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Mi «no» al matrimonio

LONELY

Photo by Aaron Ang on Unsplash

Orfa Astorga - publicado el 12/12/17

Artículo inspirado en el testimonio de un gran padre de familia, que aprovechando la presencia de varios jóvenes solteros, nos lo comparte en una sobremesa

No es vocación de quienes siendo solteros y libres, no quieren la unión conyugal, y sí en cambio, gozar del amor.

Salí de la universidad con grandes planes de experimentar el mundo desde la perspectiva de una libertad, en la que mi único compromiso era no tener compromisos que me impidieran divertirme, viajar, consumir, gozar.

Cuando asistía a las bodas de mis amigos me divertía en grande y les deseaba lo mejor, pero no creía que ese tipo de felicidad fuera lo mío.

Soy, me decía, de una nueva generación que rompe con moldes caducos para vivir de manera diferente.

Desde esta óptica veía al matrimonio solo como una tradición traspasada de generación en generación, es decir, como parte del legado de nuestros bien intencionados antepasados, como lo pueden ser todo tipo de valores, costumbres, formas de pensamiento, creencias y prácticas.

Dicho de otro modo, consideraba al matrimonio no como algo natural sino como una construcción social del hombre.

Así las cosas, con cierta inteligencia, buena cultura y exitoso desempeño profesional, efectivamente pasaron años en que me di muchos lujos, años en que era joven y aceptado en cualquier ambiente, pensando siempre ser más libre que mis amigos que se habían casado.

Lo cierto es que sabía poco del “para qué” de la libertad humana, y la vida se encargaría de enseñármelo.

Hasta los 35 años era para mí muy estimulante contar con muchas y variadas amistades, frecuentarlas con planes alternativos como comer juntos, asistir a teatros, cines, pasar tardes hablando de los más variados temas y viajar en grupo lo mismo en motocicleta que a otros países.

Mi inclinación natural al matrimonio, según yo, quedaba resuelta cohabitando con mujeres en lo que consideraba la versión moderna de una sana relación: el amor libre.

De esa manera mi vida afectiva aparentemente estaba ajustada, sin embargo, empezaba a ser consciente de una forma de soledad que me causaba cierta ansiedad, que racionalizaba como algo que podía solucionar tomando el teléfono para contactar a alguien dispuesto a algún plan de convivencia.

Una tarde de descanso laboral, sin ánimo de salir, me tumbé temprano en la cama viendo el techo, sintiendo en mi interior descontento de mí mismo y de cuanto había hecho o logrado descubriéndome profundamente insatisfecho, y esa noche tuve dificultades para conciliar el sueño.Luego, al día siguiente volví al ritmo de vida acostumbrado esfumándose el desánimo.

Eventualmente era invitado a comer en casa de alguno de mis amigos casados; rara vez aceptaba, pero cuando lo hacía, asistía al encuentro con la verdad de que ellos eran felices y no envidiaban para nada mi situación.

Que no se cambiaban por nadie a pesar de que vivían con las limitaciones propias que exige la entrega a un proyecto familiar.

Algunas veces, les ayudé a lavar platos, a servir la mesa, a reír compartiendo el pan y la sal y… tomaba a sus hijos en mis brazos.

Luego al despedirme escuchaba una voz en mi interior invitando al diálogo, a la reflexión sobre mi vida y mis circunstancias, pero no quería escuchar ni su murmullo… y las manifestaciones de desasosiego aparecieron nuevamente, ahora más intensas como crisis de ansiedad con sudoraciones, dolor de cabeza, molestias gástricas…

Acudí al médico que me recetó ansiolíticos, pero fue inútil, pues más que nada era incapaz de darme razones a mí mismo relativas al porque levantarme cada día y continuar tirando de la vida, cuando el zarpazo de la soledad hacia presa de mí, intensificando mi sintomatología ansiosa.

Comencé a pensar en que realmente necesitaba ese “algo” en ese “alguien” que me sacara de mi soledad. Que me hiciera ver que estaba equivocando el camino, que mi vocación no era la eterna soltería de quien elige no elegir para terminar en nada.

Una mujer capaz de elegirme a mí y únicamente a mí, y rechazando a todos los demás hombres para comprometer por amor toda su vida. Precisamente lo que yo había decidido no hacer.

De pronto me di cuenta de que mis “amigas” que decían compartir mi forma de ver la vida, aunque numerosas, bien las podía catalogar más como simples conocidas sin un asomo de trato personal.

Conocidas que entraban y salían de mi vida en un “quita y pon”. “Interesantes” de conocer, pero irrelevantes para comprometerse con ellas; personas con las que puede resultar entretenido comunicarse pero solo superficialmente, sin jamás compartir realmente con ellas lo comunicado.

A Dios gracias mis amigos casados nunca me olvidaron, y su testimonio sirvió más que mil razones de que no se puede hablar del matrimonio tradicional como invento social, sino de matrimonio natural, y que es en su consentimiento donde se une lo que por naturaleza está llamado a unirse.

Reconocí con claridad meridiana que mis amigos eran más libres que yo, pues usaron su libertad para elegir y comprometerse en matrimonio para siempre, algo que solo desde la perspectiva del verdadero amor conyugal se puede lograr, entender y vivir.Que estaba haciendo un pobre uso de mi libertad y me lo estaba perdiendo.

No se pueden separar amor y unión conyugal, tratando de que lo natural sea hacer una separación entre amor, sexo y matrimonio, al pretenderlo el sujeto se quiebra interiormente. Se nota entre quienes siendo solteros y libres, no quieren la unión conyugal, y sí en cambio, gozar del amor.

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