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La herida, fuente de vida

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/02/14

Dios nos acepta como somos y no se avergüenza de nuestra herida: al contrario, se sirve de ella

¡Qué importantes son nuestras heridas! De la herida puede brotar la vida, surgir la esperanza, de la herida, que causa tanto dolor y a veces uno siente la tentación de taparla, esconderla, negarla.

Dios nos usa en nuestra herida, no a pesar de ella. Nuestra herida puede ser fuente de vida; la herida del costado abierto de Cristo es fuente de vida. Nuestra propia herida cuando la aceptamos y la besamos, Dios la usa y es fuente de vida.

Dios no niega nuestra herida cuando quiere dar vida a partir de nuestro sí. No construye sobre un alma sin pecado, salvo en el caso de María. No, Dios nos acepta como somos y no se avergüenza de nuestra herida. Al contrario, se sirve de ella.

Pensamos con frecuencia que Dios ama sólo nuestras virtudes y aprovecha sólo lo que hacemos bien, esos talentos que ha puesto en el alma. Si cantamos bien, nos usará para lograr que otros se enamoren de Él gracias a nuestra voz. Si somos genios en la informática, usará este talento tan práctico para evangelizar de esta manera. Pero nos cuesta comprender que Dios quiera usar nuestra limitación, nuestra debilidad, aquella herida que queremos olvidar, para dar vida en abundancia a otros.

Dios utiliza el barro de la historia personal para gestar una obra de arte. La herida, la ruptura, se convierten en puente, en camino de santidad. Sin nuestra herida Dios no puede dar vida a otros. Porque la herida se convierte en puerta de entrada, para que Dios entre y para que otros se acerquen. Porque nuestra herida nos hace humildes y más misericordiosos y hace que juzguemos la realidad desde la pequeñez, y no desde el orgullo.

Ya está bien de formular ideales que no son nuestros, sino tomados de las vidas de los santos, o creados mirando un ideal que está tan lejos de nosotros, que tal vez nunca nos pertenezca. Ideales que nos rompen por dentro porque nos recuerdan continuamente la desproporción entre lo que anhelamos y lo que somos.

Partamos de nuestra propia herida, de nuestra vida tal y como es, de nuestra pequeñez que sueña con las alturas. Entendamos que desde esa herida, desde lo más hondo de nuestro dolor, de esa historia de la que nos avergonzamos muchas veces, es desde donde Dios comienza a tallar la verdadera obra maestra que quiere hacer con nosotros.

Esa herida, de la que a lo mejor nunca nos atrevamos a hablar en público es nuestra fuente de vida y nuestro camino de salvación.
Aceptemos nuestra historia, sí podemos llegar a querer nuestra propia carne, con la que Dios hará maravillas. Pensemos que sí es posible para Dios hacer cosas imposibles. Él puede hacerlo todo bien a partir de nuestra pobreza. Así lo hizo Dios con María, desde su pequeñez. Así lo ha vuelto a hacer siempre con los santos.

Vivir así nos hará más misericordiosos, más humanos, más humildes, más alegres porque no tendremos que defendernos de nadie.

A veces valoramos mucho los talentos y nos centramos en las capacidades. El que habla bien, el que tiene una vida maravillosa, el que escribe de forma increíble, el que da testimonios maravillosos, el que canta como los ángeles, el que dirige bien los grupos, el que ha leído muchos libros y sabe exponerlos, etc. Nos atrae la perfección, no podemos remediarlo. La originalidad atractiva parece que será más fecunda y despreciamos al que no sabe tanto, al que no destaca, al que parece no tener tantos talentos, al que es torpe, al que está muy herido.

No buscamos la eficiencia, no pretendemos que todo resulte bien, ser unos perfectos ejecutores de eventos. No queremos ser selectivos, buscando sólo esas élites que conduzcan a las masas. Porque ése no fue el camino que siguió Jesús en su vida. Jesús se rodeó de pecadores y personas rechazadas, heridas, enfermas. Nosotros soñamos con tener un corazón abierto y misericordioso como el de Cristo. Un corazón que mire al hombre como lo mira Jesús, como lo mira María.

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