Aleteia

¿Qué sería de nosotros, si sólo viviéramos esta vida?

© Rodolfo Edelmann / Flickr / CC
Comparte
Comenta

De mí depende que mi vida merezca la pena ser vivida

Me da miedo vivir pensando sólo en lo que yo necesito. En lo que me hace falta. En lo que me viene bien. Urdiendo planes maravillosos. Tejiendo historias que quiero que ocurran. Me da miedo vivir pensando sólo en mí.

Tal vez por eso me viene bien alzar la mirada al cielo. Pensar en los santos que me preceden. Y, sintiéndome tan lejos de ellos, pensar que aun así estoy llamado a ser bienaventurado. Me da miedo no serlo.

Busco sólo lo que deseo. Abrazo lo que necesito y me ato a lo que me da la vida. Como si fuera un náufrago aferrado a su isla.

Miro a la Iglesia del cielo que me precede en el camino. Miro a los que entregan su vida de forma anónima sin esperar nada a cambio. Tengo las mismas horas delante del corazón. Igual que muchos.

De mí depende. Puedo perderlas. Puedo dejarlas pasar perdiendo la vida. Puedo, mirando al cielo, pensar que vivir merece la pena. Lo puedo hacer si tomo conciencia de todo mi poder. De toda mi impotencia. De todo mi saber. Y mi ignorancia.

Puedo hacerlo sólo si me pongo en las manos de Dios y confío. Como los santos. Tantos santos antes que yo. Tantos me siguen. Tantos a los que yo precedo en edad. Pero que son más santos. Tantos que han pasado por esta misma tierra que yo piso ahora. Siendo más santos.

Y me conformo con pasos mediocres. Con actitudes demasiado humanas. O del mundo. Y no logro bajarme del pedestal en el que me subo buscando la gloria. No la de los santos. La gloria humana. Esa que pasa y me deja vacío.

El otro día leía: Es imprescindible bajar de las peanas, los podios desde los que el mundo se ve sólo a medias. Para alzar, juntos, los cuerpos llagados. Para derramar agua fresca sobre labios resecos que, de otro modo, se cerrarán, inertes. Para aprender a mirarnos en el espejo de una humanidad rota. Para saber lo que hay que denunciar y anunciar. Para, descubriendo los golpes, ayudar a sanarlos. Para que el amor sea infinito. Es imprescindible saber estar, alguna vez, en esa tierra áspera hollada por pies descalzos, esa tierra seca y agrietada donde las carencias son más hirientes y las lágrimas más ciertas [1].

Me gusta pensar que puedo ser santo de pies descalzos. Sin grandes discursos. Sin inmensas gestas. Santo de biografía corta. No hay mucho que contar. Y el amor infinito no tiene medida. Un amor sin medida.

Quiero bajarme al suelo áspero que recorren mil pasos. Hacerlo con la conciencia de estar cambiando el mundo. Aunque en apariencia no esté cambiando nada. De mí depende. De mi sí alzado como una bandera. De mi lucha esforzada por tocar las nubes más altas.

Quiero ser santo. Pero no de los altares. Un santo ungido en el Espíritu por la fuerza misteriosa que sólo Dios puede darme. Mi historia se está escribiendo en cada hora.

Me pongo en camino. Quiero derramar agua fresca y sanar heridas. Quiero alzar las manos de los que sufren y están más solos. Quiero abrazar y dar consuelo. De mí depende. De mi sí elevado cada día sobre el mundo de las mentiras.

Quiero la sabiduría que sólo viene de lo alto. La sabiduría de los santos: La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean.

Quiero aprender a vivir de verdad. Desde mi vida como es. Desde mis caídas y pecados. Aprender a vivir como los hombres sabios. No sé vivir. Y si no sé vivir no aprenderé a morir cuando me llegue la hora.

Quiero madurar en mi forma de enfrentar la vida. Saber por lo que tengo que verter una lágrima. Comprender lo que no merece la pena.

¿A qué dedico más tiempo de mi alma? ¿Cómo invierto las horas que me han dado? De mí depende usar bien el tiempo que se escapa entre los dedos. De mí depende amar más o vivir centrado en mis egoísmos. ¡Es tan corta la vida y no me doy cuenta!

Me creo que voy a ser eterno. Que mi vida nunca tendrá un fin. Pero no es cierto. No soy eterno. Y me doy cuenta tarde del tiempo perdido. Hoy mismo me levanto de nuevo convencido. De mí depende que mi vida merezca la pena ser vivida.

[1] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo

Newsletter
Recibe Aleteia cada día