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La perfecta alegría existe (y no es dejar de sufrir)

SMILE
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No soy más feliz cuando no tengo que renunciar a nada, cuando no hay sufrimiento

Dios quiere que yo sea feliz. Ha puesto en mi alma un deseo inmenso de lograr una vida plena y alegre. Pero a veces hablo de la confianza y luego no acabo de confiar.

Creo que confío, que me fío de Dios. Lo digo con una sonrisa en los labios cuando he confiado y me ha ido bien. Creo confiar en María cuando las cosas salen como yo quiero, casi tal cual como las he pedido.

Y entonces soy feliz, pleno, dichoso. Todo cuadra. Mi camino es diáfano, claro y no caigo. Entonces mi confianza, como por arte de magia, se hace más fuerte, firme como una roca.

Pero, ¿y si de repente todo va mal? ¿Y si las cosas no resultan como a mí me hubiera gustado? Tiemblo. Dudo. Desconfío de Dios.

Me alejo de ese Dios que permite mi mal, mi sufrimiento. Ya no me parece tan bueno ese Dios que no allana mi camino quitando peligros.

Tengo una fe inmadura, dispuesta a creer sólo en medio de los éxitos. Pero vacilante cuando el camino se oscurece.

Jesús no me dice que nunca nada malo me va a pasar. No me asegura éxitos en mi camino si sigo sus pasos.

Lo único que me asegura es que nunca voy a estar solo y siempre va a estar a mi lado, en mi barca, sosteniendo mis pasos vacilantes.

Jesús me dice que va a haber tormentas en mi noche. Que llegarán de improviso vendavales y lluvias torrenciales. No me dice que mi camino va a estar exento de todo peligro. No me asegura un sol maravilloso.

Esa promesa no me la hace Dios. Sólo me dice que cave hondo mis cimientos, sobre roca.

Pero el mundo me dice que si hago tal cosa, o compro tal otra, todo irá bien. Me asegura que nunca más voy a temer nada si sigo sus pasos. Me asegura el éxito en la vida. Me dice que voy a ser feliz.

Y en realidad esas palabras tocan en lo más hondo mi anhelo íntimo. Se corresponden con mi deseo más verdadero. ¿Cómo no voy a querer ser feliz siempre?

Dice el padre José Kentenich que mi deseo de alegría está en lo más hondo de mi alma: “Si no tengo alegría tanto por mi crecimiento interior en Dios cuanto por el de los demás, ¿qué efectos habrá? Si la alegría es un instinto primordial, el hombre buscará la alegría en otra parte”[1].

Me pregunto tantas veces por las verdaderas causas de mi alegría. Una persona decía: “La medida de la felicidad es la medida de la entrega”. Es muy cierto.

Pero me cuesta dar. Y pienso a veces que si doy demasiado no seré tan feliz. Sobre todo si no recibo en la misma medida.

Mi tentación es la de ser yo feliz a costa de la felicidad de otros. Pero ese no es el camino verdadero. Creo que seré más feliz haciendo felices a otros. Es mi entrega el abono de la verdadera alegría.

Además el mundo no colma del todo mis ansias de infinito. Siempre falta algo. Me gustaría que mi alegría estuviera asentada en Dios. La casa de mi vida construida sobre su roca.

Pero cuando excavo un poco en mi alma me doy cuenta de cuánta arena tengo y qué poca solidez. Cuando las circunstancias son algo adversas pierdo el ánimo y la alegría.

Entonces mi confianza se debilita y busco en el mundo el descanso, la paz definitiva, la alegría verdadera. Pero no la encuentro. Si la buscara en Dios sería distinto.

Me siento triste muchas veces, toco el vacío del alma. Como decía el Padre Kentenich: “¿Quién de nosotros no sufre en forma muy profunda de esa falta de alegría? ¿Quién no sufre profundamente con su pueblo, con sus seguidores, que tanto padecen por esa carencia?”[2].

Una monja, cuando le preguntaron si le dolían las renuncias que había supuesto entrar en el convento, respondió: “Mi mayor renuncia fue renunciar a la tristeza que tenía antes”.

Me pareció una respuesta algo pobre. Yo también quiero renunciar a esa tristeza. Pero eso no quita que en mi vida, en mi vocación, en mi camino concreto, en el que se prueba mi libertad cada mañana, tenga que renunciar.

Toda vocación, la de cualquiera, supone renuncias verdaderas. Cada uno conoce las suyas. Cada renuncia tiene su valor. Pero no por haber renunciado pierde luz el camino por el que Jesús me llama.

La felicidad no consiste en no tener que renunciar. No soy más feliz cuando no tengo que renunciar a nada, cuando no hay sufrimiento. Esa imagen de felicidad que a veces se me mete en el alma no es verdadera.

Mi vocación pasa por adherirme a un bien que me hace feliz. Pero al mismo tiempo tengo que besar la renuncia que sí duele en el alma. La renuncia a no tener otros bienes que también son de Dios y preciosos.

No por tocar con dolor mi renuncia dejan de tener luz mi elección, mi sí, mis pasos. Tienen más luz todavía. La renuncia concreta ilumina los bienes a los que me adhiero con alegría.

Y además, en medio de mi camino, podrán venir tormentas, tempestades, dudas. Pero si mi corazón está bien anclado en Dios, no temblaré.

Y descansaré aliviado en sus manos de Padre: “San Francisco llega a la siguiente conclusión: si somos perseguidos, despreciados, etc., y tú te alegras en Dios, entonces tenemos la alegría perfecta. Si concebimos de este modo la alegría, ¿es acaso algo blando o, por el contrario, algo sumamente vigoroso, algo que nosotros necesitamos?”[3].

La perfecta alegría no tiene lugar cuando todo me sale bien. Sino cuando Jesús en mi camino me hace mirar sonriendo los pasos que tengo por delante.

En medio de mi viacrucis abrazo mi vida como es. Con sus límites y su dolor. Con sus carencias y renuncias. Con su tormenta y sus montes altos y abruptos. Con su sol y con su frío.

Y beso el madero que forma parte de mi vida. Definitivamente yo renuncio a la tristeza. Renuncio a vivir sin paz. Renuncio a vivir mendigando amor con el alma llena de amargura.

Renuncio a desconfiar de Dios cada vez que no me funcione el plan de mi vida. Ese plan que pensaba me iba a hacer feliz.

Renuncio a ser mediocre buscando la paz en las pequeñas alegrías de la vida. No quiero la mediocridad que me turba y empobrece.

Y es cierto que esas pequeñas alegrías que acaricio merecen la pena. Son como esos pájaros que llenan mi día con sus cantos.

De repente todo se llena de luz, todo brilla. Aunque pronto, en un suspiro, súbitamente desaparece. Y mi voz se siente aliviada.

Y sonrío y me lleno de paz. Siento el dolor, como una punzada, por la renuncia, por el sacrificio. Y al mismo tiempo siento también el alivio, la paz y la esperanza.

Me lleno de una luz que viene de lo alto. Y pongo mi alegría en lo que de verdad importa. No dejo de sentir el dolor. Es como una punzada. No renuncio a él. El dolor me hace más humano y más consciente de mis límites y carencias.

Pero sí renuncio a la tristeza que a veces el sacrificio lleva aparejado. No quiero la tristeza. Tampoco renuncio a mi sonrisa.

Como la de ese Cristo de Javier que me sonríe desde la cruz. En medio de su tormento, me sonríe. En medio del dolor, me mira lleno de paz. En medio de su agonía, le preocupa lo que siento, lo que vivo. Vivir así es lo que quiero. Ahí está la perfecta alegría.

 

 

[1] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

[2] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

[3] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

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