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Entre prostitución y «hacer el amor»

COUPLE

Photo by Alejandra Quiroz on Unsplash

Orfa Astorga - publicado el 27/02/18

La promiscuidad desencadena graves problemas, entre ellos, la cosificación de uno mismo, la depresión y la incapacidad para amar de verdad.

Personalizar nuestra intimidad para vivirla dentro del matrimonio le da un pleno significado de entrega, es por eso que el amor “no se compra” y “no se hace”…  sino que se vive.

Tal es el caso a continuación. 

Cuando soltero, tenía aventuras amorosas cuya primera intención implicaban casi siempre las relaciones sexuales, sin más compromiso que una invitación a cenar, bailar, viajar o en más de un caso, pagar por el favor sexual.

Pensaba así afirmar mi virilidad. Ahora me doy cuenta que era una inmadurez afectiva que me llevó, más que nada, al libertinaje del sexo y una profunda infidelidad conmigo mismo, con mi persona.

Tal libertinaje trastocaba mis facultades afectándome en todos los aspectos. Padecía continuo cansancio, estrés, depresión y no había médico que me curara. 

Estaba por contraer matrimonio, y preparándome para ello, pedí orientación sintiendo que necesitaba ayuda profesional. No olvidaré jamás cuando en una de las primeras entrevistas se me hizo una dura observación, cuando refiriéndome a mi problema de promiscuidad me expresé en los siguientes términos:

-Verá usted, no acabo de entender por qué he llegado a sentirme así, ya que la vida de un hombre soltero es para vivirla con libertad en este terreno.

Y recibí la  respuesta:

– Sucede  que cuando las personas piensan mal, terminan viviendo como piensan, y quien piensa mal necesariamente justificara la forma como vive, en un círculo vicioso que termina minándolas física y moralmente. Y ese es su caso.

Luego en un tono sereno y respetuoso se me pidió que dijera en mis propias palabras cómo definiría a una prostituta. La pregunta me sorprendió.

Mi repuesta simplemente fue lapidaria, y más lapidaria sentí la observación que a continuación se me hizo:

-Entonces tomando de sus propias palabras, en cierta forma usted también se prostituye.

Me puse rojo y sentí latir fuerte mis venas en las sienes mientras trataba de serenarme.

-Se va a tener que explicar.- Contesté conteniéndome.

-Bueno -dijo sosteniéndose con firmeza mi interlocutor- Como usted lo ha dicho, una prostituta es una mujer que rebajándose hasta el fondo en su dignidad al tener relaciones íntimas con quien sea. El caso es que usted, igualmente, rebajando hasta el fondo su dignidad mantiene relaciones íntimas sin importar con quien. Uno lo hace por un fin material como los es el dinero, y otro, como en su caso, por otro fin,  por el placer. Uno y otro cosifican el cuerpo propio y ajeno porque lo despersonalizan. ¿Cuál entonces es la diferencia, si ambos hacen mal uso de su sexualidad?

Me quedé de una pieza, sin saber qué decir.

Luego siguieron una serie de charlas en la que se me llevaron a reflexionar sobre mi vida desde tres verdades fundamentales que me llevaron a corregir lo que en mi vida estaba torcido y así salvar mi futuro matrimonio.

©Mikhail_Kayl/Shutterstock

Primera verdad

El cuerpo humano debe ser la expresión de la dignidad de una persona.

Yo era el que comía,  yo, el que trabajaba, el que sufría o dormía y…  yo, el que fornicaba o veía pornografía.

Y cuando digo yo, significa que en todas mis acciones participaban inseparablemente mi cuerpo y espíritu, por lo que en el mal uso de la sexualidad toda mi persona se rebajaba en su dignidad.

Hasta entonces había vivido como si el cuerpo y el espíritu fueran dos realidades diferentes que se pueden separar, así sin más, para vivirlas desintegradamente. Algo absurdo.


COUPLE

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©Solominviktor/Shutterstock

Segunda verdad

La persona por naturaleza puede y debe vivir una sexualidad integrada.

Si fuéramos solo cuerpo o solo espíritu, no habría necesidad de integrarlos estableciendo una jerarquía en donde lo espiritual es más valioso que lo no espiritual. Pero el hacerlo no significa la destrucción, anulación o absorción de lo menos valioso por lo más valioso, sino que por el contrario, lo menos valioso es llevado a su plenitud al ser elevado por el espíritu  adquiriendo un mayor valor.

Al integrar la sexualidad, lo físico se subordina a lo psicológico y lo psicológico a lo espiritual.

©Wavebreakmedia/Shutterstock

Tercera verdad

La persona integra su sexualidad desde la soltería, para vivirla solo dentro del matrimonio.

La integración de la sexualidad humana adquiere su pleno significado en el matrimonio, porque el acto psíquico y el acto físico de la unión sexual se subordinan al acto espiritual de donación personal de los esposos, del cual pasan a ser expresión. Como consecuencia de ello, el acto de unión sexual adquiere la dimensión de ser un modo de intercomunicación profundamente personal y unitivo.

Sin esta integración, el acto físico será solo la expresión de una relación psicológica entre quienes sin mediar más interés que el placer sensible  dicen “hacer el amor”  o incluso puede reducirse a una mera relación física entre sujetos como en el caso de la prostitución. 

Escríbenos a: consultorio@alteia.org

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Tags:
amorsexualidad
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