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La sincera petición de un sacerdote: Que consagrar en misa me purifique

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TATJANA SPLICHAL | DRUŽINA

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/06/19

Pensamientos de un hombre que tiembla al convertir el pan en Cuerpo de Cristo y perdonar pecados

Yo no sé qué cuenta más. Si una caída al final del camino o toda una vida llena de buenas obras. No sé si pesa más un solo acto heroico dando la vida en el último momento o miles de gestos callados amando en silencio.

Ya no sé si una vida pierde todo su valor en un solo momento de ruina, en un segundo de dudas, de debilidad, de tentación. O basta con un gesto de amor para salvar todo mi pasado y reconstruir sobre lo que estaba perdido.

No lo sé porque no soy juez de nadie, tampoco de mí mismo, a quien más conozco.

Me arrodillo sorprendido ante el gesto de arrepentimiento que escucho ante mí como un grito de esperanza antes de la absolución que entrego con manos temblorosas.

Un deseo expresado en palabras, en miradas. El anhelo profundo de no volver a pecar. El ansia verdadera de cambiar, de ser mejor persona. La súplica de quien no quiere caer de nuevo.

Sin juzgar yo en mi corazón la profundidad de ese deseo tiemblo ante la misericordia que es de Dios y no mía. Sin juzgar la fuerza para hacer eficaz su propósito en un tiempo eterno, yo confío en el poder de sus deseos.

He decidido no juzgar más la santidad de ninguna vida. Y tampoco condenar a nadie pensando que yo estoy bien y él ha caído.

Rehúso la condena y me aparto del laurel como premio a toda una vida llena de entrega. ¿Quién soy yo para juzgar a alguien?

Siempre lo digo, veo rostros, no corazones. Y cuando me abren el corazón, sigo viendo sólo lo humano que yo mismo tengo. La fragilidad que yo mismo palpo.

¿Quién soy yo para condenar en mis gestos? Sé muy bien, mucho antes de conocer la debilidad de la carne ajena, cómo es el olor de mi propio pecado. Por eso prefiero no juzgar, no opinar, apartar de mí la crítica.

Sí sé muy bien que detrás de tantos pecados se esconde una herida profunda de amor. Sé que el corazón está herido y por eso cuesta tanto amar bien.

Yo sólo sé que cada día en un momento concreto de mi vida se detiene el tiempo. Es ese instante sagrado en el que pronuncio unas palabras santas y se unen en mis manos el cielo y la tierra en un trozo de pan bendito. El pan deja de ser pan y se hace carne. Y el vino en el cáliz ya es sangre:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

El tiempo se detiene entre mis dedos mientras hago memoria y vuelve a suceder un amor eterno contenido en la carne. En un gesto de amor del que soy testigo, o partícipe, o soy yo mismo el que lo hace.

Ya no sé bien en qué se distingue esa voz mía sagrada en ese momento, de la voz que hace unos minutos hablaba de cosas vanas. La misma voz, una voz distinta.

Las mismas manos blandas esquivas a la santidad ahora se tiñen de su presencia. En un instante eterno hacen que todo cambie. Y yo sin saberlo contemplo el misterio.

Súbitamente soy Cristo en medio la tierra. En medio de su cielo. En medio de la vida. Es un solo acto que lo cambia todo en mi propia alma sin darme yo cuenta.




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¿Me define a mí ese acto santo tanto como para blanquear tantas impurezas que hay en mi historia? Soy yo mismo haciendo lo imposible. Y yo mismo cayendo luego al barro más mezquino.

Entre el santo y el ladrón hay un solo paso. Un madero junto al otro en el monte Calvario. Una mano clavada junto a la otra sin decir nada. La mano del justo. La mano del que ha pecado.

Tocando su cuerpo en la Eucaristía me siento tan indigno como esos dos ladrones. ¿Acaso no deseo estar con Él en el paraíso? Lo deseo con toda mi alma. No como premio a mis méritos. Sino como don, como gracia.

Porque me sobrecoge tanto amor contenido en ese sagrado instante. ¿Cómo es posible sostener todo el cielo en mi piel tan pobre? ¿Cómo retener todo el amor que tiene ese Jesús partido?

Lo más sagrado en contacto con lo mundano de mi vida. No soy digno. ¿Vencerá su pureza sobre mi indigencia? Abrazo tiernamente su sí cada día. Y se renueva mi sí, mi deseo de dar toda mi vida.

En esa hora eterna en la que el tiempo no corre, se detiene. Y el pan se hace amor de repente, entrega completa, un sí profundo que resuena en la caverna de mi alma.

Y mi vida cambia al acariciar su vida. Mi sí se hace fuerte en su sí, sin yo entenderlo. No sé cómo no cambio más si cada día asciendo al cielo y desciendo con un amor inmenso pegado a mi cuerpo.

No comprendo la pobreza de mi vida que no se alza siempre en las alturas después de tocar tanto amor hecho carne en la tierra. No entiendo mi debilidad que no se hace fortaleza. Ni mis heridas que permanecen abiertas después de haber tocado tanto amor en mis manos.

Yo sólo quiero entonces ser cuerpo, ser sangre.

Quiero continuar en gestos sagrados, lejos ya de mi altar, todo lo que he vivido en ese instante único. Quiero salvar la vida de tantos amando en el silencio.

Quiero sostener en mis manos pobres el corazón lacerado, la soledad herida, que vive en la carne y sangre de tantas vidas. Quiero ser yo pan partido, sangre derramada. Que ese gesto sagrado que repito se haga carne en mí cada mañana.

¿Acaso no he nacido para dar la vida? ¿Por qué me afano tanto en retener mis pasos antes de la caída? Quiero ser sólo pan, quiero ser sólo vino.

Quiero que mis gestos sean la continuación bendita del instante sagrado que sucede en mis manos. Y le pido a Dios que haga el milagro. Que cambie mi carne herida. Que transforme mis pasos pobres.

Y que mi amor egoísta supere sus barreras, venza sus límites. Que mi corazón pequeño y lleno de mezquindades, se vuelva grande, como el suyo. No sé cómo lo hará posible. Yo sólo lo pido.




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