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Retiros espirituales contra el bullying

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«Sé que Dios está actuando en mi vida, y poco a poco me he comenzado a sentir más feliz y seguro de mí mismo”

La muerte en Tamaulipas del menor Héctor Alejandro Méndez Ramírez, víctima de bullying por parte de sus compañeros de escuela, ha hecho que las autoridades del país pongan toda su atención en este problema que en los últimos años se ha incrementado hasta ubicar a México en primer lugar de bullying a nivel mundial, según organismos internacionales.
 
Un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos refleja que esta problemática afecta a 18 millones 781.875 alumnos de nivel básico y medio, tanto de escuelas públicas como privadas, mientras que investigaciones del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Nacional Autónoma de México reflejan que alrededor del 60 y 70% de los estudiantes de preescolar, primaria y secundaria sufren algún tipo de acoso.
 
Preocupada por esta situación, desde hace varios años la Iglesia católica ofrece a las familias algunas herramientas para enfrentar, con la ayuda de la fe, este degradante fenómeno, haciendo conscientes a los niños y jóvenes –que sufren estas prácticas– de su dignidad como hijos de Dios, pero sobre todo, rompiendo la cadena de agresiones que el bullying provoca al erradicar el resentimiento que alimenta la venganza.
 
En este sentido, un arma muy eficaz han sido los retiros espirituales, de lo cual da testimonio “Gustavo”, quien cursa actualmente el segundo año de secundaria. Este joven comparte con Desde la fe el infierno que vive a causa de la agresión de sus compañeros y cómo un retiro espiritual ha comenzado a devolverle la paz.
 
Recuerda: “Todo comenzó un día después del recreo: me había comido mi torta y no me di cuenta que se me había quedado un frijol en el diente. Cuando mis compañeros se dieron cuenta, se burlaron mucho de mí y desde entonces me apodaron el frijol. También se burlaban de mi aspecto físico y de mi color porque soy moreno, me tiraban mi mochila en la basura y me avientan mis cuadernos.
 
Hay días en los que no me daban ganas ni de levantarme para ir a la escuela, no solamente por mis compañeros que me hacían
bullying, sino también por algunos de mis profesores que me decían que soy un burro, que no sé nada. Y es que, la verdad, sí había bajado mucho mis calificaciones.
 
Cuando llegaba a mi casa no quería saber nada de la escuela, porque además de apodarme “frijol”, me decían que era un inútil, que no podía y pues… a veces me lo creía. Todo esto hizo que no hablara en la escuela y que me fuera apartando de todos, cosa que utilizaban para irse todos contra mí.

Cuando llegaba a mi casa quería sentir un apoyo, pero no lo tenía, mi hermano también se burlaba de mí, e incluso hasta nos peleamos a golpes porque ya estaba harto de que todos me molestaran.
 
Un día, mí tía me invitó a un encuentro del grupo juvenil de la iglesia; me daban ganas de ir, pero tenía miedo de que también me hicieran
bullying. Finalmente me decidí y fui a vivir el retiro. Ahí me hicieron consciente de lo importante que soy para Dios; me recordaron que cuando todos me insultan, Él está ahí conmigo; que cuando lloro y creo que estoy solo, en realidad Él me acompaña.
 
Cuando terminó el retiro, comencé a ir a las reuniones del grupo en la iglesia. Al principio me daba pena, pero ellos me hacían hablar, me tomaban en cuenta, cosa que ni en mi casa hacían. Hoy, poco a poco me he abierto más a los demás, me siento más seguro porque ahí hay personas que me hacen sentir especial, pues ellos han pasado por las mismas cosas, como Óscar, quien me da consejos. Cuando me siento mal, él me da ánimos, hasta me ha ayudado a mejorar mi ortografía.
 
Hace poco mi mamá se encontró con Dios en un retiro igual al mío, y ahora nos entendemos más; en la escuela las cosas no han cambiando mucho, pues aún me siguen haciendo
bullying, y a veces eso hace que me sienta mal, pero recuerdo que si Dios está conmigo nadie podrá estar contra mí; sé que Dios está actuando en mi vida, y poco a poco me he comenzado a sentir más feliz y seguro de mí mismo”.
 
Por Rosaura Albarrán
Artículo publicado por SIAME

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