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¿La religión se vive en la iglesia o en la cocina?

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El centro de la religión no está en el templo, en los rituales, ni en los dogmas…

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Es muy evidente la relación entre religión y vida eterna, pero la relación entre la religión y esta vida presente a veces no está tan clara.

Con su forma de vida y con sus enseñanzas, Jesús puso en evidencia que el centro de la religión no está ni en el templo, ni en los rituales, ni en las verdades dogmáticas ni en las normas religiosas.

Está en la vida, en una forma de vivir que se centra y se concentra en el amor, en el amor sin limitaciones ni condicionamientos (Lc 10, 25-37).

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Shutterstock | Halfpoint

La religión está en función de la vida, no al revés; es lo que nos enseña el misterio de la encarnación del hijo de Dios.

Pero ojo, que Jesús no está eliminando el templo, ni los ritos o las verdades teológicas. Esto es importante pero no es un fin en sí mismo; lo será en cuanto esté a favor de la persona y la vida.

El hecho de que los rituales religiosos y los dogmas pierdan centralidad no significa que no tengan razón de ser; la tienen y es bueno respetarlas y darles cumplimento.

¿Y todo esto a dónde nos lleva? Nos lleva a preguntarnos: ¿dónde hemos de aplicar o dirigir nuestra fe? ¿En los rituales religiosos, que muchos ven erróneamente como un medio para tranquilizar conciencias, o en el proyecto de vida que nos trazó Jesús?

Pues la fe se dirige en los dos sentidos: la fe nos debe llevar a amar a Dios en la promoción y defensa de la vida ajena y propia (lo que se hagáis con uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis) y la fe nos debe llevar a recibir su gracia y salvación en los sacramentos y en la vida de oración (Jesús hizo respetar el templo).

JEFF PACHOUD / AFP

Es la vida y la persona lo que le da sentido al culto, al dogma, al templo. Es lo que les dijo Jesús a los fariseos: “Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes pagan el diezmo hasta sobre la menta, el anís y el comino, pero no cumplen la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. Ahí está lo que ustedes debían poner por obra, sin descartar lo otro” (Mt, 23, 23).

O “Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mt 9, 12).

Lo que quiere Jesús es que el ejercicio de la dimensión religiosa se traduzca a favor de la vida, en el respeto a la vida humana, en la defensa de la vida propia y ajena y los derechos de la vida humana junto a su dignidad.

Es más, el concepto de vida lo amplió y lo extendió a la vida entera, incluida su eternidad.

Por eso se puede y se debe afirmar la originalidad del cristianismo, que no es una religión como las demás. La fe cristiana está puesta en el Dios encarnado, en el Dios humanizado.

La fe en Jesús se relaciona también con “esta vida”, con los problemas humanos más apremiantes.

Jesús ve la necesidad de venir al encuentro del hombre, de darle prioridad a la persona y en aliviar penas y sufrimientos y preocupaciones.

Prueba de ello es el empeño de Jesús en dar alivio al sufrimiento y más el de los pobres, dar la salud a los enfermos, orientar la gente descarriada que vivía sin rumbo y las relaciones de bondad y amor hacia todos.

Y Jesús antepone esto a la fidelidad y a la observancia de las tradiciones rituales de la religión; de esto, en el evangelio, sobran ejemplos.

Jesús, el hijo de Dios, por esto entró en conflicto con los fariseos: porque le quitó a la religión su centralidad sacándola del templo o, mejor, aplicándola a la realidad concreta de la vida.

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