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Dios me busca

Amanda Tipton Photography

Carlos Padilla Esteban - publicado el 21/09/14

Dios me necesita a mí, me va a buscar a mí y me paga por ello lo que Él quiere

El amor nunca es estático. El amor es peregrino. Sale de sí mismo y emprende el éxodo buscando al necesitado. De nada sirve hablar muy bien y decir cosas bonitas si no nos ponemos en camino al encuentro del hombre.

El Papa Francisco lo decía estos días, las palabras no bastan, es necesario entregar el corazón: «Sin cercanía y sin esperanza los sermones no sirven. Son vanidad. Se pueden hacer bellas predicaciones, pero si no se está cerca de las personas no sirven de nada».

Nuestro amor al hombre se convierte en el amor que levanta, aguanta, carga y sostiene. El amor de María es así. Un amor herido que busca el corazón herido de los hombres. Ella viene a nosotros para que nosotros le entreguemos la vida, el corazón, nuestra cruz, nuestra llaga.

Hoy nos habla Jesús del amor de Dios. Es un amor de éxodo, en movimiento. Un amor que sale a buscar al hombre porque lo necesita: «El Reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: – Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo-. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: – ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: – Nadie nos ha contratado. Él les dijo: – Id también vosotros a mi viña».

Jesús quiere que trabajemos en su viña. Nos necesita. Siempre me impresiona que Jesús necesite mis manos, mis pies, mi voz. A veces uno tiende a no valorar los dones que tiene. Y piensa que Dios no necesita nuestros pocos talentos. Nos equivocamos siempre de nuevo. Dios necesita mi vida, mi sí, mi apertura para seguir sus pasos.

El problema es que muchas veces ignoramos su búsqueda. Sale por la mañana temprano, al mediodía, al atardecer. No deja de buscarnos. Puede que acudamos a primera hora de la mañana. Puede que lleguemos al final del día. Puede que no lleguemos. Está en nuestras manos.

En ocasiones la respuesta que damos es la de los últimos trabajadores: «Nadie nos ha contratado». Y nos quedaremos tranquilos al pensar que es cierto, que nadie ha venido a buscarnos, que nadie se ha metido en nuestra vida.

Siempre pienso que Dios llama de muchas maneras. Lo que pasa es que nosotros esperamos una manera muy especial y esa ocasión no llega. Esperamos una llamada personal, inconfundible, no insinuaciones que no somos capaces de descifrar.

Dios sigue buscándonos. Busca que le demos lugar en nuestra vida. Cada uno en su camino, en la vocación a la que Dios le llama. Jesús nos sigue llamando a vivir a Él consagrados. Lo sigue haciendo. Busca la radicalidad en la entrega. El sí definitivo.

Decía Benedicto XVI: « [Quisiera] despertar el ánimo de atreverse a decisiones para siempre: sólo ellas posibilitan crecer e ir adelante, lo grande en la vida; no destruyen la libertad, sino que posibilitan la orientación correcta. Tomar este riesgo y con ello aceptar la vida por entero, esto es lo que desearía trasmitir. María: ¡he aquí un ejemplo!».

Los que fueron a la viña tomaron una decisión trascendente que cambió sus vidas para siempre. Dejaron de «estar» en la plaza, para «estar» en la viña. Dejaron de «estar» sin trabajo para «estar» trabajando para el Señor.

Las decisiones para siempre incomodan. Un sí a Dios para «estar» a su lado, en su cruz, como María, para siempre. Son palabras mayores. El otro día bendije un matrimonio. Al hacerlo pensaba en la trascendencia del momento.


El corazón humano desea un para siempre. El amor no se conforma con lo caduco, con lo temporal. Al amor sólo le vale un «estar» comprometido, sin excusas. Un «estar» que no se conforme con darse a medias. Un sí para siempre suena con fuerza en el alma, conmueve. Es el grito de nuestras entrañas. Queremos amar siempre, sin descanso. Da igual la hora del día en la que Dios venga a nuestro encuentro. Lo maravilloso será si somos capaces de seguir sus pasos, de decirle que sí para siempre. En ese momento único del encuentro se decide la hondura de nuestra vida.

