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Covadonga: La gruta de la confianza

Sergio Mora Angulo-cc
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Él parece estirarle el vestido, como un hijo que anhela pedir algo. ¿Qué deseo habría en su Sagrado Corazón?

Quien visita el norte de España queda extasiado con una región especialmente atrayente de la Cordillera Cantábrica: los Picos de Europa. Densos bosques, lagos de espejo, espectaculares formaciones rocosas y montes elevadísimos, algunos hasta nevados, componen un paradisíaco escenario que propicia la contemplación y, al mismo tiempo, invita a la aventura, ya que sus impresionantes cañones pueden ser una gran sorpresa al viajero desprevenido. Incrustado en aquellas montañas, en la provincia de Asturias, se encuentra el pueblo de Covadonga, uno de los más encantadores tesoros de estas tierras ibéricas.
 
El punto auge de la villa es la imponente Basílica de Santa María la Real. Semejante a una fortaleza, sus torres se levantan fuertes, como si quisiesen desafiar las rocas y el cielo que la circundan. Simple en su estilo neo-románico, pero majestuosa y sólida, con su coloración ligeramente rósea parece acoger al peregrino que se aproxima, recordando la afabilidad de Nuestra Señora, que está siempre dispuesta a auxiliar a los que a Ella recurren.
 
Entretanto, no es en el interior de la Basílica que se encuentra la imagen cuya invocación da nombre al lugar, sino en una recóndita gruta contigua. En frente al templo nace una vereda de piedra, que se une al largo corredor que conduce a la gruta. Y allí, en un reducido espacio en el cual apenas caben 50 personas, se puede venerar una imagen.
 
Coronada como Reina de los Cielos, Ella porta un bello manto bordado que le llega a los pies. Con una de las manos sostiene una rosa de oro, como un cetro de bondad, y con la otra porta al Niño Jesús. Dirigido hacia su Madre, Él parece estirarle el vestido, como un hijo que anhela pedir algo. ¿Qué deseo habría en su Sagrado Corazón que solo Ella pudiese satisfacer?
 
Nuestra Señora ya sabe, sin duda, lo que pide su Divino Hijo, que se encarnó para el perdón de los pecados de los hombres. Por eso, sin fijarse en Él, mira al frente, cruzando la mirada con el devoto que, a sus pies, hace una tímida oración. Atendiendo el deseo de Jesús, ofrece a aquel fiel su misericordia, invitándolo a depositar en sus manos todas las penas y dificultades de la vida, pues no es en vano que Ella carga en los brazos al Omnipotente.
 
Si Cristo se entrega a María con total confianza y abandono, nosotros, que nada podemos, debemos imitarlo, colocándonos enteramente en las manos de su Madre, que también es nuestra. Por más miserias que sintamos en nosotros, no dejemos de recurrir a la Santísima Virgen, para que Ella nos ayude a combatir nuestros defectos y a luchar contra las tentaciones que puedan asaltarnos, y nunca nos alejemos de Nuestro Señor Jesucristo, en la fidelidad plena a su Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
 
Por la Hna. Adriana María Sánchez García, EP
 
Artículo originalmente publicado por Gaudium Press

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