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Papa Francisco a Benedicto XVI: «Su oración me hace bien»

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Conmemoración del 65 aniversario de la ordenación sacerdotal del papa emérito

En un saludo cálido, el papa Francisco inclinó en signo de respeto la cabeza ante el papa emérito, que cumplirá, mañana 29 de junio, 65 años de ordenación como sacerdote de la Iglesia católica.

El gesto que tiene como protagonistas a dos papas tuvo lugar hoy en la Sala Clementina del Palacio Apostólico del Vaticano.

Desde su asiento, Benedicto XVI, emocionado y atento, escuchó el discurso de su sucesor, quien en referencia a las oraciones constante del papa emérito sostuvo: “me hacen tanto bien y me dan fuerza, así como a toda la Iglesia”.

“Santidad”, «hermano», llamó Francisco a Benedicto XVI en el inicio y a mitad de la ceremonia acompañada por cantos polifónicos entonados por el coro pontificio de la Capilla Sixtina.

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©L'OsservatoreRomano/AFP

El Pontífice latinoamericano en su discurso citó al papa Ratzinger, que recuerda el sacerdocio a través de Jesús y sus palabras a Pedro: «¿Me amas?», expresión que indica la misión que Jesús da al discípulo de “pastorear” su rebaño.

Francisco explicó que el Monasterio Mater Ecclesiae, donde vive el papa emérito desde 2013, no es un lugar donde está relegado o descartado, sino por el contrario se trata de un sitio donde sobresale la fuerza, la confianza, la fe, la dedicación de su predecesor.

Por su parte, Benedicto XVI improvisó agradeciendo a papa Bergoglio las siguientes palabras: “Deseo que usted siga adelante en este camino de la misericordia”, y agregó: “su bondad es el lugar en el cual vivo y me siento protegido”.

Francisco subrayó que la misión del Pontífice alemán “es la nota distintiva de una vida entera entregada al servicio sacerdotal y la teología, que no por casualidad usted ha definido como ‘la búsqueda del amado’”. Para concluir dijo: “Usted siempre ha dado testimonio”.

Además participaron en el homenaje el cardenal Gerhard Müller, responsable de la edición de la Opera omnia de Joseph Ratzinger y el cardenal Angelo Sodano, decano del colegio cardenalicio.

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En la fiesta de los santos Pedro y Pablo del año 1951, Joseph Ratzinger fue ordenado en la catedral de Frisinga de mano del cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Munich, junto con su hermano mayor Georg, quien no pudo ir a Roma para la celebración de este martes.

Tras la renuncia al pontificado, Benedicto XVI se ha hecho presente en muy pocos actos públicos. La última vez fue el pasado 8 de diciembre, durante la apertura del Jubileo de la Misericordia.


Leer también: Papa Francisco: Benedicto XVI, teólogo con las rodillas peladas. El Pontífice argentino firma prefacio de libro en honor a Joseph Ratzinger, sacerdote. 


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© AFP PHOTO / OSSERVATORE ROMANO

Texto completo del discurso de Papa Francisco:

Santidad, hoy festejamos la historia de una llamada que inició hace 65 años con su ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951 en la catedral de Freising. ¿Pero cuál es la nota distintiva que recorre esta larga historia y que desde el primer inicio hasta hoy la domina cada vez más?

En una de las tantas hermosas páginas que usted le dedica al sacerdocio, subraya cómo en la hora de la llamada definitiva de Simón, Jesús mirándolo en profundidad le pregunta una sola cosa: ‘¿Me amas?’.

¡Que bello y verdadero es esto! Porque es aquí, Usted dice, es en aquel ‘me amas’ que el Señor fundamenta su pastoreo, porque solo si hay amor por el Señor, Él puede realizar el pastoreo a través de nosotros: ‘Señor tú sabes que te amo’.

Es esta la nota que domina una vida intensa empleada en el servicio sacerdotal y a favor de una verdadera teología que Usted no por casualidad ha definido como ‘la receta del amado’; sobre esto usted siempre ha dado testimonio y testimonia todavía hoy: que la cosa decisiva en nuestras jornadas –de sol o de lluvia– aquello con la cual solamente viene todo el resto, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseamos, que interiormente estamos cerca de Él, que lo amamos, que realmente creemos profundamente en Él y creyendo lo amamos realmente.

Es este amar que verdaderamente nos llena el corazón, este creer es aquello que nos hace caminar seguros y tranquilos sobre las aguas, también en medio de la tempestad, justamente como sucedió con Pedro. Este amar y este creer es lo que nos permite amar al futuro no con miedo o nostalgia, sino con alegría, también en los años avanzados de nuestra vida.

