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"Es más importante amar que hacer" y otras claves para enfocar bien el año

© alice_mercer/Flickr/CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/01/19

2019 no será perfecto, pero sigue deseando, proyectando, soñando...

Comienza un nuevo año. De la mano de María. María quiere ser mi madre, quiere darme todo su cuidado y protección. Es la puerta de entrada al nuevo año. Quiere educar mi corazón endurecido.

Dios me bendice con su paz: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz. Me guarda en mis caminos.

Comienzo el año tranquilo lleno de confianza. Llevo en el corazón miedo y amor. Deseos de llegar muy lejos. Expectativas que han sido sembradas en mi alma.

Miro a Dios al comenzar los días en blanco de un nuevo año. Rezo: “Que el Señor salga a tu encuentro cada día de este año. Que sea para ti compañero de marcha, guía en la encrucijada, defensa en los peligros, albergue en el camino, sombra en el calor, hogar en el frío, luz en la oscuridad, consuelo en los desalientos, abrazo en la soledad, puerto en la tormenta. Que Él te bendiga y camine contigo.

Tengo ante mí todo por decir, por hacer, por decidir, por escribir. ¿Qué quiero mejorar? ¿En qué quiero cambiar? ¿Qué desafíos tengo por delante?

Un año completo. María y Jesús conmigo. Me asusta la responsabilidad de tejer mi vida. No estoy solo. Es más importante amar que hacer. Más dejarme hacer que lograr.

Vale más vivir con alegría que apesadumbrado. Dar que recibir. Encontrar más que buscar, aunque la búsqueda tiene su atractivo.

No quiero correr. Decido que la vida se vaya haciendo a fuego lento. ¡Cuánto me cuesta la pausa a mí amante de las prisas!

Espero callado en el umbral del nuevo año. Me asustan las incertidumbres que no controlo. Quiero ser creativo, hacer las cosas de diferente manera, escuchar las otras frecuencias, los susurros que flotan en el aire. Mirar con otros ojos.

¡Cuánto me cuesta contemplar la vida! Miro a menudo. Y juzgo. Me detengo en mis prejuicios. Me ahogo en las condenas que habitan en mi alma.

Quiero hacerlo todo bien en este año. Pero, si yo soy imperfecto. ¿Cuándo aprenderé a amar la imperfección? Estoy demasiado lejos.

Amo lo perfecto, lo logrado, el éxito completo. Desprecio lo que no me ha salido tan bien. Veo en seguida el fallo, la carencia, la herida, el error.

Tengo una mirada que observa y distingue lo que el otro no hace, lo que yo no hago. Algunas de mis relaciones viven a partir de esta exigencia. No lo hago bien. No lo hace bien. Tengo que corregir algo.

Pienso que los demás, si son sinceros, me tendrán que decir lo que no estoy haciendo bien. Esperarán de mí que lo mejore. Así actúo yo con los demás. Así me miro yo a mí mismo.

Tengo que cambiar, mejorar, ser perfecto. Pienso que todavía estoy muy lejos. Como si fuera la perfección moral lo que Dios me exigiese. Él no quiere que sea perfecto. Yo tampoco quiero la perfección aburrida y rutinaria.

Quiero amar a Dios oculto en la fealdad aparente. Quiero una sensibilidad para percibir frecuencias inaudibles para muchos. Quiero la sensibilidad que vierta lágrimas ante el dolor, ante la alegría.

Quiero aprender a reír con el que ríe, aunque se ría de mí. Quiero abrazar al que esté solo, saltando la distancia que me separa de los hombres.

No quiero contestar todos los reclamos que me hacen. Pero sí quiero estar para el que de verdad me necesita.

Quiero hacer las cosas nuevas con métodos nuevos. Aunque me cueste asumir que hay cosas que ya no sirven.

Quiero caminar más caminos. Recorrer más sendas. Quiero cortar con aquello que me quita la vida. Quiero guardar más silencio. Desconectar mi móvil. Olvidarme de las preguntas y peticiones aún no respondidas.

Quiero soñar en alto y decir con voz firme lo que el corazón desea. Quiero olvidar mis prejuicios. Y no vivir queriendo cambiar el mundo. Con que cambie yo ya será algo.

Quiero oír más a Dios, o al menos meditar más cosas en mi corazón. Cocinar a fuego lento los pasos de mis días. Sin prisas que me amarguen. Sin exigencias que no llevan a ningún lado.

Quiero enumerar los ideales para los que he nacido. Dibujar las estrellas con nuevas melodías. Escuchar las campanas en lo hondo de mi alma.

Quiero acoger al que llega sin exigirle nada. Quiero callar con más frecuencia y decir menos palabras importunas.

Quiero menos críticas y más alabanzas dichas por mis labios. Quiero más fuego y menos frío en mi alma enferma.

Quiero más humildad para subir montañas. Y más pausa al ponerme en camino. Quiero ir al paso de los lentos, sin querer ser el primero.

Decido no compararme más con los que más tienen. Y elijo mirar al que lo ha perdido todo. Lo levanto del suelo y le muestro el camino.

Elijo la vida grande, la larga, la que merece la pena. No quiero que mis miedos paralicen mi alma. Opto por la verdad mucho más que por la mentira. Opto por vivir guardando mi intimidad sagrada.

Acepto mi vida como es hoy sin pretender que todo sea perfecto. No funcionan así mis pasos, ni mis días.

Vuelvo a mirar las estrellas y la luna al comenzar el año. Decido lo que voy a mejorar, siempre es posible.

Quito de mi alma alguna cadena que me asfixia. No importa si la vida es larga o demasiado corta. Decido vivirla con paz y calma.

Cuento a los hombres lo que vivo, lo que amo, lo que sufro. No tengo reparo en abrir mis entrañas. No todo es perfecto en lo que amo. No importan los miedos que pretenden detenerme.

El camino es largo al abrirse la puerta con doce campanadas. Doy el primer paso. Mis propósitos en el alma. Quiero caminar hasta las estrellas. Es posible si me dejo querer. Así es más fácil.

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