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Lo único que me salva cuando me siento despreciable

LONELINESS
Marjan Apostolovic - Shutterstock
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Me parece que Dios nunca va a estar feliz conmigo...

Hay frases que tengo que recordar una y otra vez para no olvidarme. Frases que he oído alguna vez de alguien. O las he leído en algún libro y me marcaron. Frases que han quedado prendidas del alma. Grabadas a fuego. Atadas a mi vida para siempre.

Pienso en esas frases continuamente para no olvidarme. Porque si las olvido empiezo a vivir como si el alma me pesara más:

“Me encanta cómo eres. Te quiero mucho. Te admiro por todo lo que piensas y haces. Me gusta simplemente tu forma de ser. Reconozco que Dios en ti se me hace presente. Gracias por tu generosidad”.

Alguna vez alguien me las dijo. A mí se me olvidan. Quiero recordarlas de vez en cuanto. Para quererme más a mí mismo.

Otras frases me hablan de lo que me dice Dios. Él me mira siempre como a su hijo más querido. Lo perdona todo:

Te he llamado para que estés conmigo. Necesito tu vida, tus manos, tu corazón, tus palabras. Tu vida merece la pena”.

Son frases que me conmueven una y otra vez. No importa cuántas veces las escuche, las lea, las repita. Suenan a frases antiguas y siempre nuevas. Como si fueran escuchadas por primera vez. No quiero olvidarlas.

Una de esas frases es esta: “Dios los miraba a todos con mucho agrado”.

Pienso en Dios mirándome y diciéndome que soy de su agrado. Me alegra el alma. Pero yo tantas veces me escondo. No siempre creo que me mire con agrado.

Es como si me exigiera algo o esperara algo de mí. Y yo no estoy a la altura cada vez que miento, hago daño con mis palabras y hiero con mis actos. No le agradan mis fracasos cuando no respondo a sus expectativas. Y parece mirarme con desprecio cuando no hago todo lo que tendría que hacer, lo correcto, lo perfecto.

Escuché hace tiempo una afirmación en una película. Una persona le decía al protagonista: “Siempre has sabido qué es lo correcto. Aun cuando éramos jóvenes y estúpidos siempre lo supiste. Cada paso que das siempre es el idóneo. Yo siempre he querido obrar rectamente. Ser una buena persona. Pero nunca supe qué significaba. Siempre parecía que había una decisión imposible que debía tomar”.

Me quedé pensando. Yo también quiero ser una buena persona. Y obrar rectamente. Pero ¿los pasos que doy son los idóneos? Cuando tengo que elegir entre el bien y el mal. O entre dos bienes posibles. ¿Hago siempre lo correcto?

A veces dudo y tiemblo y veo que Dios no me mira con agrado. Hay dudas en su mirada. Tal vez piensa que no hago nada bien. O eso es lo que creo. Pienso que me mira ofendido, triste, cansado de mi negligencia, de mi desgana, de mi pereza.

Cuando miro así a Dios y pienso de esta forma, sufro ansiedad. Veo que no llego a la meta, a la cumbre. Y me parece que Dios nunca va a estar feliz conmigo.

Pienso en esta Semana Santa. E imagino que Jesús muere porque yo lo clavo al madero. Mis manos las que golpean los clavos. ¿Lo clavo yo de verdad? ¿Me creo que soy yo el culpable, el que con mis actos hago más daño a quien no quiero hacer daño?

El otro día escuchaba una canción que decía: “Si hubiera estado allí entre la multitud, Que tu muerte pidió, que te crucificó. Lo tengo que admitir, hubiera yo también, clavado en esa cruz tus manos mi Jesús, si hubiera estado allí”.

Al oírla pensé que no. Yo, si hubiera estado allí, no sé qué hubiera hecho. Quizás habría huido de la escena del Calvario, me habría escondido. Pero no siento que hubiera clavado esos clavos.

Además, los que clavaron los clavos, ¿eran tan culpables como pensamos? ¿Sabían realmente a quién clavaban? Sólo hacían su trabajo. O creían que Jesús era de verdad un blasfemo.

¿Les hubiera condenado yo a ellos por sus obras? Jesús no lo hizo. Yo tampoco quiero hacerlo. Sólo creo que si hubiera estado yo allí, me habría escondido. ¿Cuáles son entonces mis clavos?

El otro día lo vi más claro. Por mi orgullo respondí mal a una persona vulnerable en ese momento a mis palabras. No calculé el peso de mi gesto. No medí mi forma de decir las cosas. Y herí. Inmediatamente me di cuenta. Ya era tarde.

El daño estaba hecho. Quise volver el reloj hacia atrás. Unos segundos siquiera. El tiempo suficiente para cambiar mi reacción. Demasiado tarde.

Creo que son esos los clavos que yo clavo en corazones de carne. En aquellos a quienes Dios me confía. En los que amo o digo amar.

Dios me los entrega y luego yo los hiero. Con palabras de acero. Con gritos y con gestos fuera de lugar.

No sé qué hubiera hecho yo si realmente hubiera estado yo allí esa tarde de viernes santo. Seguro que no habría comprendido todo su amor. Ni tampoco la forma de su reino. Me habría rebelado ante su impotencia. Y me habría costado mucho su decisión de guardar silencio y dejarse matar. No hubo lucha.

Pero no me veo yo condenándolo a muerte. Si hubiera estado allí me gustaría haber sido uno de esos discípulos cobardes. Incapaz de defender al maestro. Incapaz de traicionarlo. Enamorado de Él.

Si hubiera estado allí. Es verdad. Yo estaba. Yo estoy. Lo que he celebrado vuelve a ocurrir hoy. Y quiero ser distinto en mi mirada. Pero miro a veces con odio. Quiero ser más valiente. Pero me vuelvo cobarde y huyo cuando todo se complica.

Me hubiera gustado definirme y decir que yo era de los suyos. Como ahora cuando callo y me mantengo en mi ambigüedad para no perder nada de lo que tengo.

Lo acepto, vivo con miedo. Me veo oculto entre la masa. Reticente para llevar la cruz del Nazareno en tantas personas que pasan a mi lado y su cruz me es indiferente. Miro a Jesús hoy en tantos que sufren, recorriendo los pasos de su Calvario.

Quiero ser mejor hoy. Tomar la decisión correcta, la idónea. Me cuesta. Dudo. Dios me mira desde la cruz conmovido. Entre la sangre y el dolor oigo su voz de consuelo. Me quiere en mi fragilidad. Me mira con agrado.

Quizás me ve huyendo o escondido. Pero me sigue mirando con agrado. Me sorprende porque yo no miro así. Él sí, porque me ama. Y el amor lo perdona todo. Su amor perdona mis clavos, mi torpeza, mi indiferencia, mis miedos.

Esa mirada suya con agrado es lo único que me salva en medio de mi noche, en medio de mis caídas. En mi propio dolor cuando hiero y clavo clavos a mis hermanos haciéndome daño a mí mismo.

Porque las lágrimas del que hiero son como un fuego que me quema por dentro. Me siento culpable y parece que mi súplica de perdón no basta. No cura la herida. No la elimina. Ahí está el hueco de mi clavo, de mi lanza. He sido cruel, injusto, egoísta.

No me siento bien. Me duelen esas decisiones mías en las que me dejo llevar por el orgullo y el desprecio. Esas decisiones incorrectas que tomo cuando me siento atrapado ante decisiones imposibles. No hago el bien, no elijo lo correcto.

Pero sé con certeza que Dios me sigue mirando con agrado. Lo sé porque me ha dicho cuánto me ama. Y su mirada me levanta del suelo y me hace creer en mí mismo.

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amor
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