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Felicidad “fake” versus bienaventuranzas reales

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/02/22

¿Feliz cuando sea pobre, cuando tenga hambre, cuando llore, cuando me excluyan, me odien, insulten y proscriban?

Muchos me hacen promesas de felicidad. Algunas son reales, como las de Jesús. Otras son un “fake”. ¿Sabes diferenciarlas?

Siempre tengo la tentación de subir al monte. Escaparme al silencio de las alturas. Allí donde habita Dios y donde el alma descansa.

Siempre el monte me evoca la luz, la paz, la soledad, el silencio. Necesito subir al monte para encontrarme con Dios.

¿Qué montes subo en mi vida? Son los montes en los que me encuentro conmigo mismo a solas con Dios.

Me cuesta mirar dentro de mí. Ahondar en el interior de mi alma. Sumergirme en los misterios de mi historia.

El pozo del alma está cada vez más lleno de experiencias, de vivencias, de alegrías y dolores. Y en la altura del monte es más fácil mirar hacia dentro.

Subir y después descender

Siempre cuesta y duele pero es el camino que Dios me pide. Subir a la altura, descender a lo más profundo de mi alma, encontrarme con mi sed y con mis sueños. Desterrar las sombras y dejar que entre la luz.

Me gusta ese Jesús que sube al monte a orar, a estar con su Padre. Y luego desciende al valle, al llano y se encuentra con todos los que lo buscan, lo esperan, quieren tocar aunque sea su manto y escuchar sus palabras.

En el llano ya no hay silencio, no hay paz. Son tantos los que lo buscan y exigen. Tantas las expectativas que todos tienen… Su fama lo precede.

Feliz de una forma nueva

Y entonces se dirige a los que lo escuchan:

“Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: – Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas”.

Siempre me ha conmovido el sermón de las bienaventuranzas. Muestra Jesús cómo es su alma y cómo es la de su Padre Dios.

Me dice que seré feliz de una forma nueva. Diferente a la que el mundo me ofrece.

Feliz cuando sea pobre, cuando tenga hambre, cuando llore, cuando me excluyan, me odien, insulten y proscriban. En ese día seré feliz.

Cuando experimente el dolor seré feliz. No lo entiendo.

Las falsas bienaventuranzas del mundo

El mundo me ofrece otra felicidad. Y son otras sus bienaventuranzas, esas que me parecen más atractivas y poderosas.

Feliz yo si todos me aplauden y reconocen. Si los demás aceptan que mi vida es digna de ser admirada y seguida.

Feliz yo cuando me ría de la vida y disfrute de todo lo que el mundo con sus bienes me ofrece. Cuando me resulten todas mis empresas y me vaya bien en medio de los hombres.

Cuando el amor me resulte y me amen muchos, todos y siempre. Y cuando todos hablen bien de mí y me halaguen por mis grandes obras.

Feliz cuando no sienta ningún malestar, no sufra ninguna cruz, no tenga ningún contratiempo, no experimente ninguna frustración.

También cuando las cosas me resulten como esperaba y todos se comporten conmigo como a mí me gusta.

Feliz cuando la gente respete mis normas y nadie se rebele contra mis decisiones. Cuando me vaya bien siempre, cuando nadie a quien yo ame sufra la enfermedad.

Feliz cuando yo mismo tenga salud. Esas bienaventuranzas son las que el mundo proclama.

Una felicidad verdadera

Y yo me siento pequeño porque no consigo alcanzarlas. No logro esa felicidad de la satisfacción inmediata que el mundo me ha prometido.

Me atrae esa felicidad tan humana, tan de la tierra. Y no entiendo las palabras de Jesús hoy que tanto me descolocan.

Feliz si soy pobre, si tengo hambre, si no consigo lo que quiero. ¿Cómo voy a ser feliz en esos momentos de desolación?

La felicidad que Dios me ofrece se encuentra dentro de mí. Habita en mi interior, en lo más hondo.

No me la dan los hombres. El mundo no consigue que yo sea feliz. Sufriré, lloraré, perderé, fracasaré muchas veces y aun así estoy llamado a tener paz y felicidad dentro del alma.

Un milagro en mi interior

Es lo que Jesús puede hacer dentro de mí. Las bienaventuranzas son un milagro de Dios dentro de mí.

Es su poder el que me cambia por dentro y me llena de serenidad. Son sus sueños los que triunfan en mí.

Seré feliz en esos momentos si confío, si pongo mi corazón en sus manos, si sigo amándolo a Él aun cuando me parezca que nada me sale bien.

En la pobreza, en el abandono, en los insultos y privaciones sólo me queda Dios.

Una alegría permanente

Sólo Jesús me mira con bondad y me dice que no tema, que confíe, que Él no me va a dejar nunca solo. Él es la causa de mi verdadera alegría.

Esa felicidad que me ofrece es a prueba de accidentes, de fracasos, de desilusiones. Es una alegría que está dentro de mí y nadie ni nada podrán quitarme una gota de esa felicidad que me viene de lo alto.

Esa confianza y ese arraigo profundo en Dios me hacen capaz de resistir cualquier desgracia.

Esa felicidad no es la que el mundo me da. La felicidad del mundo se marchita.

La felicidad de Dios es más honda, más permanente, más verdadera. Y las contingencias de esta vida no lograrán quitarme la paz.

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