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Paterson, o todo lo que pasa cuando no pasa nada

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Sí, el cine es un buen lugar para cogerse las manos, mirarse a los ojos y morir

Me quedaría allí, en la penúltima fila, cultivando el amor y la soledad. Me quedaría allí, sin salir del cine una semana. Y luego otra. En esa fiesta de la oscuridad con fogonazos de luz. En esa fiesta de imágenes-movimiento e imágenes-tiempo que presionan con suavidad mi cabeza como cuando aprietas con dos dedos una bolsita de té. El cine es el último refugio que nos queda para respirar, para escapar de esa vida de pecera que tiene el color del cartón con el que se embala una mudanza. Sí, el cine es un buen lugar para cogerse las manos, mirarse a los ojos y morir.

Lo que pasa cuando no pasa nada en el cine de Jim Jarmusch es todo. No hay una historia. No hay una acción que te derrita de pronto los ojos. Para este director americano no hay nada más importante que filmar el instante, que centrarse en el momento. Dejar la cámara delante de lo que se vive ahora y se está acabando, se está diluyendo ahí, justo delante de nosotros, está ardiendo como la punta de una cerilla Ohio Blue Trip.

A Jarmusch le interesa y le obsesiona el tiempo y lo acaricia en sus películas, donde lo que importa es la belleza de las pequeñas cosas, todos esos detalles nimios que hacen de lo cotidiano algo siempre distinto.

El universo jarmuschiano es fragmentario y explora siempre los puntos de fuga posibles que se esconden tras la corteza áspera y gruesa de lo anodino, busca la poética deslumbrante del laberinto del día a día, como comprobamos en su última película, Paterson, que acaba de estrenarse.

Paterson es el nombre del protagonista, el actor Adam Driver, un conductor un poco lacónico, como lo suelen ser los personajes de Jarmusch, del autobús número 23 de la ciudad de Paterson, sí, Paterson (New Jersey), como el nombre del protagonista. En los intersticios de la cotidianidad delirante y submarina que envuelve cualquier jornada laboral, Paterson aprovecha para escribir poemas, para buscar una salida momentánea, para ser quien en verdad uno es y no lo que parece que es. Escribir para ser otro.

Lo que nos cuenta Paterson es que cada día parece el mismo pero nunca lo es. Paterson se despierta al lado de su novia Laura, la bella actriz iraní Golshifteh Farahani, y ella le cuenta sus sueños. Y esos sueños no son nunca los mismos. Porque nunca nada es lo mismo: ni los ladridos del perro Marvin, ni lo que se habla en el autobús, ni los poblemas familiares de Donny, ni las cervezas en el bar hopperiano de Doc…

Paterson es también una hermosa historia de amor. Un amor inquebrantable, el de Paterson y Laura, un amor que conmueve y te rompe los huesos, un amor para tatuárselo mañana mismo en el brazo. “Cuando tienes amor crees que es fácil encontrarlo”, escribe Salter. Ajá.

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