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En Venezuela «alimentan» la solidaridad

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@alimenta_as

Macky Arenas - publicado el 28/12/21

Inmunes a pandemias y crisis, los grupos humanitarios no paran de trabajar para garantizar la supervivencia a los humildes

En Venezuela hay una situación social inédita. Entre bodegones y mega mercados se agazapa una mayoría de la población que no tiene acceso a lo más elemental.

Mientras un mínimo porcentaje de la ciudadanía puede comprar en esos lugares donde se consigue hasta lo más sofisticado, quienes nada tienen deben hurgar en los basureros para poder comer.

Es una realidad que se ha denunciado hasta la saciedad; pero que hoy, con la opulencia artificial que ha promovido el régimen se hace aún más dramático el contraste. Aunque el propósito de quienes gobiernan sea invisibilizar esa tragedia.

Cerrar esa brecha no es algo que pueda resolver una ONG o un grupo dedicado a la beneficencia. La magnitud de lo que ocurre es inimaginable si no se le constata in situ.

No obstante, es significativo lo que hace la sociedad venezolana para balancear la terrible ineficiencia del Estado. Y ese es justamente el objetivo de grupos como uno que se hace llamar “Alimenta la Solidaridad”.

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Desde hace unos cinco años, cuando se agudizó la emergencia humanitaria en Venezuela, vienen desarrollando una labor a partir de un modelo de intervención social. Organizando y transformando a las comunidades para establecer espacios de convivencia; reducir la violencia; y satisfacer algunas demandas básicas de alimentación, atención sanitaria, educación y protección .

La corresponsabilidad es la clave

Fomentan la corresponsabilidad y “alimentan” las actitudes solidarias fortaleciendo el tejido social y el capital organizativo de las comunidades.

Aleteia conversó con María José Valderrama, una de las coordinadoras de programas del movimiento. Los resultados son de un aliento considerable para las comunidades donde desarrollan su trabajo.

Sus equipos, diseminados por 14 estados de Venezuela, benefician a más de 18 mil familias de 260 comunidades. Diez mil personas están atendidas de forma indirecta; 18.658 niños forman parte del programa, así como 936 madres comprometidas; además de que mantienen 274 comedores operativos.

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“Alimenta la Solidaridad tienen 3 categorías fundamentales – explica María José –; no sólo los completos almuerzos que brindamos a los niños, niñas y adolescentes en riesgo de desnutrición, mujeres embarazadas, lactantes y personas de la tercera edad durante toda la semana; sino que procuramos la sostenibilidad social detectando y capacitando a los líderes locales quienes se interesan por el programa y se convierten ellos mismos, padres, representantes, sobre todos las mujeres, en gente comprometida con su cumplimiento”.

Un producto criollo

Alimenta la Solidaridad no es una especie de franquicia de organizaciones foráneas. Es concebida y nacida en Caracas; «y la razón fue la emergencia humanitaria compleja que se presenta en Venezuela desde el 2017, para ser precisos, cuando se produjo la caída de los comedores populares que mantenía el Estado».

«Nosotros nacimos como un plan vacacional en una de las grandes parroquias de Caracas, asistiendo a un comedor popular que Fe y Alegría – los jesuitas – tenían funcionando, a fin de alimentar a los niños durante el período de asueto escolar».

«Pero ocurrió que al terminar las vacaciones llegaron tocando las puertas para que siguiéramos con el comedor. En ese momento nos dimos cuenta de que no podíamos abandonar. Así nació Alimenta la Solidaridad».

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Hoy en día el proyecto se ha consolidado y agigantado a unos niveles que antes no sospechaban. Y es que la crisis ha empeorado para esos vastos sectores de la población que dependen de una ayuda que ya el Estado no aporta. Ellos están claros en que, de comenzar una vía de solución que ahora no se ve, el trayecto es largo y complejo. Por eso se mantienen activos y van creciendo.

La solución no es de bodegones y productos caros para complacer a una minoría. Lo grave es el hambre que pasan grandes contingentes de venezolanos aumentando el riesgo de la desnutrición en las generaciones más jóvenes.

La fuerza que une

El nombre que escogieron para su movimiento no puede ser más hermoso. «La solidaridad es la fuerza que nos une – comenta – y se manifiesta en cada visita que hacemos a las comunidades».

«Mientras nosotras estamos aquí conversando, en 260 lugares del país hay un montón de personas trabajando diariamente y desde muy temprano para manejar esos comedores, preparar las comidas, alistar los platos y vigilar que todo se cumpla como debe ser. La comunidad se incorpora y eso nos motiva muchísimo».

«Es un trabajo totalmente voluntario. Las madres se organizan para turnarse en las tareas día por día y los comités que han formado ellos mismos definen el menú del día, asignan las labores de limpieza, consiguen el gas para los fogones y están pendientes de que la jornada funcione».

Más que un plato caliente

«Somos más que un plato caliente – dice Valderrama – aunque el comedor, obviamente, es un tema fundamental pues representa un espacio para los talleres que ofrecemos. Fíjate que damos cursos de lectoescritura para los niños; y preparamos las madres para que ellas puedan dirigir las tareas de sus hijos. Igualmente, les ofrecemos clases sobre la correcta preparación y manipulación de alimentos».

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«Hemos dotado de bibliotecas móviles a cada uno de los comedores. Tenemos proyectos de nutrición para desparasitar a los más pequeños y dar seguimiento nutricional trimestral a nuestros beneficiarios a través de evaluaciones médicas, pesaje inicial y evaluación antropométrica a cada uno de ellos de manera semestral».

Básicamente, el grupo promueve entre las familias una sociedad educadora atendiendo, también, el área psico-social para prevenir y evitar la violencia de género con la ayuda de una Red de Atención a la Víctima así como formando en un modelo de crianza positiva.

«Llevamos a cabo – explica – para los niños, estimulación temprana y recreación realizando actividades educativas no formales a fin de fomentar aprendizajes, valores y formación de tejido social».

Otra iniciativa interesante es la sensibilización y prevención comunitaria; la cual «nos permite garantizar que los niños estén protegidos ante cualquier daño, accidental o intencional; generado por la organización o agentes externos; con énfasis en el cuidado, la formación, prevención y denuncia en casos de fallas de los sistemas de protección a la niñez».

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¡Waooo, vale la pena!

María José comenzó en el programa cuando tenía 17 años. Hoy es una joven de 22 y dice sentirse muy comprometida; y, sobre todo, «muy conmovida» pues ya son una gran familia donde hay amor, compromiso, corresponsabilidad; donde todos se encargan de dar un poquito. «Y ese poquito ha hecho el gran equipo que somos hoy en día y que integramos los que coordinamos el programa junto a las comunidades».

Para terminar, un testimonio muy personal: «Miro hacia atrás y me digo, ¡waooo!, qué increíble trabajo estamos haciendo, sobre todo cuando veo las sonrisas de las madres, de los niños, eso nos confirma que vale la pena seguir adelante en esta obra de asistencia al prójimo necesitado en momentos tan difíciles».

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