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La hora de Jesús… y la mía

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/01/16

Se trata sólo de llenar unas vasijas de agua

La hora de Jesús es el momento en el que comienza su vida pública. El momento en el que comienzan los milagros y el anuncio del reino: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”. Parecía que no había llegado su hora. Parecía que no iban a comenzar los signos. Pero al final Jesús ve que sí ha llegado la hora.

Mucho se ha escrito sobre esta afirmación de Jesús y su significado. Parece una contradicción teniendo en cuenta que al final sí actúa: “En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él”. Comienzan sus signos y aumenta la fe de sus discípulos. La hora de Jesús es el momento en el que sale del anonimato.

María mira a Jesús. Jesús mira a María. ¡Cuánta ternura! Jesús deja de ser un hombre oculto entre los hombres y se hace visible. María está a su lado, más oculta. Llega la hora y Jesús manifiesta su poder. Es el hijo de Dios. Es el Mesías que viene a salvar a los hombres.

Jesús ha venido para saciar la sed de amor que tiene el hombre. Ha venido para cuidar todas nuestras necesidades. Ha llegado la hora del amor. La hora de salir al encuentro del que sufre.

Como leía el otro día: “Dios está ya aquí, actuando de manera nueva. Su reinado ha comenzado a abrirse paso en estas aldeas de Galilea. La fuerza salvadora de Dios se ha puesto ya en marcha. Esa intervención decisiva de Dios que todo el pueblo está esperando no es en modo alguno un sueño lejano; es algo real que se puede captar ya desde ahora. Dios comienza a hacerse sentir. En lo más hondo de la vida se puede percibir ya su presencia salvadora”[1].

Una presencia salvadora. Jesús está entre los hombres. Siempre pienso en este momento. Jesús ya ha sido bautizado en el Jordán. Ya está con sus discípulos. Los ha ido llamando. Los ha rescatado de sus redes de peces y les ha abierto los ojos a un horizonte nuevo. Come con ellos. Ríe con ellos. Descansa con ellos. Comparte una vida sin un lugar donde reclinar su cabeza.

Pero todavía no había llegado su hora. Es curioso. Ya les ha hablado del reino, pero todavía no ha comenzado a actuar.

Tal vez ese tiempo fue muy importante. Un tiempo a solas con los suyos y con su madre. Un tiempo de hondura, de paz, de silencio. Un tiempo de preparación, de oración, de calma. Antes de que sus signos le hicieran visible a todos los hombres. Antes de que la muchedumbre lo buscara por todas partes sin dejarle tiempo para el descanso. Antes de que todos quisieran curar sus heridas y ser tocados por su manto.

Todavía nadie conocía su poder. No eran conscientes de lo que Jesús podía llegar a hacer. Ni siquiera aquellos que compartían su vida hasta ese día.

Ahora, al ver el milagro, aumenta su fe. Jesús actuaba antes silenciosamente en los que amaba. Los instruía. Les hablaba de su reino. Pero ahora su fuerza salvadora se ha hecho presente, asequible para todos.

Jesús ya no sólo habla, ahora actúa con un poder que no es humano. Un poder divino que transforma la realidad y le da un sentido. Ya no es un sueño lejano, no. Es una presencia que salva, una realidad nueva. Una mano que obra milagros.

Jesús es mucho más que un hombre, sin dejar de ser un hombre más entre los hombres. Es mucho más que sus palabras. Es una presencia que salva. Ha llegado su hora y Jesús desvela su poder.

Ha llegado la hora y Jesús transforma el agua en el mejor vino que se puede servir. Me impresiona ese milagro aparentemente tan sencillo, tan innecesario, pero que marca el momento crucial en la vida de Jesús, en la vida de los hombres.

Hacía falta vino para poder continuar la fiesta y Jesús les da vino, pero no cualquier vino, el mejor vino: Tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”. El vino mejor lo sirve Jesús al final de la boda. Un gesto de amor, delicado e innecesario.

A veces todos los milagros nos parecen necesarios. Jesús cura al leproso. Libera al endemoniado. Hace andar al cojo. Devuelve la vista al ciego. Pero hoy, simplemente convierte el agua en vino. El primer milagro tal vez no hacía falta. Y, sin embargo, es el primero, el más importante.

Hace algo poco productivo. Porque Dios lo quiere. Porque para Jesús lo primero es el corazón del hombre.

Es María la que ve la necesidad y habla con Jesús. Es Ella la que ha movido el corazón de su Hijo para que se ponga en camino. Ha llegado su hora. Cuando parecía que todavía no había llegado, sí, parece que es el momento.

Y María entonces lo dice muy claro: “Haced lo que Él os diga”. Nos lo dice a nosotros. Nos dice que hagamos lo que Jesús dice. Y Jesús hace el milagro. El mejor vino.

Nosotros no sabemos lo que Jesús quiere. Nos preguntamos: ¿Qué me dice? ¿Qué tengo que hacer? “Llenad las tinajas de agua”.A veces no sé lo que Dios quiere. Paso la vida escuchando a los hombres y me detengo poco a escuchar a Dios. Tampoco veo a Dios en los hombres.

No sé dónde están las tinajas. No sé de dónde sacar el agua. Pierdo las fuerzas y no descubro lo que Dios me pide. No sé dónde hago más falta. No veo la necesidad de los que me rodean. Mi agua es mi vida. Con lo poco que tengo y con lo que soy. Con mis escasos talentos pero también con mis debilidades.

¡Hace tanta falta el mejor vino! El camino es sencillo. No parece tan complicado llenar unas vasijas de agua. Jesús no me pide un milagro. Simplemente me pide que llene unas tinajas vacías.

Pero a veces no lo hago. No me doy cuenta. Dejo de darle sentido a mi entrega. No valoro que mis carencias e incluso mis pecados valen tanto como el agua. Es el milagro.

Jesús no transforma mi vino en un mejor vino. No. Eso no sería un milagro tan grande. Toma mi agua, sin sabor, incluso sucia, y la convierte en el mejor vino. Eso me impresiona siempre que lo pienso. Mi agua en vino. Mi debilidad en gracia. Mi pecado en el vino más valioso.

¡Qué milagro más maravilloso! Y yo no lo valoro. ¿Por qué me cuesta tanto llenar de agua la vasija? Porque no pienso en la tinaja. Porque me olvido de ella y pienso sólo en calmar mi sed.

Y no valoro lo que tengo y soy. Y no pienso en todo lo que puede hacer Dios con mi vida si la pongo en sus manos. ¡El mejor vino! Eso es lo que le puede dar a los otros. Mi vida convertida en el mejor vino que alegra el corazón de los hombres.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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