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Saber ver cine: Hace más el criterio que la censura

© Paul Schultz

Enrique Chuvieco - publicado el 09/06/14

El escritor cinematográfico Pedro Gutiérrez Recacha alienta a los padres a que vean películas con sus hijos

Filósofo, psicólogo y apasionado del cine, Gutiérrez Recacha recuerda que “hace más el criterio que la censura”, y anima a los padres a que vean películas en familia, aunque sea más exigente para ellos, “porque les suscitarán cuestiones que deberán aclarar con expertos para responder a los hijos”.

Ha impartido distintas asignaturas sobre cine en la Universidad y acaba de presentar su segundo libro, Hathaway, Hitchcock. Stroheim. Directores católicos en el Hollywood clásico (Ediciones Encuentro), cineastas de los que apunta Recacha que no eran tanto realizadores confesionales como proponedores de un lenguaje audiovisual abierto a la trascendencia.

Subraya que existían más en la época dorada de Hollywood y aclara que el código Haysfue promovido, aparte de por católicos, por otros grupos religiosos e ideológicos como una forma de autocensura, ya que no existía penalización gubernamental alguna.

Filósofo, psicólogo y apasionado del cine, Gutiérrez Recacha recuerda que, “hace más el criterio que la censura”, y anima a los padres a que vean películas en familia, aunque sea más exigente para ellos, “porque les suscitarán cuestiones que deban aclarar con expertos para responder a los hijos”.

¿Qué le ha llevado a escribir este libro?

Impartí durante tres años la asignatura Cine Clásico Norteamericano en  la Universidad Carlos III de Madrid, pero tuve que dejarlo para centrarme en mi actividad principal de psicólogo, lo cual no fue óbice para que continuaran interesándome cuestiones como el cine y la religión.

A este respecto, me encantó un artículo sobre la visión católica en Hollywood de la profesora argentina María Elena de las Carreras, que da clases en la universidad norteamericana de UCLA, en el que se centraba en cuatro directores. A raíz de esto, pensé que se podría ampliar a otros directores, como a Henry Hathaway, el cual siempre me había gustado.

A este respecto, se considera a Hathaway como un director de cine de aventuras y del oeste por Tres lanceros bengalíes, Valor de ley y Los cuatro hijos de Katie Elder, por ejemplo, pero yo había percibido en sus películas, también las de cine negro, ciertos toques y momentos en los que observaba una sensibilidad religiosa, católica incluso, como Yo creo en ti, aunque desconocía si era o no católico.

Empecé a tirar del hilo y a documentarme sobre este y otros, como Stroheim, cuya vertiente religiosa es poco conocida; pasé a Hitchcock y así fui reuniendo material al tiempo que escribía y me dedicaba a otros menesteres. Lo envié a ediciones Encuentro y me contestaron en una semana que les interesaba.

¿Tuvo influencia el cine católico en el Hollywood de esplendor?

La más conocida que aparece en todos los libros de historia es el código Hays, que se atribuye habitualmente a una iniciativa católica, pero que no es exclusivamente del catolicismo, sino proveniente de muchos credos y posiciones ideológicas que confluían en aquel momento. Más que de censura, que no contaba con ningún tipo de penalización gubernamental, hay que considerar este código como de autocontrol.

Actualmente, ¿qué nombres tiene esa influencia, si es que existen?

Tenemos alguna película con planteamiento católico, pero no es tan frecuente como en la época clásica, ya que antes el aspecto religioso y cristiano en general, entroncaba con la visión general del público.

En el cine español, asistimos en los últimos años a películas que abordan esta temática, como La última cima, Encontrarás dragones, Un dios prohibido, Bajo un manto de estrella, la última de Cotelo; además, hay distribuidoras como European Dreams Factory que traen películas interesantes. Sin ser mayoritario, este cine cuenta con público fiel, que tiene continuidad en el mercado del DVD.

¿Qué opinión le merece la posición de la Iglesia con respecto al cine?

Ha habido numerosos documentos de la Iglesia, resaltando este medio de masas que eclosionó en el siglo XX, como canal de trasmisión de valores hacia la sociedad.

Es cierto que en algunas épocas nos pueda parecer demasiado puritanas las actuaciones de determinados eclesiásticos, pero tampoco estaban fuera de la sintonía de las creaciones que se hacían en otros ámbitos de la sociedad.

Por otro lado, es lógico que la Iglesia se interesase por el cine porque siempre lo ha hecho con el arte y éste es el arte más representativo del siglo pasado.

¿Cuáles son los directores confesionalmente católicos en aquella época?

Podríamos hablar de Henry King, con Almas en la hoguera, Las nieves del Klimanjaro y La canción de Bernadette, entre otras. Luego tenemos a otros educados en el catolicismo como John Ford, Frank Capra y el aludido Hitchcock.

¿En qué se diferencia el hecho doctrinal católico del sustrato católico en la obra cinematográfica de Hathaway, Hitchcock y Stroheim?

Estos tres directores hicieron un tipo de cine que no era el más adecuado para impregnarse de religiosidad, pues, en algunos casos, su cine es áspero, como el cine negro de Hathaway, el trhiller de Hitchcock y los melodramas de Stroheim, considerados muchos de ellos escabrosos y obscenos en su tiempo.

