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Entre padres e hijos: El legado de Lord Vader

20th Century Fox
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El antiguo monstruo es finalmente redimido por el encuentro con su hijo, la única persona que le quiere incondicionalmente en todo el universo

La imagen de Darth Vader está tatuada en nuestra alma de cinéfilos. Aunque durante buena parte de nuestra infancia este fue para muchos de nosotros la mismísima encarnación del mal, con su sacrificio y muerte, al final de El Retorno del Jedi (1983), nos permitió entender que un ser humano, por muchos errores y fechorías que haya cometido, es siempre apertura a y relación con la propia felicidad y que no puede ser medido por sus acciones pasadas.

Entender esto nos ayudó a crecer en un mundo en el que se respiraba el aliento de los yuppies de La hoguera de las Vanidades (1990), de Dealers (1989) o de Wall Street (1987). El mismo tiempo en el que escuchábamos a Woody Allen afirmar, en Delitos y faltas (1989), aquello tan existencialista de que “somos el conjunto de decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida”.

En un mundo como el de hoy, en que todo se sigue confabulando para afirmar que no somos más que lo que somos capaces de hacer u obrar, donde el aire que respiramos está impregnado del aroma levemente dulzón del selfmade man, Lord Vader es siempre un bastión inexpugnable en nuestra memoria, un personaje que, con su mera existencia, grita que un solo instante en la vida de un hombre basta para cambiarlo todo.

Darth Vader fue Anakin -hoy lo sabemos porque hemos seguido viendo entregas de Star Wars-, fue un caballero Jedi que traicionó a su estirpe y se pasó al lado oscuro bajo el influjo de Darth Sidious. Se convirtió así en la mismísima mano derecha ejecutora del malévolo Emperador y puso sus habilidades al servicio de la opresión, la dictadura, el crimen y la esclavitud.

Su hijo, Luke Skywalker, gracias a los cuidados de Owi-van Kenobi y el maestro Yoda, se fue descubriendo heredero de los Jedi, y comenzó a fulgurar como uno de los héroes del ejército rebelde que se enfrenta a las maquinaciones del Imperio y su arma tecnológica y definitiva: la Estrella de la Muerte.

Pero Luke no solo tenía una misión política, también tenía una misión personal: enfrentarse a su padre, no con la intención de eliminarlo, sino para que este descubriese algo que había olvidado: que bajo toda aquella negritud de su carcasa y su casco, todavía habitaba un humano, alguien con un anhelo de imposible que el mecanicismo del mal era incapaz de colmar.

Cuando padre e hijo se enfrentan, la escena de convierte en épica. Brillan de nuevo las espadas de luz. El duelo va acompañado de los comentarios burlones, viperinos y tentadores del Darth Sidious. Al final, Luke gana. Tiene rendido a su padre en el suelo y el Emperador lo anima a que siga a su odio y se pase al lado oscuro. Pero Luke se niega y guarda la espada, ante lo cual el emperador lanza su furia contra él.

Justo cuando Darth Sidious lanza su descarga definitiva contra el indefenso Luke Skywalker, que yace en el suelo, vemos cómo su padre duda: mira una y otra vez ora a su hijo ora al Emperador, hasta que, finalmente, se conmueve tanto por la vida de Luke que coge a Darth Sidious y lo arroja al abismo del reactor principal de la Estrella de la Muerte, dejándose herir fatalmente.

Después, Luke intenta salvar a su padre, pero Vader le pide que le quite el casco para poder verle con sus propios ojos antes de morir. Tras descubrir aquel rostro quemado y avejentado, vemos una tenue sonrisa dibujándose en los labios del que hasta hace bien poco no era más que un engendro tecnológico y psicopático. Y Luke le dice: “No te abandonaré, tengo que salvarte”. Y su padre le contesta: “Ya lo has hecho. Tenías razón acerca de mí”.

Darth Vader, el antiguo monstruo, es finalmente redimido por el encuentro con su hijo, que le hace tomar conciencia de quién es él y cuál es su verdadero deseo y destino. Muere siendo Anakin Skywalker de nuevo, en los brazos de la única persona que le quiere incondicionalmente en todo el universo.

Este, y no otro, es el legado de Lord Vader. Algo que nos sigue sirviendo hoy para mirarnos a nosotros mismos y a los demás.

 

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