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Papa Francisco: ¡es una gracia, un regalo morir dentro de la Iglesia!

© ServizioFotograficoOR/CPP
November 21 , 2013 : Pope Francis celebrates a Mass in the church of Santa Marta in the Vatican.
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Homilia de hoy en la Domus Santa Marta

En la Misa presidida este mañana en Santa Marta, el Papa ha reflexionado sobre el misterio de la muerte, invitando a pedir a Dios tres gracias: morir en la Iglesia, morir en la esperanza y morir dejando en herencia un testimonio cristiano.
 
En su homilía, el Papa ha comentado la Primera Lectura del día que cuenta la muerte de David, después de una vida ofrecida al servicio de su pueblo. Ha destacado tres cosas: la primera que David muere “en el seno de su pueblo”. Vive hasta el final “su pertenencia al Pueblo de Dios. Había pecado: él mismo se define como ‘pecador’, ¡pero nunca abandonó el Pueblo de Dios!”.
 
“Pecador sí, traidor no! Y esta es una gracia: permanecer hasta el final en el Pueblo de Dios. Tener la gracia de morir en el seno de la Iglesia, en el seno del Pueblo de Dios. Este es el primer punto que me gustaría destacar. También, para nosotros, pedir la gracia de morir en casa. Morir en casa, en la Iglesia. ¡Esta es una gracia! ¡Esto no se compra! Es un regalo de Dios y debemos pedirlo: ‘Señor ¡hazme el regalo de morir en casa, en la Iglesia!’. Pecador sí, ¡todos los somos! Pero ¡traidores no! ¡Corruptos no! ¡Siempre dentro! Y la Iglesia es tan madre que nos quiere así, muchas veces sucios. La Iglesia nos limpia: ¡es madre!”
 
Segunda reflexión: David muere “tranquilo, en paz, sereno” en la certeza de ir “al otro lado, con los suyos”, con sus padres.
“Esta, afirma Papa Francisco, es otra gracia: la gracia de morir en la esperanza, en la conciencia” que “en el otro lado lo esperan; al otro lado continua la casa, continua la familia”, no estaremos solos. Esta es una gracia que debemos pedir, observó, porque en los últimos momentos de la vida, nosotros sabemos que la vida es una lucha y que el espíritu del mal quiere conseguir el botín”.
 
“Santa Teresita del Niño Jesús decía que, en sus últimos momentos, en su alma había una lucha y cuando ella pensaba en el futuro, en lo que le esperaba después de la muerte, en el cielo, sentía una voz que le decía: ‘No seas tonta, te espera la oscuridad. Te espera solo el vacío de la nada’. Así lo contaba. Es la voz del demonio, del diablo que no quería que ella se confiase a Dios. Morir en esperanza ¡es morir confiándose a Dios! Pidamos esta gracia. Pero confiarse a Dios comienza ahora, en las pequeñas cosas de la vida, también en los grandes problemas: confiarse siempre al Señor y así uno adquiere la costumbre de confiarse en el Señor y crece la esperanza. Morir en casa, morir en esperanza”.
 
La tercera reflexión es sobre la herencia que deja David: Hay “muchos escándalos con las herencias”, recordó el Papa, “escándalos en las familias, que separan”. David, sin embargo, deja una herencia de 40 años de gobierno” y “un pueblo consolidado y fuerte”. “Un dicho popular, prosiguió, dice que todo hombre debe dejar en herencia un hijo, plantar un árbol y escribir un libro: ¡esta es la mejor herencia!”. El Papa, sin embargo, ha invitado a que nos preguntemos: “¿Qué herencia dejo yo a los que vienen detrás de mí? ¿Una herencia de vida? ¿He hecho el bien a la gente que me quiere como padre o madre? ¿He plantado un árbol? Es decir, ¿he dado la vida, sabiduría? ¿He escrito un libro?” David deja esta herencia a su hijo diciéndole: “¡Ánimo, sé un hombre! Guarda las consignas del Señor tu Dios, caminando por sus sendas”.
 
“Esta es la herencia: nuestro testimonio de cristianos que dejaremos a otros. Y algunos de nosotros dejan una grande herencia: pensemos en los santos que vivieron el Evangelio con tanta fuerza, que nos dejan un camino de vida y una forma de vivir como herencia. Estas son las tres cosas que me vienen al corazón sobre la lectura de esta cita de la muerte de David: pedir la gracia de morir en casa, morir en la Iglesia; pedir la gracia de morir en la esperanza, con esperanza, y pedir la gracia de dejar una bella herencia, una herencia humana, una herencia hecha con el testimonio de nuestra vida cristiana. ¡Que San David nos conceda a todos nosotros estas tres gracias!”. 

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