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Meditemos nuestra vida

© D. Sharon Pruitt / CC
https://www.flickr.com/photos/pinksherbet/3370498053
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Dios quiere decirme algo en cada momento, en cada segundo

Guardo en el corazón la hora y el día de mi llamada vocacional. Pero también guardo otro momento que lo precedió en el que vi a María actuando en mi vida.
 
Guardo esos dos momentos como un tesoro. ¿Cómo voy a olvidarme? Muchas veces, a lo largo de mi vida, he vuelto a esos instantes. Tengo la imagen grabada, el color del paisaje, la disposición de los muebles.
 
Uno de ellos está muy unido a María. Ella cerca de mí, caminando en un viacrucis. El otro momento está muy unido a Jesús. En el silencio de un cuarto. Estas dos vivencias han sido fundamentales a lo largo de mi vida y no las he olvidado nunca.
 
Guardo el lugar, el olor, los pensamientos de aquella hora. Las palabras y el silencio. La hondura del corazón. Las lágrimas. Los guardo como un tesoro. A veces la vida pasa muy rápido y no tenemos tiempo para guardar recuerdos. Yo no quiero olvidarme. Me pasa como a Juan. Escribo la hora, las palabras, no lo olvido.
 
En la vida hay vivencias fuertes, personas que influyeron con su testimonio, palabras que tocaron el alma, experiencias hondas. Hoy corre el hombre el peligro de buscar sólo experiencias fuertes.
 
Decía el P. Kentenich: «Hay un segundo rasgo que se manifiesta nítidamente en nuestro tiempo y en el mundo de hoy: la tendencia a experimentar vivencias. Por eso al comienzo plasmamos la expresión ‘inclinación a experimentar’: experimentos vividos, experiencias vitales, vivencias. Esto se absolutiza y por eso la exageración. Por una parte, adicción a novedad, y por otra, adicción al experimento; adicción a aceptar sólo aquello que pueda ser registrado como una vivencia»[2].
 
Corremos el riesgo de seguir sólo a Jesús cuando el corazón vuelve a cargarse en una experiencia fuerte de Dios. Queremos vivir cosas profundas continuamente. Y, cuando no es así, nos sentimos vacíos. Esa tendencia la tenemos todos.
 
Sabemos que, cuando pasa el tiempo, podemos olvidarnos de lo importante. La sacramentalidad del tiempo es fundamental en nuestra vida. El tiempo es sagrado. Hay momentos que señalan un antes y un después.
 
Decía el Padre José Kentenich: «Dios quiere decirme algo en cada momento, en cada segundo. Y me hace notar que, con cada mensaje, me regala la gracia correspondiente para aceptarlo y realizarlo de acuerdo a su voluntad.
 
¿De qué manera se me manifiesta la voluntad divina? Dios mismo me lo dice a través de las circunstancias. Debemos madurar para llegar a ser pequeños artistas, pequeños maestros en el arte de interpretar y aplicar la voluntad de Dios a nuestra vida»[3].
 
Queremos ser maestros en la interpretación del querer de Dios. ¡Cuánto nos cuesta! Nos obsesionamos con saber su voluntad. Pero no nos dejamos tiempo para interpretar los signos, para rastrear sus huellas.
 
Dios nos habla cada día, en cada momento. Dios está presente en nuestra vida y nos quiere comunicar su amor.
 
El otro día leía: «En realidad, tanto más crecemos como personas cuanto más nos dejemos asombrar por lo que sucede, es decir, cuanto más niños somos. La meditación –y eso me gusta– ayuda a recuperar la niñez perdida. Si todo lo que vivo y veo no me sorprende es porque, mientras emerge, o antes incluso de que lo haga, lo he sometido a un prejuicio o esquema mental, imposibilitando de este modo que despliegue ante mí todo su potencial»[4].
 
Asombrarnos por las cosas, por lo que nos sucede, es propio de un corazón ingenuo, un corazón de niño. Nos hace falta un corazón así. Capaz de sorprenderse ante la vida. Porque allí está Dios hablándonos.
 
A veces no meditamos. No guardamos silencio para escuchar a Dios. No tocamos su presencia herida en los hombres. Vamos a lo nuestro, construyendo con nuestras fuerzas. No confiamos en el amor de Dios, ni en su mano providente. Nos cuesta mucho creer.
 
Pero la verdad es que, cuando encontramos respuestas que nos llenan el corazón, nos convertimos en testigos.

 

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