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Józef Stanek: Bendiciendo con la soga al cuello

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Gerardo Rodríguez - publicado el 20/11/15 - actualizado el 16/02/18

Capellán de los insurgentes del levantamiento de Varsovia, una de sus funciones era prepararlos en la hora de la muerte

El estallido del levantamiento de Varsovia encontró al padre Jozef Stanek, en Varsovia como capellán de las Hermanas de la Familia de María y también allí comenzó a ejercer su función de capellán de los insurgentes.

A mediados de agosto de 1944 se trasladó a la cabeza de playa de Czerniakow y desde el 15 de agosto desempeñó allí su ministerio sacerdotal de forma abnegada. Exponiendo su propia vida, en el ardor del combate, cumplía su misión con caridad evangélica y coraje.

Se esforzaba por estar allí donde más lo necesitaban, incluso a costa de un sacrificio y un esfuerzo muy grande.

Diariamente tenía que realizar las siguientes actividades: la celebración de la misa para los insurgentes y los civiles, confesar, predicar, la preparación para el sacramento de la penitencia y también prepararlos en la hora de la muerte.

Pero el padre Stanek no se limitó a sus actividades sacerdotales. Él fue también el incansable samaritano. Sirvió a los insurgentes en diferentes necesidades.

En medio del fuego enemigo llevaba agua desde el Vístula, a menudo trasladaba a los enfermos sobre sus propios hombros, ayudaba a los heridos, desenterraba a los que quedaban debajo de las ruinas, reanimaba, consolaba. A muchas personas les salvó la vida.

Siempre aparecía de sotana, con estola y el brazalete blanco-rojo en el brazo, con gorra militar, para ser signo visible para todos aquellos que buscaban su ayuda. Se acercaba a la primera línea de combate, visitaba los hospitales insurgentes y las personas que se refugiaban en los sótanos.

Tranquilo, decidido, lleno de bondad, totalmente dedicado al ministerio sacerdotal. Su actitud infundía respeto y sumaba coraje.

Acompañó la tragedia de las personas que buscaban ayuda sobre el Vístula, aguardando el puente de pontones, que debía llevarlos al otro lado, donde estaba la libertad.

El 22 de septiembre le propusieron cruzar el río a través de un puente de pontones. Él, sin embargo, se negó firmemente, dejando su lugar a un soldado herido. Permaneció hasta el final con los defensores, con los heridos y los civiles.

Hizo todo cuanto pudo para salvar a tantas personas como le fuera posible y para permitir la supervivencia de los heridos. Con este fin, iniciaba valientemente las negociaciones con los alemanes.

Entonces los alemanes arriaron a la gente desde los sótanos y las ruinas de las casas. Los empujaron a las calles y los reunieron en la plaza. Entre ellos se encontraba también el padre Stanek.

El comando alemán no cesaba de insultarlo e incluso lo golpearon en la cara. Lo trataron con una brutalidad excepcional y un gran desprecio. Entonces a codazos y empujones lo sacaron del grupo y lo llevaron a unas ruinas cercanas donde fue ejecutado en la horca.

Así recuerda el 23 de septiembre de 1944 una testigo ocular: “Nos colocaron cerca de la pared de una casa destruida, donde ya estaba de pie el padre “Rudy”, vestido de sotana, abrigo, bufanda y sombrero. El mismo estaba con las manos levantadas, parecía bendecir a la distancia a la multitud, rodeada por los alemanes. Le ordenaron quitarse el brazalete del Armia Krajowa, pero él se negó. A codazos y empujones lo subieron sobre cierto recipiente de metal, desde una viga que sobresale le echaron una soga alrededor del cuello. Consciente de lo que le espera, el Padre Stanek estaba tranquilo y bendecía a los testigos de la ejecución. Por último, patearon el recipiente de hojalata. Y así fue asesinado el 23 de septiembre de 1944” (Janina Damiecka-Lorentowicz de la agrupación “Kryska” del AK).

El padre Stanek dio su vida por la fe hasta el fin sirviendo con amor a Dios y al prójimo.
El 13 de junio de 1999 fue beatificado por san Juan Pablo II en el grupo de los 108 mártires polacos víctimas del nazismo.

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