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¿Son iguales los hombres y las mujeres?

COUPLE, HANDS, SKY

GrishaN | Shutterstock

Jeanne Larghero - publicado el 22/10/21

Hombre y mujer comparten la misma naturaleza humana, con la misma dignidad y los mismos derechos: ambos son relativos el uno del otro, ya que feminidad y masculinidad se revelan a través de una mirada justa entre los dos. Desde su distinción irreductible, están en auténtico pie de igualdad

La existencia misma de una pregunta relativa a la igualdad entre hombres y mujeres es el reflejo de un hecho: hombre y mujer no son idénticos. Es precisamente porque son distintos que intentamos comprender si son iguales y de qué modo son iguales. La afirmación de igualdad hombre/mujer no se deduce inmediatamente de la experiencia. Miren la diversidad de las culturas: claman lo contrario y, muy a menudo, en detrimento de la condición de la mujer.

De igual modo, la observación de la anatomía ha servido a menudo de pretexto para la validación de desigualdades. Por ejemplo, la diferencia de reparto de masa muscular entre hombre y mujer habría autorizado a hablar de “sexo débil” y de “sexo fuerte”. También, incluso, se ha confirmado que la organización de la fertilidad y de la maternidad fragiliza a las mujeres y se deduce de ello que estarían destinadas al ámbito doméstico y a tareas subalternas.

La fuente de igualdad entre los sexos

Así que esta igualdad debe ser decretada como una intuición trascendental fundamental. La intuición de igualdad no surge automáticamente de la observación de las relaciones humanas. Por eso debe ser afirmada con fuerza, como una condición misma del respeto de las personas y, por consiguiente, de la justicia social.

El hombre comprende lo que es “ser un hombre” cuando ve a la mujer ante él. La mujer comprende lo que significa “ser una mujer” cuando ve y comprende al hombre.

Si la afirmación de la igualdad de los sexos no dimana de una constatación empírica, ¿dónde se encuentra su origen? La filosofía griega proclama por boca de Aristóteles que todo hombre es un animal racional; el compartir una misma razón pone al hombre y a la mujer en la misma base de igualdad. Sin embargo, esta misma filosofía no duda en justificar la esclavitud, práctica corriente dentro de la cultura griega: ya que el esclavo está destinado a cumplir con las tareas domésticas, ya que está destinado a recibir órdenes, esta es la señal de que no dispone de esa razón común. De la misma manera, si se investigan las mitologías anteriores, se encontrará la expresión de una visión desigual de los sexos. El mito de Aristófanes escenifica a los hombres como hijos del sol, principio superior, y a las mujeres como procedentes de la luna o de la tierra, principios pasivos e inferiores; el mito de Pandora presenta un mundo y una humanidad sin la mujer hasta el día en que, a modo de castigo, los dioses fabrican y envían a la hermosa Pandora, fuente de todos los males que se abatirán sobre el pobre mundo.

La ruptura bíblica

Un relato zanja fundamentalmente el asunto de estas prácticas y tradiciones culturales e impone una visión universalista del género humano: el relato del Génesis. “Dios creó al hombre a su imagen”, a todos y a todas: “los creó varón y mujer”. El hombre y la mujer tienen el mismo origen, la misma naturaleza y el mismo destino. Luego, Adán exclama al ver a Eva: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”. Pero estaban desnudos, la diferencia física salta a la vista de este hombre. Y este es el mensaje: lo que nos distingue es lo que fundamenta nuestra misma dignidad. Aprendamos a comprender lo que revela el cuerpo y comprenderemos de qué manera la igualdad de los sexos está arraigada en la realidad corporal en sí misma. Esto significa, precisamente, que la masculinidad y la feminidad se revelan a través de una mirada recíproca. El hombre comprende lo que es “ser un hombre” cuando ve a la mujer ante él. La mujer comprende lo que significa “ser una mujer” cuando ve y comprende al hombre. ¡Qué paradoja!

