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Problemas éticos de crear quimeras de humano y mono

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Explode | Shutterstock

Observatorio de Bioética UCV - publicado el 18/04/21

Es difícil de determinar qué grado de humanización alcanza el embrión quimérico producido, pues en función de ello, puede no ser ético generar y manipular estos embriones, ni mucho menos destruirlos

El 15 de abril de este año 2021, se ha publicado en la revista Cell un trabajo liderado por Juan Carlos Izpisua en el que se describe la producción de quimeras de humano y mono.

Para conseguirlo, se han inyectado en embriones de mono (Macaca fascicularis) un tipo determinado de células pluripotenciales humanas, células pluripotenciales expandidas (hEPSCs, por sus siglas en inglés), obtenidas por reprogramación a partir de células humanas adultas (ver más), que tienen un potencial quimérico mejorado, al poseer mayor capacidad de desarrollarse en el embrión animal utilizado como huésped.

En el trabajo que se está comentando, se comprueba que las hEPSCs sobreviven, proliferan y generan varias líneas celulares en el embrión de mono.

Hasta ahora, el grupo de Izpisua, y también otros grupos, habían demostrado la producción de embriones quiméricos humano-animales, utilizando ratones, cerdos y vacas, pero a pesar de los esfuerzos de los diferentes grupos de investigación, no se habían podido producir quimeras en las que se generase una cantidad de células humanas suficiente para pensar que los tejidos y órganos generados pudieran ser útiles para trasplantes clínicos.

Esto, al parecer, pudiera ser debido a que la distancia de la línea evolutiva de los animales utilizados está muy lejos de la línea evolutiva humana. Para solventar esta dificultad los autores utilizan en estas experiencias monos, cuya línea evolutiva es mucho más próxima a la humana.

Refiriéndonos especialmente a los «Resultados» de este trabajo, los autores consiguen la producción de quimeras que han podido desarrollarse hasta la fase de gástrula. Llegado a esa etapa evolutiva se elimina, en el organismo producido, la zona pelúcida y de él se obtienen las células, que, trasferidas a un disco externo, continúan desarrollándose. Por esta vía se han obtenido 132 líneas celulares de las cuales 3 sobrevivieron 19 días.

Consideración ética

Que estas experiencias suscitan dudas éticas es indudable, pues los mismos autores, en la «Discusión» de su artículo, comienzan afirmando que han consultado con instituciones y expertos en Bioética a nivel internacional, quienes al parecer han dado el visto bueno a su trabajo.

En relación con ello, habría que determinar, en primer lugar, qué expertos bioéticos han sido consultados, pues, como más adelante se comentará, estas experiencias pueden tener un carácter utilitarista, por lo que, si los expertos navegan por esa vía, es natural que no encuentren dificultades éticas en las mismas.

Pero al margen de ello, nos parece que, son claras las dificultades bioéticas que este trabajo suscita.

En primer lugar, y esencialmente, por las dificultades éticas que van unidas a la producción de quimeras humano-animales, dificultad que se puede resumir afirmando que es difícil determinar qué grado de colonización con células humanas alcanza el embrión quimérico producido, pues debido a ello, puede no ser ético generar y manipular dichas quimeras, ni mucho menos destruirlas, al existir la posibilidad de que dicha colonización se extienda más allá del órgano que se quiere producir y pueda incluso llegar al cerebro, lo que sin duda puede plantear problemas éticos difíciles de solventar.

En relación con ello, el pasado mes de abril, la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina norteamericana, emitió un informeen relación con las experiencias que estamos comentando, en el que se afirma que las células humanas trasplantadas al embrión animal podrían entrar en su cerebro y alterar su capacidad mental, aunque también añaden, que esta preocupación puede ser discutible porque las quimeras producidas no tienen aún el sistema nervioso constituido.

Sin embargo, a ello añadimos nosotros, que, si la finalidad principal de estas experiencias es la de producir órganos para trasplantes, habrá que permitir que dicho embrión se desarrolle hasta un animal adulto, para que sus órganos puedan ser clínicamente útiles y naturalmente en ese momento su cerebro ya está constituido, por lo que podría verse colonizado por un indeterminado número de células humanas.

Como afirma en el mismo artículo la experta en bioética de la Universidad de Oxford, Katrien Devolder, si se permite a las quimeras humano-mono desarrollarse hasta un animal adulto “la historia sería muy diferente”.

En algunos de los trabajos anteriores, los autores intentan solucionar este problema produciendo animales transgénicos en los que se habría suprimido el gen generador del órgano que se quiere producir, por lo que, en su opinión, solamente éste se colonizaría con células humanas, sin que haya opción de que se colonizasen otros órganos, entre ellos el cerebro, pero esto dista mucho de estar fehacientemente comprobado.

De todas formas, en el artículo que se está comentando, los monos utilizados no habían sido genéticamente modificados, por lo que la colonización de células humanas de distintos órganos permanece posible.

Por otro lado, además de producir órganos humano-animales, otra finalidad de estas experiencias, según sus autores, es poder estudiar las primeras etapas del desarrollo embrionario, e incluso ser utilizadas para profundizar en el mayor conocimiento de algunas enfermedades y en su tratamiento.

Para conseguir esto, posiblemente sería suficiente utilizar embriones de monos, cuyo uso no presenta ninguna dificultad ética, pero si con estas experiencias se quiere acercar lo producido a lo humano, creando las quimeras que se están comentando, dichas dificultades éticas no parece que puedan obviarse.

En trabajos anteriores del grupo de Izpisua se planteaba una dificultad bioética adicional, pues en ellos se utilizaban embriones humanos, cosa que al parecer aquí se ha solventado, pues las hEPSCs utilizadas proceden de humanos adultos.

Abundando en todo lo anteriormente comentado sobre la valoración bioética del uso de quimeras humano- animales, en un libro dedicado especialmente a este tema (David Albert Jones. Chimera’s Children. Ethical, Philosophical and Religious Perspectives on Human-Nonhuman Experimentation. Edited by  Calum MacKellar and David Albert Jones. London 2012), se afirma que “las experiencias que combinan elementos humanos y no humanos, determinan que las células utilizadas pueden afectar al cerebro y a la capacidad reproductiva, o sea a aquellos órganos que inciden particularmente en la identidad  de la especie y en la unidad humana”, resaltando por tanto “ el grave peligro de la producción de híbridos humano-animales, pues ante ello nos encontramos ante un monstruo en el sentido más amplio de la palabra, lo que es algo injusto de realizar”.

Resumiendo, nos parece que, estas experiencias, al no poder determinar el grado de colonización con células humanas de los tejidos y órganos producidos, pueden no ser éticamente aceptables, por lo que parece razonable aplicar el principio bioético de prudencialidad antes de proseguir con dichas investigaciones.

De todas formas, los autores de este trabajo, justifican la eticidad del mismo al afirmar que con su técnica se pueden crear órganos que pueden ser utilizados en trasplantes clínicos. Dado que en el momento actual existe una evidente carencia de órganos humanos para trasplantes, la posibilidad que aquí se alumbra de crearlos podría pensarse que es bióticamente aceptable.

Sin embargo, esta fundamentación bioética se sustenta en criterios que podrían considerarse utilitaristas, al hacer prevalecer el fin del acto realizado sobre los medios que se utilizan para conseguirlo, con lo que indudablemente no estamos de acuerdo, pues nuestra línea de pensamiento es la bioética personalista, que es la que debería presidir cualquier tipo de experiencias y especialmente las que a organismos humanos o posiblemente humanos se refiere.

Por los doctores Justo Aznar y Julio Tudela. Artículo reproducido con permiso por Aleteia

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