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Quien salvó al soldado Ryan fue un sacerdote católico

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El padre Francis Sampson, capellán de la 101ª Aerotransportada, fue capturado por los alemanes y estuvo en un campo de prisioneros

Quien haya visto la serie de televisión Hermanos de sangre tiene una idea de lo que fue el Día D para la 101ª Aerotransportada

Entre aquellos soldados que saltaron tras las líneas alemanas en Normandía aquel 6 de junio de 1944 figuraba el legendario capellán de la unidad Francis L. Sampson (1912-1996), cuya experiencia recogió él mismo en unas memorias publicadas en 1958 (Look at Below: A Story of the Airborne by a Paratrooper Padre [Mira allá abajo: Una historia de la Aerotransportada escrita por un Padre paracaidista]).


En busca del soldado Ryan

Fue a él, y no al personaje que interpreta Tom Hanks en Salvar al soldado Ryan, a quien días después las autoridades militares encargaron localizar en el frente a Fritz Niland, quien había perdido el Día D a sus tres hermanos. Las cartas con la noticia de la pérdida de sus tres hijos llegaron a la vez a su madre, como cuenta la película de Steven Spielberg. El Padre Sam, como se le llamaba, le encontró en la denominada aquel día Utah Beach, y se encargó de su repatriación.

Pero antes de eso, el padre Sampson había vivido el día del desembarco como un paracaidista más. Lo primero que hizo al tocar tierra fue buscar su kit de misa, que había perdido durante el salto bajo fuego enemigo. Le costó hacerlo en la oscuridad entre disparos y morterazos, pero lo logró.

 

La universalidad de la Iglesia, en las trincheras

Aunque ahí no acabaron sus cuitas. Esa misma jornada se topó en una granja, donde estaba atendiendo a varios heridos, con dos soldados alemanes. Le llevaron a punta de fusil a una carretera, aparentemente con la intención de fusilarle. Pero entonces apareció un tercer soldado alemán, quien evitó el crimen y le enseñó, con un gesto cómplice, una medalla.

“Fue agradable comprobar la universalidad de la Iglesia aquel día”, confesó después Padre Sam, a quien aquel católico del otro bando salvó la vida. También contó el hecho (“surrealista”, confesaba) de que en los muchos momentos que en aquellas horas de pólvora y fuego pudo perder la vida, cuando quería hacer un acto de contrición… le salían las palabras de bendecir la mesa.


Una impresionante homilía

Pocos días después celebró misa ante un grupo de enfermeras en una iglesia que había sido completamente bombardeada. Sólo habían quedado, en pie e intactas, dos paredes… y el Cristo y las imágenes de San Pedro y San Pablo, lo que todos los presentes consideraron un milagro.

Ante aquellas ruinas, el padre Sam pronunció esta homilía, breve como las arengas que imponía la hora:

“La imagen desnuda del Galileo colgado en la cruz ha inspirado siempre amor y odio. Nerón quiso hacer de la cruz una imagen odiosa llevando a los cristianos a la muerte, denigrándolos, incendiando Roma con esas cruces humanas ardientes. Juliano el Apóstata dijo que conseguiría que el mundo olvidase al hombre de la cruz, pero en su agonía final tuvo que confesar: ´Has vencido, galileo´. Los comunistas prohíben su presencia porque temen su poder contra sus malvados designios. Hitler ha intentado sustituir la imagen de Nuestro Señor en la cruz por una estúpida esvástica. Invectivas, falsas filosofías, violencia… todo tipo de instrumento diabólico ha sido empleado para arrancar a Cristo de la cruz y el crucifijo de la iglesia. Sin embargo, como las bombas caídas sobre esta capilla, sólo han conseguido hacerla destacar cada día más. La imagen que amamos crece cada vez más en nuestro entendimiento por la vehemencia del odio de las malas gentes. Cada uno de nosotros tenemos esta sagrada imagen impresa en nuestra alma. Como esta capilla, somos templos de Dios. Y no importa que estemos destrozados por las bombas, la tragedia, las pruebas y los ataques: la imagen del crucificado se mantendrá si así lo queremos. Renovemos al pie de esta cruz nuestros votos bautismales. Y prometamos que Su imagen revestirá siempre nuestro corazón”.


Una historia de leyenda

El padre Sampson fue capturado por los alemanes y pasó seis meses en un campo de prisioneros. Una vez liberado, volvió al frente e hizo lo que quedaba de Segunda Guerra Mundial con la mítica 101ª Aerotransportada. El célebre libro de Cornelius Ryan El día más largo, consagrado al desembarco de Normandía, habla extensamente de él.

Estuvo también en Corea, en 1967 fue nombrado jefe de los capellanes militares y, aunque ya se había retirado, no quiso dejar de atender a sus compañeros paracaidistas en Vietnam.

El año que viene se cumple el centenario de su nacimiento y ya se están preparando homenajes y evocaciones de un hombre que dejó profunda huella en la historia militar estadounidense.

 

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