A pesar de ello, las desigualdades entre hombres y mujeres han existido siempre en la Historia. Cabe señalar que la filosofía de la Ilustración no logró abolir estas desigualdades. Aunque la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa, declaró a los hombres libres e iguales en derechos, la revolución aboliría el derecho de voto de las mujeres. En efecto, a partir del reinado en Francia de Felipe IV el Hermoso, las mujeres fueron convocadas a tomar parte de los Estados generales (asambleas convocadas por el rey), desde las primeras en 1302 hasta 1789. Fue en 1789 cuando las mujeres fueron excluidas del derecho a voto por la Asamblea nacional francesa, y la Constitución de 1791 mantendría esta exclusión. Este es el argumento propuesto por Emmanuel-Joseph Sieyès en 1789: conviene distinguir a los ciudadanos activos de los ciudadanos pasivos; entre los ciudadanos pasivos se cuentan: las mujeres, los niños y los extranjeros. “¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la Revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible” (Olympe de Gouges, Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, 1791).

Un asunto de método importante

Muchas actitudes y comportamientos considerados masculinos pueden ser adoptados por mujeres, muchas especificidades supuestamente femeninas pueden encontrarse en algunos hombres: los rasgos psicológicos y comportamentales no se sitúan a un lado y a otro de una frontera infranqueable. En cambio, una diferencia permanece generación tras generación, de forma irreductible, la diferencia sexual. Nuestros cuerpos de hombre y de mujer difieren.

Así que es más adecuado hablar de distinción que de diferencia. Son iguales y distintos.

Los términos “igual” o “diferente” se toman la mayoría de las veces en un sentido aritmético. En los pupitres de la escuela aprendemos que una cantidad es igual a otra o bien que es diferente. “Igual” se entiende entonces como “idéntico”. En matemáticas, diferente significa inferior o superior. Este reflejo intelectual provoca y esteriliza el debate que nos ocupa: de quienes reconocen y valoran la existencia de diferencias anatómicas (innegables, en definitiva) se sospecha el caer en el biologismo y el promover una visión desigual y jerárquica de los sexos. Y de quienes defienden la igualdad (como un principio no negociable) se sospecha el negar o el invalidar la diferencia, en fin, de despreciar el cuerpo. ¿Cómo salir de aquí?

Hay que observar los cuerpos sexuados. En primer lugar, es importante volver a la observación de aquello que nos identifica sexualmente como hombre o mujer, es decir, del cuerpo, en concreto los órganos genitales. En efecto, el reconocimiento de una igualdad no puede surgir sino de un esfuerzo de comparación. Nuestros cuerpos sexuados dicen algo de la masculinidad y de la feminidad. Corresponde a cada uno tomar conciencia de ello y hacer de ello su propia historia. En segundo lugar, se trata de reconocer de qué modo lo que distingue al hombre de la mujer y a la mujer del hombre crea su igualdad absoluta. Así que es más adecuado hablar de distinción que de diferencia. Son iguales y distintos.

El sexo es una dimensión de la persona

La comparación entre el hombre y la mujer nos enseña que, a pesar de las diferencias observables, les une un punto común fundamental: el sexo es una dimensión de la persona. Explicación: los órganos genitales no son atributos corporales que puedan ponerse en el mismo plano que otros atributos físicos. Tener piernas grandes o pies planos no tiene el mismo grado de significación que el estar dotado de una u otra característica sexual. Una señal evidente: cuando alguien es víctima de violencia sexual, se ve afectada toda la persona por entero. No solamente sufre el lugar físico, sino también la memoria, la imaginación, la autoestima y la confianza en el prójimo. Toda la persona resulta agredida. Los órganos genitales, lugares de una diferencia observable entre el hombre y la mujer, viven un punto común fundamental: son el lugar donde se revela nuestro estatus de persona.

Además, el cuerpo sexuado es instrumento del don de uno mismo. Lo que distingue a una persona de un objeto es su capacidad de darse a sí misma: dar su atención, dar su tiempo, dar su energía, dar su afecto… Ahora bien, dar lo mejor de uno mismo a alguien es la expresión más alta del amor. Hombre y mujer están llamados a ello y su cuerpo sexuado es el instrumento del logro de esta llamada. Nos miramos, nos hablamos, nos tocamos, nos besamos, nos abrazamos: todo el cuerpo, gradualmente, expresa esta llamada a dar aquello que somos.

