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Una buena razón por la que esconderse

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A veces se me olvida que es a Él a quien quieren ver, y entonces quiero que me vean a mí

Tengo cerradas las puertas y ventanas de mi alma. Me da miedo que alguien pueda entrar. He bloqueado todas las entradas para que no me hagan daño, para que no me hieran. Por miedo a la vida, a las personas y al mundo.

Lo cierro todo con fuerza para que nadie vea cómo soy de verdad. Para que nadie entre en mi intimidad y hiera mi fragilidad. No quiero ser herido.

Las puertas cerradas me hablan de cómo soy por dentro. Soy débil y temeroso. Y por eso me cierro y me escondo. Me refugio dentro de mí. Me guardo con cierta amargura mis tristezas y mis penas. No saco fuera todo mi dolor. Mejor lo escondo.

Tengo miedo a ser reconocido en mi fragilidad. Miedo a que me traten de acuerdo a ella. Por eso prefiero mostrarme seguro y firme ante los hombres. Aparecer ante el mundo como un hombre sin miedo.

Se me olvida que justamente en mi fragilidad es donde aparece Jesús para preguntarme el motivo de mi dolor.

No tengo que tener pena, es lo que me dice. Porque Él está conmigo para siempre. El motivo de mi angustia desaparece con su luz, con su paz, con su sonrisa.

Pienso en las procesiones de Semana Santa. Tantas personas cargando los pasos de María y de Jesús en tantos lugares de España y del mundo.

En estas procesiones se manifiesta un amor hondo y sincero. Los costaleros cargan con el paso con gran esfuerzo. Permanecen ocultos a los ojos del mundo. Saben que a ellos nadie los ve.

No importa tanto ser visto. Es a Jesús a quien necesito ver. A Jesús o a María. Pero no a quien carga con su imagen.

Se alegra el corazón al ver pasar a Dios con paso cadencioso, con un cierto baile, rodeado de flores. Al ritmo de los tambores y las trompetas.

Jesús se aparece en medio de las calles de una ciudad, de un pueblo. En medio de la vida diaria, cotidiana. Allí donde menos lo espero. Una imagen que evoca la resurrección, el amor de Dios. Y me recuerda que mi dolor y mi pena no tienen la última palabra.

Se aparece Jesús “procesionando” en medio de mis calles, de mis días, a través de mis puertas cerradas. Aparece Jesús llevado sobre los hombros.

Pesa más de lo que un hombre solo podría cargar. Son muchos los que lo llevan. No importa el esfuerzo. Se lo reparten. Y permanecen ocultos. Un esfuerzo colectivo. Unidos llevando a Jesús. No los ven. Ven a Jesús sobre la espalda. Ellos ocultos. Él presente.

Así suele ser con mi vida. No es a mí a quien ven, es a Jesús. Yo cargo con su peso oculto. No voy solo. Otros me ayudan. No pesa tanto.

Pero a veces se me olvida que es a Él a quien quieren ver. Y entonces quiero que me vean a mí. Que me aplaudan a mí. Quiero ser yo el importante, el protagonista, quiero estar en el centro. Yo el que hace milagros.

Porque soy yo el que padece tantas veces. El que está triste y sufre. El que tiene dolores y necesita consuelo. El que necesita la paz de Jesús acercándose a mí cuando menos lo espero.

Y creo que soy yo el que despierta admiración y seguimiento. El que da paz y alegra el corazón. Pero no soy yo. Es Jesús.

Voy cargando el paso de Jesús y de María y me creo algo importante. Como si mis pasos fueran los que hicieran posible los suyos. ¡Cuánta ingenuidad! Me siento en el centro.

Quiero cubrirme el rostro. Ocultarme bajo el paso. Esconderme de los ojos para que no puedan así admirarme.

Me hace bien permanecer oculto y dejar que sea Jesús el que se aparezca. El que manifieste su poder y su fidelidad.

Me gusta mirar esta Semana Santa a ese Jesús que se esconde y aparece. Se oculta muerto detrás de una losa y aparece resucitado atravesando puertas cerradas.

Me gustan sus palabras que me llenan de paz y de alegría. Me gusta que quiera aparecerse en el lugar en el que me encuentro. En mi lugar por el que nadie pasa. Pero El sí pasa y eso me consuela y me da paz. Se alegra el alma.

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