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San Andrés: la tragedia, convertida en parque de atracciones

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No hay ni una sola gota de sangre, ni prácticamente una historia verosímil de sufrimiento y supervivencia

Se estrena San Andrés, una superproducción de Hollywood sobre un gran terremoto en la costa oeste de Estados Unidos. Como es bien sabido, el título de la película hace referencia a la temida falla de San Andrés, un accidente geológico de casi 1.300 kilómetros que está allí para recordar que cada cierto tiempo la Tierra tiembla. La cuestión es que los científicos están muy preocupados con la sección sur de la falla que, según sus cálculos geológicos, debería “ceder” cada 150 años y lo cierto es que hace tres siglos que allí no pasa nada. Un gran terremoto en la zona es cuestión de tiempo. Llevamos un siglo y medio de retraso. Puede ser cosa de años, meses, semanas, días o incluso, horas.

San Andrés toma esta premisa real para organizar a su costa oeste un tremebundo movimiento sísmico más allá de lo tolerable que, no obstante, meterá el miedo a más de uno allá en Los Ángeles y San Francisco.

La cuestión es que cuando Hollywood se aproxima a determinadas cuestiones resulta bastante fácil que las banalice y que las reduzca a su mínima expresión. Por ejemplo, en San Andrés, donde una terrible sucesión de terremotos devasta la costa oeste de Estados Unidos reduciéndola a un montón de ruinas griegas mal documentadas, no hay ni una sola gota de sangre, ni prácticamente una historia verosímil de sufrimiento y supervivencia.

El film, protagonizado por las estrella del cine de acción Dwaney “La roca” Johnson, nos cuenta la historia de un agente de los servicios de emergencia de Los Ángeles que, literalmente, abandona su puesto de trabajo para ir a buscar a su mujer –en trámites de separación- a Los Ángeles y posteriormente a su hija a San Francisco.

Hermoso, sin duda, pero ¿Qué hay de la gente a la que se supone iba a auxiliar? O lo que es más ¿Qué hay de las personas a las que deja de asistir por rescatar a su familia? Desde luego, la defensa de la institución familiar es evidente y todo lo loable que se quiera, pero no es menos evidente el debate moral que subyace bajo la cuestión y sobre el que San Andrés, no es que pase de puntillas, es que estoy seguro de que nadie reparó en ello.

La verdad sea dicha, no sé hasta qué punto es justo reprocharle todo esto a una cinta como San Andrés. La película solo pretende ser un parque de atracciones para el disfrute de adolescentes atiborrados de palomitas y que no vale la pena tomársela demasiado en serio, aunque el film parezca amagar con ello. No hay nada digno de retener en la mente cuando uno ve una película como San Andrés, salvo el hecho de que al fin y al cabo se está traficando con un sufrimiento humano que cuidadosamente se sitúa fuera de campo.

Cuando San Andrés andaba inmersa en plena campaña de publicidad un terremoto acabó con la vida de más de 8.000 personas en Nepal. Rápidamente, Warner Bros. continuó publicitando la película, faltaba más, pero incluyendo información sobre cómo ayudar al país asiático. Además, el film pasó de ser una mera atracción de feria a convertirse en una seria advertencia sobre lo que tarde o temprano terminará pasando en California. Todo solucionado. Conciencias tranquilas.

Sin embargo, la verdad es que San Andrés es un producto de efectos especiales vacío y simple hasta el delirio. No hay un ápice de complejidad ni de compromiso sobre el drama que podría implicar un gran terremoto en la zona. Todo es una pirueta hollywoodiense milimétricamente pensada para aturdir y entretener a la mayor cantidad de neuronas despistadas posible.

Al final de la película, con media costa Oeste convertida en solar, la hija de Johnson le pregunta a su padre “¿Y ahora qué haremos papá?”. “Reconstruirlo”, dice nuestro héroe. Así de sencillo. Nada de víctimas, ni de desaparecidos, ni de sepultados, ni de desplazados, ni de muertos, nada de nada. Todo muy limpio y plastificado como sus efectos especiales. Así de simple. La tragedia del ser humano convertida en parque de atracciones.

 

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