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Espiritualidad
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Lo mejor ante ciertos problemas… ¡vivirlos!

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/11/15

Cuando la oscuridad, la presión, la desolación, el dolor, pesan demasiado, repito a Dios que amo

A veces vamos por la vida buscando soluciones para todo. Queremos soluciones concretas y les damos soluciones a los otros. El otro día leía: “Siempre estamos buscando soluciones. Nunca aprendemos que no hay solución. Nuestras soluciones son sólo parches, y así vamos por la vida: de parche en parche. Pero si no hay solución, en buena lógica es que tampoco hay problema. O que el problema y la solución son la misma y única cosa. Por eso, lo mejor que se puede hacer cuando se tiene un problema es vivirlo”[1].

Buscamos para todo soluciones temporales que nos arreglan temporalmente la vida. Pero luego vuelve a ocurrir algo que nos trastoca de nuevo todos los planes. Más soluciones, nuevos problemas.

A veces me piden soluciones para la vida. Respuestas prácticas y efectivas. Me sorprendo a mí mismo tratando de cumplir sus deseos, buscando como loco respuestas convincentes. Pero no lo logro.

No tengo soluciones para todo, ni para todos. Mejor dicho, para casi nada. No tengo la mejor teoría, ni la mejor solución. Me veo compitiendo conmigo mismo por encontrar la solución más sabia a cualquier problema, la teoría más útil.

Conozco personas a las que les gusta tener teorías y soluciones para la vida. Tienen buenos consejos prácticos. Saben la respuesta de muchas preguntas. Conocen el camino más rápido para cualquier sitio. Han descubierto la forma más fácil de vivir la vida.

Yo no me veo tan capaz como ellos. Muchas veces me surgen las dudas. No me sé la teoría mejor, ni el mejor camino. No tengo el mejor libro, ni sé lo que tendrían que hacer siempre. A veces, ante el dolor ajeno, me quedo sin palabras, sin soluciones. El problema me supera.

La cruz hay que vivirla sin tantas explicaciones. No podemos eludirla, ni darle un sentido inmediato. A lo mejor en el cielo se llena de luz. La cruz, el problema, tenemos que vivirlo. Enfrentarlo. No querer apartarlo en seguida con una solución rápida.

¿Qué libro puedo leer para este problema? ¿Qué tengo que hacer exactamente para vivir bien mi vida hoy y ahora? Preguntas difíciles. A veces guardo silencio.

Conozco algunas personas que conocen bien la cruz porque la están viviendo y saben que sólo tienen que vivirla con esperanza. No buscan soluciones fáciles. No me piden respuestas rápidas. Saben que sólo tienen que cargar con la cruz de cada día, en silencio, en presente. Sin angustias.

Decía el Padre José Kentenich: Dios no envía una cruz más pesada de lo que nuestras fuerzas puedan soportar. Por eso mi camino de cruz es un camino relativamente fácil. Mi sí es un sí filial y confiado a mi camino al cielo”[2].

Repiten seguros su sí filial. Se abandonan y esperan, confían. Es verdad que en el presente la cruz de mi vida es la que puedo soportar hoy, no sé mañana.

La cruz en presente supera los sueños eternos. Es hoy, aquí y ahora. A veces, es verdad, abrumados por el momento imposible que vivimos, nos parece inalcanzable una eternidad perfecta. Nos faltan las fuerzas.

Por eso me gustaba esta frase: Algunas veces me parece que debo recordarle a Dios que tengo mis límites. Él me empuja siempre más. Cuando le digo eso, Él me dice que puedo hacerlo. Pero, si ahora siento que no puedo, esperaré hacerlo más adelante”[3].

Me gustaría recordarle a Dios siempre mis límites. Cuando no puedo más. Cuando la oscuridad, la presión, la desolación, el dolor, pesan demasiado. A veces el corazón no puede más. Repito mi sí confiado. Quiero entregarle mi vida en presente. Sé que mi sí es para siempre, es eterno.

Aunque la caída me debilite, vuelvo a repetirle que sí, que amo para siempre, que no me conformo con lo vivido hasta ahora, que quiero dar la vida en la oscuridad y en la luz del camino. Así es la vida. Así es lo que podemos llegar a hacer cuando nos dejamos hacer por Dios.

[1] Pablo D´Ors, Biografía del silencio

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

[3] Simone Troisi y Cristian Paccini, Nacemos para no morir nunca, 142

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