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Lo más admirable de las mujeres

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/03/20

Para la mujer, el sufrimiento más fuerte no es nunca el dolor corporal...

Hay tantas mujeres rechazadas, repudiadas, infravaloradas. Tantas mujeres utilizadas y heridas…

Jesús ama a la mujer, la mira con ojos de misericordia, la enaltece. Siempre me impresiona su mirada sobre la mujer en ese tiempo en Israel.

La mira con ojos llenos de admiración. La ama en su verdad y la respeta. El amor, la verdad y el respeto van siempre de la mano.

Sólo se puede amar lo que se admira. Sólo se respeta lo que de verdad se ama. Sólo puedo amar cuando respeto.

Y al admirar la verdad escondida en el corazón amo en lo profundo. Esa verdad sale a la luz con fuerza y florece ante mis ojos.

Tengo un profundo amor y respeto por la mujer. Y me duele cuando es despreciada, abusada, ninguneada, ignorada.

Una canción de Javy Ramírez expresa cómo la mujer tiene que amarse a sí misma para poder ser amada: «Te prefiero cuando eres tú misma la que te prefieres».

Vale para mí también, para todos. Si no me amo, no puedo ser amado. Si no me respeto no puedo ser respetado. Si no tengo en cuenta mi dignidad, no puedo pedir a los demás que la tengan en cuenta.

Pienso en tantas mujeres heridas, abandonadas, maltratadas. Puede que hayan perdido su inocencia y desconfíen del que es fuerte, del que quiere imponer su querer.

Pido por esas mujeres que han perdido la dignidad, o han hecho que la perdieran. Por aquellas que viven con rabia y rencor. Me conmueve su dolor, su amargura.

Han dejado a un lado su alma grande y viven encerradas en su dolor amargo. Pido para que el perdón y la paz llegue a sus corazones en guerra.

Pienso en la mujer a la que admiro. Ese corazón de mujer que tanto valoro. Pienso en su alma pura y grande que sueña con dar la vida por entero, por aquellos a los que ama. Esa alma que se dona sin medir, se sacrifica por amor, acoge muy dentro al que busca hogar.

Admiro el corazón de las mujeres que forman parte de mi vida. Admiro su belleza interior y exterior. Su mirada pura. Su espíritu de lucha. Su fe inamovible en circunstancias adversas. Su capacidad para el sacrificio. Su tolerancia ante el dolor.

Admiro su mirada amplia que acoge al hijo. Esa mirada que me hace sentir niño confiado. Respeto la entereza de la mujer, su dignidad, su grandeza de alma.

Me duele tanto ver a la mujer rechazada, abusada, herida. Verla despreciada en su verdad. Utilizada.

Me conmueve ver a la mujer que lucha por encontrar su lugar y lograr que la respeten. La mujer que se levanta siempre de nuevo en su lucha. Que ama hasta estar dispuesta a dar la vida.

Me conmueve ese corazón que nunca se desanima. Me impresiona la mirada misericordiosa de la mujer. Su compasión. Decía el padre José Kentenich:

«Para la mujer, el sufrimiento más fuerte no es nunca el dolor corporal sino el del alma. Pero, a menudo, el sufrimiento del alma es en lo más hondo un compadecimiento».

La mujer sabe compadecerse. Sabe ponerse en mi lugar. Sufrir en mi dolor, acompañarme en mi tormenta interior. La compasión es el rasgo de su alma.

Me conmueve su capacidad para acompañar al que sufre, para sostener sus lagrimas, para contener sus rabias. Me gusta esa mujer madre que educa con paciencia y respeto infinito. Decía el Padre Kentenich:

«Es misión especial de la mujer educar al varón en una caballerosidad respetuosa y delicada, mediante el fino velo del misterio con el cual ella cubre su esencia, y mediante el aroma de su clausura interior».

Esa mujer que educa es una mujer que se guarda y se entrega. Guarda su intimidad, se da con generosidad. Y educa al hombre en el respeto.

Admiro esa alma femenina que logra sacar lo mejor de mí. Me hace más humano y sensible, más niño y más caballero. Me hace respetar las diferencias y amar en lo humano al que tengo delante.

Admiro la pureza interior de la mujer que es alma abierta a Dios. Alma niña que confía y se entrega. Se siente respetada en su verdad y vence las distancias.

Hoy vuelvo a reconocer mi amor al corazón de la mujer. Mi respeto a su nobleza. Mi admiración por su generosidad. El alma femenina que educa mi propia alma. Y me enseña una forma única y sagrada de mirar la vida.

Me conmueve la entrega abnegada de la mujer. Su espíritu de lucha ante la adversidad. Su confianza filial en el Dios que conduce su historia. Es hija y es niña.

Me impresiona el alma de la mujer que es madre que acoge, educa y guía a los que se le confían. Una madre no olvida nunca a su hijo. Lo perdona una y otra vez hasta el final de su vida. Y vuelve a creer en la belleza escondida detrás de las fealdades aparentes.

Respeto el corazón de la mujer. Ese corazón libre y generoso. Ese corazón puro y grande. Ese corazón enamorado de Dios y del hombre.

Y le pido a Dios que me enseñe siempre a respetar su dignidad, a admirar su belleza, a cuidar su grandeza.


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