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Bertolucci, más sombras que luces

BERTOLUCCI
Shutterstock-PAN Photo Agency
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Con la desaparición del director italiano también desaparece una generación de cineastas que creyó que podría crear un mundo mejor demoliendo el anterior

Bernardo Bertolucci ha muerto a los 77 años en Roma, tras una larga enfermedad. Será recordado como uno de los grandes directores italianos, junto a figuras tales como Fellini, Visconti, Olmi, Antonioni, Rosselini, de Sica o el que fue su mentor y amigo, Pier Paolo Passolini, para quien hizo de ayudante de producción en Accatone (1961).

Sin embargo, con su desaparición no solo se apaga una estrella en la constelación cinematográfica connacional, también lo hace un astro global dentro de la galaxia de la “gauche divine” tanto a nivel político como existencial.

Su película más sonada fue El último emperador (1987), que cosechó 9 Oscars de la Academia hollywoodiense, una superproducción de factura exquisita pensada para el gran público. Pese a todo, la mayor parte de su obra ha sido una continuación de la nouvelle vague francesa, versionada en un registro inédito y muy personal en que se reincidía en ciertas obsesiones a caballo entre Freud y Marx. 

Aparte de detalles simpáticos, como que fue el guionista de uno de los mejores filmes del spaghetti western, Hasta que llegó su hora (1968), Bertolucci construye una filmografía de autor, cuyas líneas maestras, tanto estilísticas como temáticas, reinciden en determinadas heridas abiertas que no consigue cerrar a lo largo de su carrera.

Su universo fílmico es esencialmente revolucionario. Lo documenta ampliamente ese larguísimo-metraje que es Novecento (1976), donde establece la genealogía de su propio pensamiento a través del anchuroso relato de la revolución en Italia. En sus más de cinco horas se presenta un claro enfrentamiento entre los trabajadores y los propietarios, los esclavos y los amos, el proletariado y la oligarquía, el futuro y el pasado.

Desde ahí se despliega su insurrección contra la moral establecida, su jugueteo con los límites de lo aceptado, de lo permitido, de lo lícito. Por eso muchos de sus filmes contienen fotogramas eróticos que flirtean con el incesto y la violación, que dudan de la monogamia y el matrimonio. Levanta los adoquines de la cultura, como buscando la arena de la playa; una naturaleza primigenia y amorfa desde la que poder hacer surgir un nuevo hombre y una nueva mujer.

Experimenta con lo humano. Observa con minucia hasta dónde se puede llegar con esos nuevos cobayas. En El último tango en París (1972) más allá de la mantequilla, se conchabó con Marlon Brando para filmar una violación real a la jovencísima actriz Maria Schneider. En Soñadores (2003) todavía le daba vueltas a la posibilidad de una nueva era que partiese de la transgresión de los códigos sexuales al uso. Eva Green, la nueva Venus de Milo, protagonizaba un ménage à trois incestuoso, bisexual y frenético, en el mismo corazón de la revuelta de los niños francesa.

Sin embargo, su itinerario vital no llega a buen puerto. Esa Belleza Robada (1996) en la que Bertolucci quiso fotografiar esa tabula rasa de la inocencia sobre la que poder erigir una nueva civilización, más allá del bien y del mal, acaba desmoronándose como el sujeto posmoderno. Y lo hace ostensiblemente en su última producción, Tú y yo (2012), en la que los jóvenes protagonistas son incapaces de refundar su humanidad en el sótano de la casa paterna.

Por eso, con Bernardo Bertolucci muere una generación de cineastas que creyó que podría crear un mundo mejor demoliendo el anterior. Su propio periplo artístico describe la caída parabólica de insurrecciones que tuvieron su época dorada en los años setenta, y que han ido experimentando su progresiva decadencia hasta su agonía en nuestros tiempos líquidos. 

Como respuesta a toda esta vorágine revolucionaria que derribó la antigua casa sin saber construir una nueva, solo se nos ocurre una salmodia del evangelio que reza: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.

 

Tags:
cine
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