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Tu madre esperó nueve meses, yo te esperé nueve años hijo mío

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La hermosa aventura de amar a un niño que no es "nuestro"

Al ver este video, vienen a mi mente muchas ideas positivas, como por ejemplo:
 
1. ¡Qué bueno que la mamá del bebé haya preferido darlo en adopción que abortarlo!
 
2. ¡Qué bueno que esta pareja haya optado por adoptar y no por un método artificial de fertilización!

 
3. ¡Qué grande es el corazón humano que es capaz de amar a un bebé con todas sus fuerzas a pesar de que no es “nuestro”!
 
4.¡Qué más muestra de que existen los milagros que el mismo milagro de la vida!
 
Es inevitable conmoverse ante un video tan bonito. Porque todos nacemos con una vocación a la paternidad (espiritual o familiar) y de alguna manera soñamos con el momento en que vamos a tener hijos. Sin embargo, no todos tienen la misma suerte de poder engendrarlos fácilmente.

Y hoy más que nunca y por múltiples factores –las mujeres posponen la maternidad hasta casi los 40 años, el estrés, el uso de anticonceptivos artificiales, etc.— hay más personas viviendo el dolor de no poder traer un hijo al mundo y, en esta desesperación, recurren a otros recursos, siendo la adopción la última opción.

Desde este espacio no pretendemos criticar ninguna decisión, sino darle un poco de puntos extra a esta alternativa que si bien puede causar muchas dudas y temores, puede ser una que nos llene completamente el alma y la vida.
 
El activismo no está en la adopción de niños ni en la protección de la vida
 
No deja de sorprender –y lo he constatado con gente que conozco muy de cerca—que haya personas que se desviven por defender la vida de los animales, por promover la adopción de perritos, por salvar a los delfines (ojo, no digo que esto tenga nada de malo, al contrario). Sin embargo, cuando te sientas a hablar con ellos sobre el aborto, están a favor. Y que ni hablar adoptarían un niño por qué quién sabe qué genes traerá.

Desafortunadamente, esta tendencia no se da sólo entre algunos “amigos” de Facebook, sino que es una ola cada vez más grande en el mundo. Y lo más triste de todo esto no es el que se defienda más a animales que a niños, sino que demuestra que algo le está pasando a nuestros corazones, cada vez somos más egoístas, más fríos, menos interesados por el prójimo y más centrados en nosotros mismos y en lo que nos puede “llenar” la vida, sin pensar si estamos volcándonos hacia el otro con apertura y un corazón lleno de amor. No hay que ser Angelina Jolie, ni Sandra Bullock ni Mia Farrow para considerar la adopción como la mejor opción de tener hijos de verdad.
 
La adopción es una muestra gigante de generosidad
 
Tener hijos es una acto desmesurado de entrega. Es increíble todo lo que uno puede hacer por los hijos (obviamente, no estamos hablando de casos patológicos, sino del común de los mortales). Ni siquiera me voy a detener a enumerar esta interminable lista de actos conscientes e inconscientes de amor que uno hace cada segundo por ellos. Y claro, es inevitable no amar a este ser que es carne de tu carne y sangre de tu sangre.

Pero, entonces, ¿cómo amar a alguien que no salió de tus entrañas? Yo creo –y me atrevo a hacer esta comparación– que se puede amar con la misma facilidad con la que un papá ama a su hijo: no salió de su barriga, no lo alimentó 9 meses, pero algo se genera en él una vez que comienza a entrar en contacto directo con el hijo. Y este amor va creciendo mientras más interacción hay con este pequeñín.

Ya hemos mencionado más de una vez que el papá funciona diferente a la mamá en el tema del vínculo. Pero igual es un amor que se vuelve tan o más fuerte que el de la madre. Y es lo mismo. El amor se construye del conocimiento, en el día a día. Y adoptar un niño, más allá de saciar nuestras ansias de paternidad, es también un acto de amor incalculable hacia otro ser más chiquito, más indefenso, que no tiene la culpa de nada.

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