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¿Qué dice la Iglesia de reliquias como los aceites exudados?

Henry Vargas Holguín - publicado el 09/05/16

Hacen cercana la presencia de los santos, pero atención a 4 errores

En el Evangelio se narra que una mujer con pérdidas de sangre acudió a Jesús y tocó su manto, diciéndose: “Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré” (Marcos 5, 28). Así lo hizo e inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió que su cuerpo quedaba sano.

Ella no tocó el manto por el valor intrínseco del mismo sino por entrar en contacto de alguna manera con Jesús.

También tenemos el caso de los pañuelos que entraron en contacto con el cuerpo de Pablo y luego se ponían a los enfermos y estos sanaban (Hch 19, 12).

De la misma forma tocamos las reliquias; y las veneramos no por ellas mismas sino por el santo, al que hacen presente, a través del cual es Dios quien actúa.

Aquí entramos en el tema del contacto con las reliquias de los santos y/o su veneración.

A este respecto la veneración de las reliquias en sí misma no es de ninguna manera algo que desapruebe la doctrina católica; es más, ellas gozan de alta estima a lo largo y ancho de la historia eclesial.

“De acuerdo con la tradición, la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y SUS RELIQUIAS AUTÉNTICAS. Las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores y proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles” (Sacrosanctum Concilium, 111).

El Magisterio de la Iglesia nos dice no solo que podemos venerar las reliquias, al igual que las imágenes, sino que además es lícito porque nos hacen cercana la presencia de los santos, siempre y cuando dicha veneración se haga de la manera correcta, de lo contrario se cae en la superstición.

La superstición es «la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone…» (Catecismo, 2111).

¿En qué consiste dicha desviación? Creer que las reliquias tienen un poder en sí mismas; es fundamentalmente atribuir eficacia mágica a las prácticas del culto, desligándose la persona de Dios y de la correcta relación con Él.

Por tanto, la superstición consiste en venerar las imágenes, las reliquias y los sacramentales (como uso de sal, aceites, agua bendita) creyendo que tienen un poder, y que dicho poder radica en su propia materialidad y no en las disposiciones interiores y, en última instancia, en Dios mismo, quien realmente los hace eficaces.

Si la veneración de una reliquia no nos aleja de Dios y/o no impide una correcta relación con Él, no es superstición.

La persona supersticiosa pretende, con cualquier acto de devoción o de veneración, firmar un contrato de compraventa con el santo o con Dios: yo hago esto y tú harás lo otro. El supersticioso quiere, en realidad, que Dios esté a su servicio.

Es decir, el fiel que reza algo al tocar una reliquia, o al practicar una devoción, o al hacer una peregrinación, etc., está actuando supersticiosamente si cree que por el simple hecho de hacerlo Dios ya está obligado a concederle lo que ha pedido.

En el fondo, el supersticioso no cree en Dios abandonándose a su voluntad y a sus designios; sino que cree en sí mismo y, al poner su confianza exclusivamente en sus propias obras (aunque sean buenas, como es el caso de entrar en contacto con alguna reliquia), lo hace con la intención de obligar a Dios a concederle aquello que le pide, sometiéndole a una forma de chantaje.

Por el contrario, el verdadero creyente deposita su confianza en Dios y, cuando reza y pide, sabe que Dios siempre concede lo que más conviene en cada momento.

Quien cree real y correctamente en Dios se fía de Él y le suplica con esperanza; dejándole a Él la última palabra que será siempre acogida con respeto, amor y confianza.

Parte importante de la vida eclesial es la religiosidad popular en la que tiene un lugar privilegiado la veneración de las reliquias.

Es decir que “además de la liturgia sacramental y de los sacramentales, la catequesis debe tener en cuenta las formas de piedad de los fieles y de religiosidad popular. El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia, tales como la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el vía crucis, las danzas religiosas, el rosario, las medallas, etc.” (Catecismo, 1674).

La veneración de las reliquias de los santos forma pues parte, más que importante, de la religiosidad o devoción popular; es tan importante este tema que hay que vigilarlo y tener las cosas claras.

Es un grave error anteponer, en la vida de fe, la religiosidad popular y centrarse sólo en ella en detrimento de la vida sacramental o de la vida de gracia a través de la acción litúrgica.

