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La cuesta de enero es peor… para quien no tiene esperanza

Giideon
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Sus lágrimas no vienen de la nostalgia sentimental de unas fiestas perdidas, sino de que hace ya mucho tiempo que no hay nada que celebrar

Tiene fama la cuesta que más trabajo cuesta subir. Es una pendiente con doce meses por delante, que aunque es cuesta arriba amenaza con precipitarnos. Uno comienza esta con una fatiga que tiene forma de resaca, precisamente porque la holganza de unos días especiales ha debido poner inevitablemente su punto final. De hecho, hay personas que sufren un particular síndrome que llaman postvacacional. Y la gente se amurria quedándose gacha simplemente porque así lo dicta el calendario que ve ininterrumpidamente sus hojas pasar.
  
Cabe toda la comprensión hacia situaciones que son tan reales como frecuentes en no pocas personas. Pero el tema de un verdadero agobio gacho y amurriado no es el de la gente gustosa de que el paréntesis navideño no termine tan pronto o que no se precipite en la cuesta de enero. El caso realmente duro y difícil es el de quien no tiene tregua, quien vive de continuo en esa situación de enero costoso y cuesta arriba. Sus lágrimas no vienen de la nostalgia sentimental de unas fiestas perdidas, sino de que hace ya mucho tiempo que no hay nada que celebrar.

La lista se haría muy prolija y deprimente entre gente vapuleada por la soledad de no saberse por nadie querido ni esperado, la falta de sentido en sus vidas cuando todo ha perdido su color y su encanto, el miedo ante un futuro que se te impone como un negro presente imposible de esquivar, la pérdida del trabajo en la peor edad o el no haber podido estrenarlo todavía a pesar de los años. Y todo esto se envuelve en medio de una esperanza perdida, un amor herido y una fe debilitada.

Pinta así cada enero para tanta gente, para demasiada. Mientras, nos disponemos a desmontar el envoltorio festivo de unos días que volvieron a caducar. Hay que sacar de nuevo las cajas donde guardar guirnaldas vistosas, luces multicolores, árboles adornados para la ocasión, y el propio nacimiento del Belén que pasó. Con lo cual, el ambiente friolero de esta época del año se torna gélido para afrontar lo que nos estaba esperando a la vuelta de la esquina con todas las cuitas y todas las fechas pendientes que reclaman una luz, una razón de ser, un camino por el que poder seguir, una esperanza que tenga nombre y credibilidad, un amor que nos se nos muera en gesto sentimental, y una fe que nos haga fuertes para seguir creyendo y luchando sin par.

De esto habla el mensaje cristiano que no sabe de festejos y jolgorios cíclicos que terminan caducando, sino de una alegría que llene de paz el corazón y las maneras, de unas ganas de seguir en pie y caminando la aventura de la vida, de una convencida decisión de perdón y diálogo mirando al Señor que nos perdonó y no dejó de dialogarnos su Palabra.

No hay credencial de creyente para evitar el trasiego de estos días que se empeñan en aparecer como aciagos. Los cristianos tenemos los mismos retos que desafían a todos los humanos, nos cansamos, sentimos pesar y nos equivocamos. Pero no podemos dejar de esperar, no sabemos hacerlo. Porque tiene razón el corazón cuando en él palpita nada menos lo que Dios ha puesto como pálpito haciéndonos rebeldes ante la resignación y dóciles ante la gracia que como buena noticia nos acompaña llenando de esperanza nuestra mirada y de audacia las andanzas que nos empujan a seguir construyendo el mundo que Dios soñó.
 
Así tiene sentido decirnos lo que nos hemos dicho de mil modos estos días: feliz año nuevo, porque lo deseamos gozosamente estrenado y que en todos sus tramos esté henchido de la paz y del bien que el Señor nos ha dado.
 
Artículo publicado originalmente por SIC

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