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¿Quién fue realmente Rasputín?

RASPUTIN

akg-images/EAST NEWS

Luis Santamaría - publicado el 30/12/20

Llamado en ocasiones “el santo demonio”, su figura sigue siendo oscura y controvertida

Grigori Yefimovich Rasputín Novich nació en 1869 en Pokrovskoie (Rusia). Aunque casado y con tres hijos, el que al inicio era un campesino, pronto se convirtió en un asceta errante –especialmente visitando santuarios y monasterios importantes–.

A pesar de su semianalfabetismo y de su extrema austeridad de vida, era capaz de atraer a grandes multitudes con su predicación y su personalidad carismática (e hipnótica, según algunos). Además, aseguraba ser vidente desde su infancia.

Rasputín respondía a la figura del stárets, un místico de la tradición ortodoxa rusa; pero se hizo famoso por otras cuestiones, que intentaremos resumir en este artículo.

Los stárets eran maestros espirituales muy populares entre el pueblo cristiano: hombres de oración y penitencia, a veces con dones sobrenaturales de videncia y sanación. Para muchos fieles rusos, resultaban figuras más cercanas que los sacerdotes o los monjes.

El primer rastro conocido que tenemos de este personaje data de 1905; cuando la gran duquesa Anastasia se lo encontró en Kiev, y cayó víctima de una fuerte fascinación por él.

Lo llevó a San Petersburgo, donde pronto fue bien conocido por la aristocracia, que se interesaba por escuchar a personas como él. No tanto por su carácter religioso, sino por la moda del ocultismo que entonces arrasaba en la alta sociedad de todo el continente, casas reales incluidas.

Alguien como él, con presuntos dones sobrenaturales, se convirtió enseguida en protagonista

En su vida, la leyenda del sanador

Lo que supuso el trampolín de la fama al poder fue un hecho muy concreto: el zarevich (primogénito y heredero del zar) Alexei, nacido en 1904, estaba aquejado de fuertes hemorragias –seguramente provocadas por la hemofilia–, que cesaron tras la intervención de Rasputín.

Según parece, el stárets rechazó toda medicación para Alexei, lo que contribuyó a su mejoría. La causa es que le administraban ácido acetil salicílico (el principio de la aspirina), cuyo efecto sobre la sangre entonces no se conocía. Además de la sugestión casi hipnótica y la calma que le inspiraba Rasputín.

Al mismo tiempo que crecía su celebridad como curandero, se convirtió en una persona fundamental para la familia real y, en consecuencia, en la figura clave para la política rusa.

El zar y la zarina – con un previo interés por lo esotérico – no tomaban ninguna decisión sin consultarle. Y esto le granjeó muchos enemigos entre los nobles y los políticos.

Personaje incómodo

Sus adversarios, además de difamarlo (acusándolo de brujo, espía extranjero e incluso amante de la zarina Alejandra), tramaban continuamente complots contra él, buscando derrocarlo de esa posición privilegiada que tenía junto a Nicolás II.

Pero el misterioso stárets-consejero siempre lograba desbaratar cualquier tipo de confabulación, lo que hizo crecer aún más su fama de sabio y adivino. Incluso decían que se comunicaba con los caballos.

Hay autores que destacan algunos elementos positivos en la acción política de Rasputín, como: la ayuda directa a miles de personas necesitadas; su intento de mantener a Rusia fuera de la Primera Guerra Mundial; o su oposición al antisemitismo, que creció especialmente durante aquella época.

Sin embargo, trascendieron mucho más sus errores y excesos, como las orgías que organizaba – y protagonizaba – en el palacio real.

Lejos de lo que se esperaría de un asceta, su actitud vital lo llevaba a una abundancia de comida, bebida, baile y relaciones sexuales.

A su muerte, la leyenda del profeta

Como tantas otras cosas en su trayectoria biográfica, la muerte de Rasputín está envuelta en la leyenda.

Se trató de un asesinato llevado a cabo el 16 de diciembre de 1916 por Félix Yussupov –aunque con la complicidad y ayuda de los enemigos del “místico”–, emparentado con la familia del zar.

Le habría hecho ingerir alimentos y bebidas envenenados sin que le pasara nada, y después de dispararle repetidamente, habría huido y por fin, tras ser arrojado al río Neva, se habría terminado ahogando.

“Presiento que abandonaré la vida antes del primero de enero”, dictó poco antes de morir, en una carta que sería entregada a la zarina Alejandra (tal como recoge Patrick Ravignant en su libro Los maestros espirituales contemporáneos).

En ella también profetizaba que si su muerte se debía a vulgares asesinos, los descendientes del zar “reinarán durante centenares de años”.

Pero si, por el contrario, la familia real o la aristocracia tenían algo que ver en su desaparición, éste era el aviso para el mandatario: “ninguno de tus hijos ni de tus parientes quedará con vida más de dos años. Serán asesinados por el pueblo ruso”.

Efectivamente, diez meses después de la muerte de Rasputín, tuvo lugar la Revolución Rusa, que acabó con el régimen zarista, ejecutó a todos los miembros de la familia de Nicolas II e implantó la dictadura comunista de Lenin en el país.

¿Una secta detrás?

Algunos han intentado explicar la figura de Rasputín desde su pertenencia a alguna secta. Pero lo cierto es que no hay pruebas para asegurar su vinculación con ningún grupo concreto.

Aunque también hay autores que subrayan sus paralelismos con los jlysti, integrantes de una secta de su tiempo. Esta afirmaba la posibilidad de que Cristo se encarnara en cualquier hombre, y que el pecado conducía a la salvación, llevando a cabo rituales que acababan en orgías.

Sin embargo, como ya se ha dicho, Rasputín responde más bien a esas figuras propias del imaginario espiritual ruso, como eran los stárets.

Pero sí cabe destacar lo ya dicho anteriormente sobre el contexto social en el que logró destacar tanto, logrando una popularidad que se ha mantenido después de su muerte: la corte de la Rusia zarista, como sucedía en gran parte de otros palacios reales de toda Europa, tenía un interés desmesurado en las cuestiones esotéricas, algo que se hacía extensible a las clases sociales altas y al mundo de la cultura y el arte.

Esoterismo

Los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX conocieron una difusión rápida y amplia de corrientes como el espiritismo y la Teosofía. Estas doctrinas encandilaban a políticos, aristócratas e intelectuales, con mensajes muy viejos – mezclas de ideas gnósticas, sabiduría de Oriente, ocultismo antiguo y prácticas mágicas –; pero que sonaban nuevos a una sociedad occidental que, tras décadas de proceso secularizador, buscaba sustitutos a un cristianismo que se iba abandonando progresivamente.

Por eso no es de extrañar que Gary Lachman, buen conocedor de estos temas, llame “imperialismo místico” a lo que intentaba llevar a cabo Nicolás II en la proyección rusa hacia Asia.

En su libro El ocultismo en la política, Lachman comenta cómo en la corte de San Petersburgo no sólo ejercía su influencia Rasputín, sino otros personajes como Zhamsaran Badmaieff (un supuesto sanador tibetano) o Esper Ukhtomsky (budista cercano al pensamiento teosófico), además de la figura inquietante de George I. Gurdjieff, padre del esoterismo contemporáneo.

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