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Las tentaciones de la Iglesia hoy (II): El mimetismo

Dan Diemer
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Carta del obispo de Sant Feliu de Llobregat

No querríamos dar la impresión de que vemos a la Iglesia hoy exactamente como Israel en el destierro de Babilonia. Sólo decimos que en la Iglesia actualmente se tiene la sensación de empobrecimiento, de pérdida de fuerza, de extrañamiento y marginación; algunos añadirían incluso de acoso. Aquí no entramos a analizar las causas, pero estamos en Cuaresma, y creemos muy oportuno aprender de los descubrimientos que hicieron los fieles israelitas exiliados.

En el exilio, es decir, en momentos de prueba, la primera tentación es huir del conflicto. Y una de las maneras de hacerlo es compensar el dolor buscando acomodo. Es decir, adaptarse a la situación, rebajando el ideal y asumiendo como legítimo lo que el entorno, la nueva situación, ofrece. No pocos israelitas “se hicieron babilonios” a fin de no sentirse extraños o excluidos.

Un principio básico de la evangelización y del mensaje central de la Constitución Gaudium et Spes es lograr la sintonía con el mundo, pues sin ella no hay palabra significativa ni diálogo verdadero. Sin embargo, en esta acción, de sí legítima, ¿nos vemos libres de la tentación del miedo a la diferencia, de buscar ante todo ser aceptados, caer bien, mimetizando, pensando o actuando al dictado de la opinión dominante, confundiendo “los signos de los tiempos” con la mentalidad sociológicamente mayoritaria? Algunos analistas y el propio papa Francisco (E.G. 93-96) dicen que la Iglesia se ha “mundanizado”, en el sentido de aburguesarse, de buscar metas o usar medios únicamente humanos, como cualquier sociedad altruista, cultural, ideológica, recreativa o incluso política…

Si realmente hay en ello algo de verdad, tendremos que escuchar las voces proféticas, que nos griten la verdad. Algunas son de una radicalidad extrema, pero nos conviene escucharlas, para que no nos venza el sueño. Así clamaba G. Bernanos, que no soportaba un cristianismo acomodaticio:

“Cristo nos pidió que fuéramos la sal de la tierra, no el azúcar, y menos la sacarina. Y no me digáis que la sal escuece. Lo sé. Lo mismo que sé que el día que no escozamos al mundo y empecemos a caerles simpáticos, será porque estamos dejando de ser cristianos”.

Jesucristo no denunció un cristianismo edulcorado, pero sí insípido (cf. Mt 5,13). Si este cristianismo, según sus propias palabras, no sirve para nada, aquél que sólo busca agradar, será realmente perjudicial y malicioso, pues significará un falseamiento, quizá interesado, de la identidad cristiana. De ahí que sea ésta precisamente la característica de los falsos profetas. Otras palabras de Jesús nos llenan también de inquietud: “No he venido a traer paz a la tierra, sino espada… He venido a traer fuego a la tierra” (Lc 12,51; Lc 12,49) Ni la espada contemporiza con la falsa paz, ni el fuego con el agua.

– Las palabras agradables halagan el oído, pero pueden provocar un falso consuelo.
– Con buenas palabras podemos ocultar el miedo a la diferencia y la evasión del sufrimiento.
– Sólo transforma, sana y salva lo sano y lo verdadero.

El profeta Jeremías, tan celoso de la fidelidad a Dios, escribió una bella carta a sus hermanos exiliados: les decía que echaran raíces en aquella tierra, pero que “no se dejaran engañar por los profetas y los adivinos que vivían entre ellos; que no hicieran caso de sus sueños” (Jr 29,8). Dios seguiría siendo fiel con aquellos que le son fieles. Por eso Jesucristo oraba al Padre por nosotros: “no te pido que les saques del mundo, sino que les preserves del mal” (Jn 17,15).

Carta escrita por † Agustí Cortés Soriano, Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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