del acortamiento de la original, pero eso no siempre es así, ni esta relación aparece siempre a primera vista.

En el caso de Pepe, la historia más extendida vincula este hipocorístico a la persona de San José y a su identificación en los misales latinos como padre putativo de Cristo, el que hace las funciones paternas sin ser padre carnal. ‘Josephus Pater Putativus Christi’ sería el modo como aparecía citado en los antiguos textos y, con el paso del tiempo, la expresión se habría acortado a P.P. en los misales, con lo que los feligreses que no supieran latín, la mayoría, habrían leído la referencia como Pepe.

Sin embargo, los autores de ‘La vida secreta de las palabras’ nos echan un jarro de agua fría pues aseguran que no es éste el origen del hipocorístico de José. “Lo cierto es que dicha expresión latina, que apenas cuenta con testimonios documentales, no está en el origen del diminutivo Pepe, que no es exclusivo del español”, aseguran los autores de ‘La vida secreta de las palabras”. Y en su lugar nos proponen otro mucho más normal y prosaico, pero seguramente también más lógico.

Lo que la etimología nos cuenta es que Pepe “es un derivado del nombre Josepe, que se documenta con profusión en los siglos XV y XVI, cayendo en desuso después”, explican.

Esta forma original se detecta en el italiano Giuseppe, el catalán Josep o el euskera Joxepe, por ejemplo. Eso son los hechos, aunque es legítimo preferir el saborcillo popular de la vieja leyenda.

Una de las historias más curiosas que revela este ensayo es la que explica el origen de una costumbre tan asentada como la de identificar a los hijos con el apellido paterno. Una regulación, bien conocida por los historiadores, que impuso entre los años 1501 y 1506 el Cardenal Cisneros, figura clave de la historia de España y entonces el principal consejero de los Reyes Católicos.

Que la norma surgiera entonces significa que antes no era así. Y, de hecho, hasta el inicio del siglo XVI lo común era que los miembros de una misma familia usaran distintos apellidos, como apodos o motes, o referencias geográficas, con los que eran conocidos.

Pero uno de los retos de los Reyes Católicos era poner en marcha una potente administración capaz de ordenar la vida del país y la vieja forma de denominación generaba un enorme caos y confusión administrativa, que la nueva ordenanza eliminó.

“Sin embargo no fue fácilmente aceptada”, explican los autores de ‘La vida secreta de las palabras’. “Pese a los esfuerzos del franciscano de Alcalá, aún en tiempos de Lázaro de Tormes los apellidos eran una cuestión dificultosa”. Y de ello se deja constancia en el clásico de la picaresca cuando el propio Lázaro se presenta: “Pues sepa vuestra merced que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tome González y de Antonia Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre”.

Las raíces de la palabra Dios también se abordan en el ensayo y así descubrimos que tanto el latino deus, como Zeus (el principal dios de la mitología romana) proceden de una raíz común que significa cielo y del que deriva también la palabra dies (día de la semana).

Todas ellas con un marcado origen celestial

Las referencias religiosas judeocristianas están presentes también en nuestros días de la semana, si bien, en este caso, tiene más peso lo grecolatino. Sábado viene de Sabbat, que es el día reservado al descanso en la religión judía, y domingo procede de ‘dies dominicus’ o Día del Señor, en la época cristiana.

Sin embargo, ‘lunes’ viene de la diosa Luna; ‘martes’, del dios de la guerra Marte; ‘miércoles’ encuentra su origen en el dios Mercurio, dios tutelar del comercio y mensajero de las divinidades; ‘jueves’ procede de ‘dies Iovis’ o día de Júpiter, que también aparece en nuestra lengua con adjetivos como jovial. Y finalmente, el ‘viernes’ está relacionado con Venus, la diosa del amor, que también da nombre a las enfermedades venéreas.

De la Biblia y toda la cultura que generó surgen también muchos dichos y expresiones. En algunos casos resultado de una interpretación equivocada. Es el caso de la palabra ‘santiamén’ (muy rápidamente) que surge de una lectura veloz de la forma final de la misa: “In nomine Patri, Filii et Spiritus Sancti, Amén’. Esas palabras finales (Sancti, Amén), dichas a la carrera por los feligreses que estaban ansiosos de salir del templo, debido a la penosidad de escuchar misa en latín, una lengua que ignoraban, derivaron en ‘santiamén’ con el significado de celeridad.

