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El abrazo de la serpiente: Réquiem por una civilización perdida

Tonio L. Alarcón - publicado el 22/02/16

Llora por las tradiciones perdidas de los pueblos amazónicos a través de una trama aventurera que no renuncia a la abstracción

En apariencia, o al menos si pretendemos asimilarla de forma literal, El abrazo de la serpiente nos está narrando dos historias de forma paralela, que transcurren con casi tres décadas de diferencia: la de la inmersión (interesada) de los exploradores Theodor Koch-Grünberg (Jan Bijvoet) y Richard Evans Schultres (Brionne Davis) dentro de una cultura amazónica en la que ejerce de guía un chamán salvaje, Karamakate (Nilbio Torres de joven, Antonio Bolívar de mayor).

Pero lo cierto es que no está tan claro. El director del largometraje, el colombiano Ciro Guerra, desdibuja cada vez más su propio relato, así como sus límites temporales –hay un momento, de gran fuerza expresiva, en el que ambos recorridos argumentales se funden de forma momentánea, desde orillas opuestas del río–, y deja que se fundan de forma absolutamente intuitiva con la impresionante belleza de los entornos de la selva del Vaupés.

La obra apuesta, además de forma plenamente consciente, por una abstracción que, en sus primeros compases, quiere reflejarse en Werner Herzog, pero que, a medida que avanza el metraje y Guerra profundiza en su propia metáfora colonial, prefiere mirarse tanto en la trascendencia de Stanley Kubrick como en la poesía de Apichatpong Weerasethakul.

Desde esa perspectiva, Karamakate no es tanto un personaje como una idea, un paradigma existencial. Representa, en su forma más pura, las culturas amazónicas primitivas, así como su dominio absoluto del entorno –no parece casual, desde luego, que el personaje viva solo, aislado de todos los demás indígenas, y que no tenga apenas posesiones materiales–, de la misma manera que la yakruna, la planta sagrada que buscan tanto Koch-Grünberg como Schultres, simboliza los conocimientos de dichas culturas, así como su fragilidad, lo difícil que resulta entenderlos desde una mentalidad occidental.

No puede negarse, eso sí, que hay una cierta idealización en el dibujo del chamán –no hay la más mínima intención por parte de Guerra de poner sobre la mesa las (posibles) sombras de las sociedades primitivas–, pero no deja de resultar lógica dentro de un relato que, al fin y al cabo, está construido como una metáfora de la progresiva desconexión de nuestra sociedad respecto a nuestros ancestros, aquí representados por unos pueblos amazónicos corrompidos, destrozados por la influencia de la colonización española: seguramente el momento más terrible del largometraje sea el de la misión religiosa, y su evolución hacia una locura casi apocalíptica, digna de película de zombis.

Sin embargo, el director construye todo ese relato de forma muy elegante, con un gran dominio de las formas y, sobre todo, del ritmo de los planos. Pese a haber rodado en medio de la selva, Guerra mueve el encuadre con gran fluidez, elaborando una narración cargada de travellings que reflejan con eficacia la enormidad de los entornos –la cámara siempre anda pegada a los personajes, muchas veces a su espalda, al estilo de los Hermanos Dardenne–, pero también le imprimen una cierta energía expresiva a la historia.

Es el caso del encuentro de Karamakate con los dos exploradores occidentales: en ambos casos, el director se acerca al protagonista con un lento travelling que acaba enfocando más allá de su posición, al fondo del encuadre, en el cual aparece, con su efigie quemada por el sol, el personaje en cuestión.

Es una forma absolutamente visual de expresar el paralelismo entre los dos encuentros, pero también una manera de empezar a deshilachar, como señalaba hace unas cuantas líneas, el propio relato, con la intención de, más tarde, reconstruirlo como una abstracción o, si se prefiere, un lamento por la riqueza cultural perdida por la voracidad de la sociedad capitalista en la que estamos inmersos.

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