Por tanto, en lo que, a primera vista no sería el escenario más propicio para introducir momentos religiosos, consiguen –no digo que en su filmografía total- momentos de cierta trascendencia dentro de la narración y de apertura a lo religioso, a veces, marcadamente católicos.

Hablo de Falso culpable, cuando Henry Fonda entra en prisión, acusado erróneamente de un  crimen que no ha cometido, y deja un rosario entre sus objetos personales. Hitchcock identifica claramente así al personaje como católico y más cuando durante el juicio, abre con un plano detalle del rosario con el reza el acusado debajo de la mesa.

En Yo creo en ti, de Hathaway, asistimos a algo que podríamos considerar un milagro: el protagonista está en una situación desesperada –ha sido también falsamente acusado- y se han cerrado todas las posibilidades terrenas para su salvación (el periodista, interpretado por James Stewart, “tira la toalla” porque no consigue nada) y es la madre del acusado la única que cree en su inocencia.

Vemos como la madre reza a la Virgen y, posteriormente, se produce un conjunto de aparentes casualidades que llevan a que se encuentre una prueba que puede demostrar la inocencia de su hijo, que se puede interpretar como mera casualidad o como efecto de su petición a la divinidad.

Si citamos hechos extraordinarios, no podemos olvidar el milagro más famoso que aparece en la historia del cine, como es Ordet, de Dreyer. Si lo comparamos con el anterior, podemos hablar de dos tipos de intervención de Dios en el mundo: la que aparece en Ordet, donde viola las leyes de la naturaleza resucitando a un muerto (en un mundo, por cierto, bastante pesimista que podríamos definir, en cierto sentido, como de visión protestante), y la de Hathaway, a través de la que observamos que en el mundo se producen milagros compatibles con las leyes de la naturaleza, por lo que podríamos considerar está visión más optimista del acontecer humano, más católica.

Además, alude en su libro a otros elementos, como la fe humana, el perdón, la compasión o la apertura a la trascendencia, ¿se podrían considerar como propias de la cultura judeo-cristiana?

Efectivamente, es considerar el mundo como algo bueno, aunque esté sujeto al mal uso de los actos humanos. En este sentido, incluyo en el libro una fábula rabínica que me encanta y que recoge el psiquiatra Viktor Frankl: un hombre justo muere y, antes de ir al cielo, le pasan por el infierno, donde hay una mesa en la que se sientan comensales famélicos con unos cucharones larguísimos, inservibles para alimentarse, a pesar de estar rodeados, paradójicamente, de platos.

Tras ver esto, le llevan al cielo, en el que observa la misma escena que la anterior, pero distinta en cuanto al aspecto orondo de los comensales, porque se alimentan unos a otros con los cucharones de tres metros.

La conclusión de la fábula es que nosotros hacemos el mundo bueno o  malo según nuestros actos; no es un mundo duro, frío, en el que no exista posibilidad de abrirse al otro, de compasión o de empatía.

En las películas de Hathaway, un director áspero y duro en muchos aspectos (era muy duro de carácter y hasta John Wayne dudaba ante él cuando se enfadaba), se aprecia claramente: vemos cómo un personaje ayuda a otro sin conocerlo de nada.

¿Qué está aportando actualmente el cine europeo?

Creo que hay buenos ejemplos, aunque a veces sea deje llevar por el “ombliguismo” y desatienda al gran público, o esté demasiado supeditado a las subvenciones.

Es necesario que exista un equilibrio entre el cine como espectáculo, que desdibuja las historias en buena medida; y un cine elevado tan intelectual que es sólo apto para un grupo reducido de personas.

Por otro lado, aquí tampoco llega todo lo que se hace en los países europeos; existe un cine de género, como el policíaco que aquí no llega. En este sentido, recuerdo que el director francés de Los lioneses –filme estupendo- tiene más películas similares que aquí no han llegado.

¿Qué consejos daría a los padres a la hora de ver cine con sus hijos?

Que no tengan miedo –de acuerdo con las edades- de ver y comentar cine con ellos, porque es muy educativo ver las películas en familia.

A un niño le puede sorprender cualquier aspecto de una película, aunque sea de dibujos animados, y ahí el padre o la madre pueden aclararle cuestiones si lo han visto en familia. Esto es mucho más importante que censurar las películas, por supuesto teniendo presente que hay filmes adecuados sólo a determinadas edades.

Por otro lado, hace mucho más el criterio que la censura, ya que, como no todos somos iguales, y tampoco de pequeños, hay determinados niños o jóvenes que se asustan ante determinados hechos y otros que no.

Supone explicar también cuándo, por ejemplo, la violencia tiene un sentido y cuándo es pura brutalidad; o bien, cuándo el amor y la sexualidad es algo humano o, por el contrario, cuándo es pornografía o degrada a las personas.

Efectivamente, máxime porque actualmente estamos bombardeados por imágenes descontextualizadas. Por eso, conviene dedicar tiempo a ver la televisión con los hijos, ya que, incluso al hacer “zapping”, aparecerán imágenes y diálogos que haya que explicar a qué vienen y por qué se producen, o bien, aludir a que pueden ser situaciones ajenas a la realidad por el modo en el que se comportan los personajes.

Esto es más exigente para los padres, pero les ayudará más también a ellos porque les suscitarán cuestiones que deban aclarar con expertos para responder a los hijos.

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