La importancia del denario es la importancia del amor que se recibe: «Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: – Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: – Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: – Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque Yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos». Mateo 20, 1-16.

Un denario a cada uno. Lo apalabrado, lo que era justo. Nadie protestó por la mañana al ser contratado por un denario. Nadie protestó al mediodía al ofrecerle lo debido. Todos recibieron un denario. La justicia de Dios.

Comenta Monseñor Van Thuan: «Si Jesús fuera nombrado administrador de una comunidad o director de empresa, esas instituciones quebrarían e irían a la bancarrota: ¿cómo es posible pagar a quien empieza a trabajar a las cinco de la tarde un salario igual al de quien trabaja desde el alba? ¿Se trata de un despiste, o Jesús ha hecho mal las cuentas? ¡No! Lo hace a propósito, porque -explica-: – ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque Yo soy bueno?»1.

Jesús muestra cómo Dios es justo y misericordioso. Es generoso y hace con lo suyo lo que quiere. No comete injusticia con ninguno porque a cada uno le da lo pactado. Y es un Dios misericordioso que tiene misericordia con los últimos.

André Frossard comentaba: «Dios sólo sabe contar hasta uno». Y decía Juan Manuel Cotelo que a Dios le interesa cada uno y hace lo posible para llegar hasta él. Utiliza «un libro, una sonrisa, un gesto de amor, una persona sufriente a nuestro lado, un milagro portentoso y repentino, una obra de arte, una casualidad aparente, un accidente, incluso se sirve de un pecado nuestro para conquistarnos».

Es la opción preferencial por cada uno, por mí, por el que está perdido, por aquel al que nadie llama, por el que no tiene dónde ir, dónde estar. Es la opción preferencial por los que llegan al final, por aquellos con los que nadie contaba en la mesa.

Es la misma mirada del Padre sobre el hijo menor que vuelve a casa y le hace una fiesta al regresar arrepentido. Es la libertad de Dios y su amor incondicional. El amor personal que sólo cuenta hasta uno, porque a Dios no le interesan las grandes masas, las sumas, los números, las cifras que hablan de éxitos humanos. Le interesa cada hombre, un hombre, yo mismo.

Y además me busca y me quiere sin importarle mi condición, a qué hora llego, qué he hecho con mi vida. No me contrata por mis cualidades, sino por la apertura de mi corazón.

Comenta el Padre José Kentenich: «Pero, si hablamos del amor de misericordia, ¿qué significa esto? ¡Que nos ama sin que lo hayamos merecido! Y esto no lo podemos dejar nunca de tener en cuenta en nuestro pensamiento. Pues ¡cuán frecuentemente nos experimentamos en nuestras debilidades, en nuestras pequeñeces! ¡Cuán frecuentemente experimentamos la grieta que existe entre el ideal y la realidad! Si Dios es el amor misericordioso, podemos con pleno sentido concluir: nuestra miseria es el más poderoso imán para poner en movimiento la misericordia divina»[1].

Dios busca a cada uno porque es bueno y misericordioso. Lo busca allí donde se encuentra, con sus miedos y vacilaciones, con sus debilidades y limitaciones. Dios me necesita a mí, me va a buscar a mí y me paga por ello lo que Él quiere.

Dios es libre para repartir como quiera lo que tiene. Un denario parece justo. Nos lo da todo. ¿Cuál es el denario en mi vida? ¿Cómo me paga por mi entrega? El denario es paz, alegría del corazón. Es la satisfacción por la vida que merece la pena. Es la sonrisa de alguien agradecido, una palabra de ánimo, un momento de paz al final del día.


[1] J. Kentenich,
Charla 1963
Tags:
alma
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