Hombres y mujeres son relativos el uno al otro

La comparación de los cuerpos sexuados nos enseña también que un cuerpo de hombre no es idéntico a un cuerpo de mujer: un sexo masculino no es idéntico a un sexo femenino. Primer punto de comparación: los órganos sexuales son internos en la mujer y prácticamente externos en el hombre. Consecuencia: los gestos y acontecimientos ligados a la vida sexual afectan carnalmente al cuerpo de la mujer. Ejemplo: la virginidad, el embarazo y el parto son observables en el cuerpo femenino. En cambio, esos mismos acontecimientos no afectan de manera idéntica al cuerpo masculino. La prueba: se sabe por una autopsia si una mujer ha tenido hijos; una autopsia no puede decirnos si un hombre ha sido padre. ¿De qué modo les colocaría esto en pie de igualdad? La mujer recibe del hombre la confirmación de su propia feminidad, el hombre recibe de la mujer la confirmación de su propia masculinidad.

Un ejemplo: al contrario que la mujer, el hombre no vive una gestación dentro de su propio cuerpo. Ya que la gestación le resulta externa, entonces el hombre necesita de la palabra de la mujer para saber que él es el padre de ese hijo, su hijo. Debe otorgar su confianza a un tercero para entrar en la paternidad de su hijo y en la autoridad que requiere. Para ello, depende de la mujer. Recíprocamente, cuando la mujer señala a ese hombre como el padre, renuncia a la omnipotencia sobre su hijo. Decir: “Es tuyo”, implica decir al mismo tiempo: “No es mío”. En esta palabra dada y recibida, la mujer confiere al hombre su poder (en el sentido noble) masculino y paternal y, a la inversa, el hombre libera a la mujer de la ilusión de omnipotencia: gracias a él, la mujer evita ver su feminidad totalmente engullida en una maternidad tentacular nefasta para ella, para el hombre y para el hijo. Se deben el uno al otro el ejercicio adecuado y consumado de su maternidad y paternidad. En este sentido, son relativos el uno al otro, de igual forma.

Otro punto de comparación: el número de gametos

La observación anatómica de los cuerpos sexuados nos enseña que los órganos sexuales fabrican gametos, que son las células reproductoras. Sin embargo, la observación solo tiene sentido en un esfuerzo de comparación de los órganos masculinos y femeninos. Así, el cuerpo masculino fabrica millones de espermatozoides al día; el cuerpo femenino produce un óvulo aproximadamente cada 28 días. En un mes, cientos de millones de gametos por un lado y, por el otro, uno solo… La profusión inscrita en el cuerpo masculino solamente se revela en contraste con la escasez de lo que vive el cuerpo femenino. Podría decirse que la generosidad de uno arroja luz sobre la recompensa del otro. Pero solo se puede tomar conciencia de ello si se les compara, si se ve concretamente qué les distingue. De este modo, el conocimiento del cuerpo masculino enseña a ver y a reconocer la especificidad del cuerpo femenino, y recíprocamente, el conocimiento del cuerpo femenino enseña a ver y a reconocer la especificidad del cuerpo masculino. En este sentido, hombre y mujer dependen el uno del otro de igual forma: se revelan el uno al otro.

Tercer punto de comparación: la temporalidad

La observación de los cuerpos sexuados nos enseña otra cosa. Los órganos sexuales son un lugar de fertilidad y de placer. Ahora bien, tanto la fertilidad como el deseo sexual están sometidos a la temporalidad, de forma diferente en el hombre y en la mujer. La fertilidad femenina es cíclica: los periodos fértiles (que se sitúan en el momento de la ovulación) alternan con periodos infértiles. El deseo sexual femenino se ve afectado por este ciclo. En cambio, la fertilidad masculina es lineal, los espermatozoides se producen todos los días. Además, los gametos en la mujer existen desde su estado embrionario y luego son liberados con cada ciclo, desde la pubertad hasta la menopausia; el cuerpo femenino dispone de su reserva de gametos. No es el caso del cuerpo masculino, que produce gametos “bajo demanda”. ¿Qué consecuencia hay? La relación con el tiempo no es la misma en el hombre que en la mujer. El cuerpo de ella vive el flujo del tiempo, el antes y el después; el sentido del largo plazo está impreso en su cuerpo, por poco que tome conciencia de lo que vive el cuerpo; lo que era posible ayer (periodo fértil) ya no lo es hoy (periodo infértil). El cuerpo del hombre vive la renovación perpetua, el presente es siempre el presente de lo posible (desde el punto de vista de la fertilidad). Por consiguiente, la inquietud que cada uno puede vivir en relación al tiempo encuentra reposo en la mirada puesta sobre el otro. En el cuerpo femenino, cada ciclo entabla un proceso: en unos días, mi cuerpo habrá cambiado, pero puedo prever ese cambio, el futuro está contenido en el germen del presente. Es un cuerpo que cuenta una historia. Esta realidad es una seguridad para él, cuyo cuerpo no puede engendrar vida. A la inversa, en el cuerpo del hombre, el mismo poder se da sin condiciones: millones ayer, millones hoy, millones mañana. Esta profusión gratuita es una seguridad para la mujer: la mujer tiene un cuerpo que la invita, podría decirse incluso que la obliga a contar; el hombre tiene un cuerpo que lo invita a renunciar al cálculo. Mutuamente, se dan seguridad, se dinamizan, hacen posible la promesa y el compromiso.

