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¿Conoces tu instinto de poder?

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Hay algo en el poder realmente cautivador, tiene mucha fuerza, la posibilidad de poder lograr, el poder ser autónomo y capaz…

¡Qué fácil es caer en la tentación del poder aun cuando queremos servir con humildad! La edad, el camino recorrido, nuestra generosidad. Todo nos parece suficiente para justificar que los demás tengan que respetar nuestro lugar.

Es el mismo deseo que yo tantas veces tengo. Y lo oculto bajo la apariencia del servicio. Pero quiero que se oiga mi voz, que se respete mi opinión. Quiero que los demás valoren más mis logros y respeten mi lugar.

A veces los sacerdotes nos creemos en posesión de la verdad. Nos hemos situado a la derecha y a la izquierda de Jesús. Sin mala intención. Simplemente porque el poder siempre tienta. Y queremos que nos hagan caso y respeten. Al que tiene poder se le abre un campo de actuación inmenso. El poder nos capacita para tantas cosas…

A veces yo mismo me creo poderoso. Dios me da la gracia de consagrar, de confesar, y me creo con poder. Como si fuera mi propio poder. Me da talentos y me sirvo de ellos pensando que son sólo míos. Y me siento orgulloso. En lugar de servir con humildad a través de ellos, busco torpemente el éxito, el reconocimiento, el halago.

Hay algo en el poder realmente cautivador. Tiene mucha fuerza. La posibilidad de poder lograr, de poder hacer, de poder conseguir. El poder ser autónomo y capaz. Cuando somos poderosos no necesitamos a nadie. Somos invencibles, irreductibles, inquebrantables. Son otros los que nos necesitan y nos buscan.

Decía Jean Vanier: “Cuando los pobres y los débiles se hallan presentes, nos impiden caer en la trampa del poder -incluso del poder de hacer el bien-, de pensar que somos nosotros los buenos, los espirituales, que debemos salvar al salvador y a su Iglesia. Al acercarnos a los más débiles, comenzamos a aceptar nuestra propia riqueza y debilidad; nos hacemos sensibles a las necesidades de los demás, aprendemos a exclamar al prójimo, a Jesús: – ¡No puedo hacerlo solo! Necesito tu ayuda”.

¡Cuánto bien nos hace estar cerca de los que no pueden, de los que no tienen, de los incapaces! Cerca de los que son vulnerables y necesitados.

Buscar el poder es lo opuesto a buscar ayuda. El que busca el poder se queda solo. El que pide ayuda encuentra una comunidad, compañía, una amistad, un hermano. La búsqueda de poder crea desunión y no trae la paz. El orgullo, la vanidad desunen, crispan, generan violencia.

Cuando somos rígidos con algo es probable que caigamos en la hipocresía. El deseo de estar por encima de los demás desune. El sentirnos poderosos y capaces nos hace daño. Nos creemos capaces de ayudar, de dar, de cuidar. El poderoso se aísla y no busca aliados. No necesita a nadie.

El débil, el pobre, el enfermo, el anciano, no tienen poder, son vulnerables. Han perdido la capacidad que a lo mejor algún día tuvieron. O tal vez nunca la tuvieron. Lo cierto es que ante alguien que no puede, que no es capaz, experimentamos nuestra propia debilidad.

Una persona rezaba: “Yo, Jesús, te pido perdón por ponerme delante de ti tantas veces, y querer que me miren a mí, que me alaben a mí, que hagan lo que a mí me parece mejor. Ayúdame a vivir escondido en ti, a ponerte siempre en el centro y quitarme yo. Porque yo no soy digno de desatarte las sandalias, porque yo no soy nada. Ayúdame a no mirarme, a mirarte a ti. A señalarte a ti”.

Me gustaría rezar siempre así. A veces me pongo en el primer plano y me olvido de Dios. Me siento poderoso. ¡Cuánto bien me hace descentrarme, perder, ser olvidado! ¡Cuánto me ayuda que Él sea el centro de mi vida! ¡Cuánto bien me hace ser débil, necesitado, vulnerable! Me capacita para pedir ayuda a otros.

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