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¿La Eucaristía es realmente algo más que pan y vino?

© Alessia Giuliani / CPP / CIRIC
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Miles de personas se arrodillan ante ella, la reciben con fervor, la llevan en procesión entre alfombras de flores,... ¿qué es realmente la Eucaristía?

1. La Eucaristía es Cristo mismo. Su cuerpo, sangre, alma y divinidad se encuentran plenamente en el pan y el vino consagrados.

La Eucaristía es el mismo Cristo. Cuando el sacerdote invoca al Espíritu Santo y repite las palabras de Jesús en la Última Cena “esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros” y lo mismo con el cáliz, en ese preciso momento, el pan se convierte en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre pero sin modificar la figura, el color, el olor y el sabor ni del pan ni del vino. La sustancia del pan se convierte en la sustancia del cuerpo de Cristo. La del vino en la de la sangre de Cristo. Pero únicamente cambia la sustancia (la realidad más profunda), no la apariencia: la Eucaristía sigue mostrando las características del pan y del vino, y no las del cuerpo humano. Por eso una vez más la presencia de Dios está velada y no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, destaca el Catecismo de la Iglesia católica citando a santo Tomás de Aquino.

Esa discreta pero poderosa presencia ha inspirado grandes obras de arte y ha asombrado y colmado a millones de personas en los últimos dos mil años, desde la Última Cena de Jesús con sus discípulos antes de su muerte y su resurrección. Su descubrimiento es expresado con estas palabras por el ministro protestante estadounidense Scott Hahn, convertido posteriormente al catolicismo: “Mientras veía al sacerdote alzar la blanca hostia, sentí que surgía de mi corazón una plegaria como un susurro: “¡Señor mío y Dios mío. Realmente eres tú!”.

Jesucristo vivo y glorioso está presente hoy en este mundo de diversas maneras: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos, en los sacramentos, en la misa, en el sacerdote. Pero sobre todo, sustancialmente, está presente bajo los atributos físicos del pan de trigo y del vino de vid consagrados.

Referencias:

La cena del Cordero. La misa: el cielo en la tierra. Scott Hahnn. Ed. Rialp.

Catecismo de la Iglesia católica (1322-1419)

2. La presencia de Cristo es real, no aparente. El mismo Jesús lo dijo y la Iglesia católica lo ha reiterado siempre consciente de la importancia crucial de esta controvertida verdad de fe.

Que Dios esté en un trozo de pan y los hombres se lo coman resulta escandaloso. Ya cuando Jesús lo anunció, muchos lo abandonaron. Y a lo largo de la historia del cristianismo, la puesta en duda de la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha suscitado numerosas herejías y divisiones. Pero pese a todo, Jesús y la Iglesia católica la han mantenido como elemento central. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”, se reafirma Jesús en el capítulo 6 del Evangelio de san Juan; Cristo está en la Eucaristía “de manera verdadera, real y sustancial”, declara el Concilio de Trento en el siglo XVI, rechazando que el sacramento sea sólo un símbolo o una señal de un cuerpo ausente.

Al cuerpo de Jesús presente en los altares, custodias y sagrarios, millones de personas lo  adoran como “verdadero” (verum corpus) con bellísimos himnos de grandes poetas y compositores, para distinguirlo de un cuerpo puramente "simbólico" y también del cuerpo "místico", que es la Iglesia.

A través su presencia real, única y misteriosa bajo la apariencia del pan, Jesús cumple, de un modo supremo, su promesa de estar con nosotros siempre con la que acaba el Evangelio de san Mateo.

Referencias:

Catecismo de la Iglesia católica (1376)

3. En el pan consagrado, Cristo se entrega a la persona humana como alimento que transforma la existencia y anticipa la vida en Dios y con Dios.

Así como el grano de trigo se entierra y se deshace para que después crezca una nueva espiga con la que se hará el pan, Jesús se entrega totalmente para que la nueva vida, eterna, llegue a cada persona. Lo hizo en Jerusalén en torno al año 30 de nuestra era y lo renueva en cada consagración del pan. Es un don total de amor, un sacrificio para inaugurar el paso de la muerte a la vida.

Gracias a ello, la Eucaristía es, en palabras de Benedicto XVI, “el gran encuentro permanente de Dios con los hombres, en el que el Señor se entrega como “carne” para que en Él, y en la participación en su camino, nos convirtamos en espíritu”. Del mismo modo que Él, a través de la cruz, se transformó en una nueva forma de corporeidad y humanidad que se compenetra con la naturaleza de Dios, esa comida debe ser para nosotros una apertura de la existencia, un paso a través de la cruz y una anticipación de la nueva existencia, de la vida en Dios y con Dios”.

Salvados de sus caídas cotidianas y unidos en comunión, los que se alimentan del único “pan de vida” son eternamente el mismo Cuerpo de Cristo. Así, la presencia real de Cristo en la Eucaristía anticipa la presencia divina definitiva, que disfrutarán tras la muerte física al pasar al Padre.

Referencias:

Jesús de Nazaret. Benedicto XVI. Ed. Encuentro

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