La igualdad se arraiga en las diferencias

En las culturas eminentemente marcadas por la carrera de la rentabilidad, el hombre parece mejor adaptado naturalmente al modelo económico que la mujer. No sufre las limitaciones de la maternidad y ofrece a la empresa una posible disponibilidad permanente. Entonces, su poder se ve reforzado por ello. Si el criterio de comparación hombre/mujer se busca en una realidad externa a la persona de carne y hueso, entonces lo que prevaldrá es la rentabilidad económica, la eficacia económica. Para no verse perjudicadas, las mujeres deberán renunciar a una parte de sí mismas, mientras que ese sacrificio no es, de hecho, exigible a los hombres. Esto produce una mirada profundamente desigual: por un efecto de retorno, el cuerpo femenino es visto entonces como un lugar de limitación, mientras que el cuerpo masculino es un himno a la independencia. Pero entonces, la respuesta igualitaria que canta la intercambiabilidad de los modelos masculinos y femeninos resulta profundamente contraproducente: ¿por qué imponer una paridad si hombre y mujer no se distinguen en nada? ¿Cuál es el interés? ¿No es una forma insidiosa de afirmar que las mujeres no sabrían imponerse sin una cuña legislativa? La paridad solo se impone porque la diferencia es una riqueza; la falta de representación femenina tan frecuentemente deplorada no es un signo de su incompetencia ni de su incapacidad para superar esa dominación masculina invocada tan a menudo, sino la expresión de una ceguera sobre la complementariedad real de los sexos.

Las mujeres en la historia

Ahora toca hablar de historia de nuevo, en particular de la cohorte de mujeres brillantes e inventivas que han dejado su marca, a pesar de las inercias culturales. Las grandes santas desafiaron las convenciones y escaparon de los modelos culturales: las Ágata, Inés, Blandine, Cecilia… renunciaron, arriesgando su vida, al matrimonio y a la familia para seguir a Cristo, tal y como habían decidido; las Celia Martin, Juana Jugan, Magdalena de Canossa, Frances Taylor… (la lista es larga) dirigieron empresas y fundaron instituciones que aún existen hoy día. Las grandes educadoras no han dejado de afirmar el poder real de las mujeres. De este modo, una Sofía Barat (fundadora de una inmensa congregación docente) no cesa de afirmar: las mujeres tienen una influencia tal que deben trabajar para su formación espiritual, intelectual, moral; su empresa en el mundo es tan grande que su instrucción es una clave espiritual y social inconmensurable. Por consiguiente, un feminismo igualitario, que hace del modelo masculino y/o capitalista el horizonte de su lucha, se revela singularmente empobrecedor: para las mujeres a las que niega la esfera de influencia intrínseca y para los hombres que consolida en un tipo de autoridad esencialmente política y económica.

Iguales, diferentes y relativos

Un primer nivel de respuesta consiste en decir que hombre y mujer comparten la misma humanidad, la misma naturaleza humana y, por consiguiente, tienen la misma dignidad y deben disponer de los mismos derechos. En un segundo nivel, que completa el primero, hombre y mujer son distintos, cosa que revela la observación de sus cuerpos sexuados. Ahora bien, al comparar los puntos que les distinguen, se comprende hasta qué punto son relativos el uno del otro: la feminidad se revela a través de una mirada justa sobre la masculinidad; la masculinidad se revela a través de una mirada justa sobre la feminidad. Ambos están, por tanto, desde su distinción irreductible, en auténtico pie de igualdad.

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