Es lo que dice el número 1675 del Catecismo en que se explica que la religiosidad popular sí está en relación con la liturgia de la Iglesia, pero sin sustituirla.

El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (2002) también nos muestra cuál es la doctrina católica sobre las reliquias que, como sabemos, han sido muy veneradas desde muy antiguo y han sido igualmente muy apreciadas por el Magisterio de la Iglesia.

Más concretamente este Directorio nos dice que “las diversas formas de devoción popular a las reliquias de los santos, como el beso de las reliquias, adorno con luces y flores, bendición impartida con las mismas, sacarlas en procesión, sin excluir la costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más valor a sus súplicas para obtener la curación, se deben realizar con gran dignidad y por un auténtico impulso de fe…” (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 237).

Es usual que se lleven reliquias a los enfermos y orar por su sanación. En ese caso la reliquia tiene un valor de sacramental, es decir un elemento externo que acompaña la oración oficial de la Iglesia que intercede por un enfermo.

Como se puede observar, no se trata de practicar ocultismo, ni algo parecido, ni mucho menos de hacer algo contrario a la Escritura cuando la Iglesia venera las reliquias y recurre a ellas.

Es obvio que un sacramental no sustituye la relación con los sacramentos, la unción de los enfermos en particular; es algo más bien como suplementario a estos.

Anteriormente se ha hecho mención de la desviación del sentimiento religioso que causa la superstición como uno de los errores debido a la equivocada relación con las reliquias; pero no es único error.

Con respecto a las reliquias hay otros errores que hay que evitar:

1. Dudar que Dios pueda utilizar las reliquias u otros instrumentos para hacer sus milagros; y de paso despreciar dichas reliquias y/o instrumentos.

Dios, según sus designios, se puede hacer valer de lo que Él disponga. Recordemos solamente un ejemplo: el caso del milagro de Moisés de hacer brotar agua de una roca (Nm 20, 11).

¿Acaso Dios necesitaba darle una vara a Moisés para hacer este milagro? De ninguna manera, pero aun así Dios quiso valerse de ambos, de Moisés y de su vara. De la misma manera Dios ha querido y quiere valerse de sus santos y sus reliquias.

2. Exagerar la importancia de las reliquias. Las reliquias pueden ser una ayuda a la fe pero no son parte central de ella.

3. Comerciar con reliquias.

4. Falsificar reliquias para explotar a los ingenuos. De consecuencia, venerar lo que no es auténtico.

¿Cuántas clases de reliquias hay? 

Las reliquias se clasifican en dos tipos: “La expresión «reliquias de los Santos» indica ante todo el cuerpo -o partes notables del mismo- de aquellos que, viviendo ya en la patria celestial, fueron en esta tierra, por la santidad heroica de su vida, miembros insignes del Cuerpo místico de Cristo y templos vivos del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 3,16; 6,19; 2Cor 6,16).

En segundo lugar, objetos que pertenecieron a los santos: utensilios, vestidos, manuscritos y objetos que han estado en contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros, como estampas, telas de lino, y también imágenes veneradas” (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 236).

Dentro de este segundo grupo de reliquias podemos incluir perfectamente los algodones impregnados de aceites exsudados de los cuerpos de ciertos santos.

Es una sustancia aceitosa que se ha dicho que ha fluido, o aún fluye, de las reliquias o de las sepulturas de algunos santos.

Muy notable es el caso de san Charbel. Por muchos siglos los fieles han utilizado estos aceites al orar por enfermos ocasionándose muchos milagros. Y el caso de san Charbel no es el único; hay varios casos más otros en la hagiografía.

Podemos decir, ya concluyendo, que, sin dejar de vigilar sobre peligros, deformaciones o usos indebidos de las reliquias, la Iglesia considera las partes de los cuerpos de los santos u otros objetos relacionados directamente con ellos, como una ayuda para entrar en contacto con Dios.

Los santos son quienes se dejaron transformar por la gracia y alcanzaron así el don de la salvación en Cristo. Ellos son ahora intercesores, se unen a la oración de Cristo al Padre en favor de nosotros sus hermanos y más concretamente de los que sufren.

Este es el sentido correcto del uso y veneración de las reliquias, que ayudan al corazón cristiano a renovar su fe, y que permiten así una mejor comprensión del Evangelio y una participación más consciente y madura en los sacramentos, de los cuales recibimos la gracia y la acción salvadora de Cristo.

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