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¿Te cuesta encontrar en qué has pecado? Ahí van algunas sugerencias

© Daniel Lobo / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/04/14

Engañamos, racaneamos, excluimos, hacemos acepción de personas, descuidamos, olvidamos, desoímos, negamos, ofendemos, despreciamos

Es necesario aprender a pedir perdón. ¿Cuándo fue la última vez que preparamos bien una confesión? Siempre nos falta tiempo. ¡Cuántas personas nos dicen al comenzar a confesarse: «Lo siento mucho, no me ha dado tiempo a preparar bien la confesión»! Sí, es muy común.

Queremos confesarnos. A veces sólo limpiarnos para volver a comenzar. Nos pesa el alma y su piel se ha endurecido. Tanto que se ha vuelto oscura y seca. En esos momentos comprendemos que necesitamos confesarnos.

Pero es verdad que otras veces nos parece que no hacemos nada malo. Que somos generosos y buenos y no cometemos ninguno de los grandes pecados señalados por la Iglesia.

El confesor necesita materia para poder absolver y la materia son los pecados. Pero a veces, es increíble, hay que hacer malabarismos para encontrar algún pecado: «Eso no, eso tampoco, no, eso no lo hago».  Y no hay materia, faltan los pecados. Parece que sólo hay buenas obras.

Hay pecados que desconocemos, hay sentimientos que casi no percibimos o nos hemos acostumbrado a ellos. Nos habituamos a hacer ciertas cosas y pasan a ser parte de nuestra rutina, no le damos importancia.

No hacemos silencio suficiente para reflexionar sobre nuestra vida, para pensar en nuestro pecado más habitual. Y así, en la superficie, no sabemos dónde tenemos que mejorar.

Engañamos, racaneamos, excluimos, hacemos acepción de personas, descuidamos, olvidamos, desoímos, negamos, ofendemos sin saberlo, despreciamos sin darnos cuenta.

Seguramente somos enemigos de alguien y no lo sabemos. Habrá una herida con nuestro nombre en algún corazón pero pensamos que no es nuestra.

Puede ser que sí que lo sepamos. Lo hicimos, herimos, fallamos y luego lo olvidamos. A veces herimos sin darnos cuenta. Pecamos con nuestras palabras, gestos u omisiones. Porque cuando omitimos en el amor también herimos

¡Pero cuánto nos cuesta pedir perdón! ¿Es de nuevo el orgullo, el amor propio? ¿El deseo de hacerlo todo bien y no fallar nunca? Tenemos que aprender a pedirle perdón a Dios, pero también, es fundamental, a los hombres.

Nos cuesta mucho pedir perdón por las cosas que hacemos mal. Puede ser que actuemos siempre así y nos acostumbramos. Hacemos las cosas mal y luego nos justificamos. Echamos la culpa a las circunstancias, a los otros, al mundo. Buscamos otros culpables que nos eximan a nosotros de la culpa. Ponemos cara de inocentes.

Uno acaba haciendo lo que ve. Vemos en todas partes la actitud de tirar la piedra y esconder la mano; en el deporte, en la política, en el mundo de la empresa. Acabamos haciendo lo que vemos. Actuamos y ponemos cara de inocentes.

Pero la verdad es que hicimos daño. No importa que otros también lo hagan, o que se lo merezcan, o que tengamos razón. Eso no importa. El mal nunca se puede justificar.

La Iglesia, en el año 2000, de la mano de Juan Pablo II, miró su historia, una historia de santos y pecadores, y pidió perdón públicamente. Posteriormente volvió a pedir perdón Benedicto XVI por los casos de pederastia. Son gestos de humildad, sinceros y arrepentidos. Es cierto que los santos también son pecadores, por eso no estamos exentos de aspirar a lo más alto

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