Por otra parte, también la expresión ‘No haré algo ni aunque me lo mande el sursuncorda’ procede de una inadecuada interpretación de otra parte de la misa en latín, aquella central en la que el sacerdote clama justamente Sursum corda (“¡Arriba los corazones!”) expresión que muchos fieles confundieron con el nombre de alguna personalidad importante y misteriosa.

‘La vida secreta de las palabras’ analiza también algunos dichos bíblicos como ‘Eres más viejo que Matusalén’, en referencia al longevo personaje del Génesis. Pero también ‘Echar margaritas a los cerdos’, que procede de una traducción poco acertada del Evangelio de Mateo. De hecho, la traducción más correcta, y más lógica, es “no echéis perlas a los cerdos”. El problema radica en que el término griego que nombra a ambas palabras es similar.

De la Biblia proceden también expresiones como ‘chivo expiatorio’ que el ensayo explica: “Cuenta el libro Levítico que los judíos, para celebrar la fiesta del perdón, o Yom Kippur, llevaban una cabra o chivo ante el sumo sacerdote. Esa cabra, a la que llamaban Azazel, simbolizaba el pecado y el demonio, y el sacerdote conjuraba sobre el chivo todas las culpas del pueblo judío. El chivo era luego abandonado en el desierto para que muriera de inanición y expiara así las culpas de los judíos”.

La palabra ‘onanismo’, referida a la práctica de la masturbación, tiene su origen también en un personaje bíblico, Onán, que se casó con la viuda de su hermano pero evitó a toda costa tener un hijo con ella por razones de herencia. Para no concebir, Onán practicaba el coitus interruptus, lo que hoy se conoce como ‘marcha atrás’, y eyaculaba fuera de su mujer, en la tierra, cada vez que se acostaba con ella. “Esto desagradó a Yahvé, quien lo mató. Los teólogos interpretaron que la acción de Onán era despreciable por haber derramado su semilla en vano”, explican nuestros expertos en la etimología de las palabras. De ahí viene también la censura cultural relacionada con la masturbación.

El libro dedica un capítulo entero a las palabras de nuestra lengua procedentes del árabe, los arabismos, entre las que se apuntan algunas como ‘ojalá’, ‘hazaña’, ‘atalaya’, ‘adobe’ y también algunos insultos como ‘mamarracho’ o ‘farruco’ (quien actúa de manera chulesca, como un gallo en un corral). ‘Zamacuco’ (persona torpe y abrutada) y ‘Jamacuco’ (indisposición pasajera) tiene también este origen.

Pero también se recogen palabras procedentes del caló, la lengua original de los gitanos , entre las que se encuentran algunas como ‘molar’, ‘chachi’, dabuten’ o ‘catear’, entre otras. Lo curioso del caso es que una parte importante de lo que sabemos de la cultura gitana procede del libro ‘La Biblia en España’, escrito por el protestante George Borrow.

En el libro “narra sus aventuras como vendedor de biblias por la península y son una de las fuentes más importantes para conocer las costumbres y la lengua de los pueblos gitanos de esa época, aunque la veracidad y exactitud de los relatos del inglés es dudosa en algunos puntos”. Las biblias que Borrow, y otros proselitistas como él, distribuían eran biblias sin notas ni comentarios, como corresponde a la convicción protestante de la libre interpretación, lo que no estaba permitido por entonces.

En el libro encontramos otras muchas curiosidades de interés, como el origen mexicano de la que nosotros conocemos como Flor de Pascua o Nochebuena. Allí la llamaban ‘flor de fuego rojo’ y fue muy usada como ornamento en el palacio de Moctezuma. Su nombre más común, ponsetia, procede del nombre de un botánico estadounidense que la estudió Joel Poinsett.

El libro aclara también una vieja confusión que sigue repitiéndose y es la que atribuye a Cervantes la expresión “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”, en referencia al poder eclesial. Pero tal frase no existe como tal en ‘El Quijote’ ni en ninguna otra obra. La expresión real es “Con la iglesia hemos dado” y no tiene más significado que el literal de referirse al hecho de haberse encontrado con un templo. Por mucho que pueda decepcionar.

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