Y así, justamente viviendo y dando testimonio hoy de manera tan intensa y luminosa esta única cosa verdaderamente decisiva –tener los ojos y el corazón dirigido a Dios– usted santidad sigue sirviendo a la Iglesia, no deja de contribuir realmente con vigor y sabiduría a su crecimiento; y lo hace desde aquel pequeño monasterio Mater Ecclesiae, en el Vaticano, que se revela así ser algo muy diverso que uno de esos rincones olvidados en la cual la cultura del descarte de hoy tiende a relegar a las personas cuando debido a la edad, las fuerzas faltan.

Es todo lo contrario. Y permita que lo diga con fuerza su sucesor ¡que ha elegido llamarse Francisco! Porque el camino espiritual de san Francisco inició en San Damián, pero el verdadero lugar amado, el corazón palpitante de la Orden, allí donde la fundó y donde al final de cuentas entregó su vida a Dios fue en la Porziúncola, la ‘pequeña porción’, el rincón junto a la Madre Iglesia; junto a María que, por su fe así firme y por su vivir así enteramente el amor y en el amor con el Señor, todas las generaciones la llamaron bienaventurada.

Así la providencia, quiso que Usted, querido hermano, llegara a un lugar por así decir propiamente ‘franciscano’ del cual se irradia tranquilidad, paz, fuerza, confianza, madurez, una fe, una dedicación y una fidelidad que me hacen tanto bien y me dan fuerza así como a toda la Iglesia, así como y un sano y alegre sentido del humor.

El deseo con el cual quiero concluir es por lo tanto un deseo que dirijo a usted junto a todos nosotros y a la Iglesia entera: que usted, santidad, pueda continuar sintiendo que la mano del Dios misericordioso la sostiene, que pueda sentir y darnos testimonio del amor de Dios; que con Pedro y Pablo pueda continuar a exultar con gran alegría mientras camina hacia la meta de la fe (cfr. 1 Pt, 8-9, 2 Tim, 4).


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Texto completo del discurso improvisado de papa Benedicto XVI 

Santo Padre, queridos hermanos,

Hace 65 años, un hermano ordenado conmigo, me ha instado a escribir sobre la imagencita de recuerdo de la primera Misa, excepto el nombre y las fechas, solo una palabra, en griego: “Eucharistomen”, convencido de que en ésta palabra, en sus tantas dimensiones, se encuentre dicho todo lo que se pueda decir en este momento.

“Eucharistomen” dice un gracias humano, gracias a todos. ¡Gracias especialmente a Usted, Santo Padre! Su bondad, desde el primer momento de la elección, en cualquier momento de mi vida aquí, me conmueve, me transporta realmente, interiormente. Más que en los jardines del Vaticano, con su belleza, Su bondad es el lugar donde vivo: me siento protegido. Gracias por las palabras de agradecimiento, de todo. Y esperamos que Usted pueda seguir con todos nosotros en este camino de la Misericordia Divina, mostrando el camino de Jesús, hacía a Dios.

Gracias también a Usted, Eminencia (Cardenal Sodano), por sus palabras que han verdaderamente tocado el corazón: “Cor ad cor loquitur”. Usted ha mencionado sea la ora de mi ordenación sacerdotal, sea también mi visita en 2006 a Freising, donde he revivido esto. Puedo solo decir que así, con estas palabras, Usted ha interpretado lo esencial de mi visión al sacerdocio, de mi operado. Le estoy muy agradecido por la relación de amistad que hasta ahora continua desde hace mucho tiempo, de techo a techo (en referencia a sus habitaciones que se encuentran en la misma línea de ubicación cercana): Es casi presente y tangible.

Gracias, Cardenal Müller, por su trabajo para hacer la presentación de mis textos sobre el sacerdocio, en los cuales busco ayudar a los hermanos también a entrar siempre de nuevo en el misterio en el cuál el Señor se da entre nuestras manos.

“Eucharistomen”: en ese momento el amigo Berger quería referir no solo a la dimensión del agradecimiento humano, sino naturalmente a la palabra más profunda que se esconde, que aparece en la liturgia, en la Escritura, en las palabras “gratias agens benedixit fregit deditque”.

“Eucharistomen” nos traslada a esa realidad de agradecimiento, a esa nueva dimensión que Cristo ha dado. Él ha transformado en agradecimiento, y así en bendición, la cruz, el sufrimiento, todo el mal del mundo. Y así especialmente ha transubstanciado la vida y el mundo y nos ha dado y nos da cada día el Pan de la verdadera vida, que supera el mundo gracias a la fuerza de Su amor.

Al final, queremos entrar en este «gracias» del Señor, y por lo tanto realmente recibir la novedad de la vida y ayudar a la transubstanciación del mundo: que se un mundo no de muerte, sino de vida; un mundo en el que el amor ha vencido a la muerte.

Gracias a todos ustedes. Que el Señor nos bendiga a todos.

Gracias, Santo Padre.

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